Valga aclarar que soy odontólogo, mi mujer ginecóloga y también diplomada en sexología, y que siempre nos hemos considerado una pareja normal en la intimidad, sin excesos ni limitaciones. Pero también es cierto que desde que mi esposa decidió estudiar sexología, nuestras relaciones se volvieron más satisfactorias. En primer lugar, después de hacerlo, ella compartía sus conclusiones para que yo aprendiera más. Segundo, nuestros encuentros sexuales se convirtieron en tertulias eróticas con mucha acción de por medio, ya que hablábamos sobre lo que el doctor había recomendado. Finalmente, sus estudios en el tema lograron que los viernes fueran mejores puesto que, al recogerla en la universidad, ella quería poner en práctica la teoría aprendida en clase. En ningún momento me intimidó la idea de que ella se fuera a volver más exigente en la cama por saber más de sexo que yo. El ritmo de nuestra vida íntima no se aceleró, nuestra libido se ha mantenido igual y tampoco hemos tratado de cumplir alguna fantasía sexual pendiente. El cambio se dio porque empezamos a implementar más posiciones y a descubrir sitios erógenos que nunca habíamos explorado. Si creen que tener sexo con una sexóloga es algo distinto, se equivocan. "¿Cuál es la diferencia?", se preguntarán ustedes. Y la respuesta es sencilla:  saber dónde lograr una mayor estimulación y poder alcanzar orgasmos ejemplares.

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