Como cucarachas en busca del afecto de los televidentes, en los últimos días han entrado a nuestras vidas los nombres de Goyo, Selene, Rafa, Catalina, Marlon, Luis Miguel, Rosina, y etc., etc., etc. En pleno siglo XXI, cuando el control remoto es una extensión de nuestras manos y las cobijas nos calientan mucho mejor que antes, resulta que un grupo de avezados exploradores decidieron aceptar las penurias de convivir en una minúscula isla del Caribe, hacinados y hambrientos y hechos pedazos, privándose de todas las comodidades que nos ofrece la vida moderna.

Exploradores. Risueños expedicionarios masca–insectos. Ratones de laboratorio de un experimento que funcionó con éxito en Estados Unidos (bajo el nombre de Survivor) y que en Colombia se ha convertido en un tema obligado entre quienes acostumbramos pasar los días sentados cómodamente en una silla frente a la televisión.

En las cuatro emisiones que lleva el programa Expedición Robinson, y que conduce la cada vez más alucinante Margarita Rosa de Francisco (¿ayuda la humedad?), nos hemos podido dar cuenta de cómo piensan los integrantes de cada tribu, qué insectos engullen a la hora del almuerzo, cómo duermen hacinados sobre la tierra y hasta cómo se rascan, sin pudor ni pena, frente a las cámaras de televisión.

Y está bien que los veamos. Que nos sobrepongamos a verlos en sus pobre desnudez tercermundista caminando sobre la playa en procura de encontrar un gusano que borre su apetito. Que superemos la curiosidad de no querer saber por qué nadie llevó, como elemento personal, un imprescindible rollo de papel higiénico. Que nos preguntemos para qué puede servir una Biblia en una isla perdida, como no sea para irse ‘paraíso’ adentro a armar un ‘bareto’ o para… En fin.

Está bien que los veamos. Está muy bien. Gracias a la codicia que nutre a cada tribu de alcanzar la versión siglo XXI de El Dorado —representado en 200 millones de pesos—, podemos disfrutar de la desgracia ajena mientras nos hundimos cómodos —muy cómodos— en la blandura que nos ofrece un buen sofá. O podemos mirar la terquedad física y senil de Rosina mientras hacemos flexiones de pecho sobre la alfombra. O podemos observar, sin escrúpulos, el cuerpo tiritando de Catalina mientras nos protegemos del frío que hace afuera, sacando de nuestro armario una envidiable manta ciento por ciento de algodón.

Sí, gracias a los ‘Robinsons’ modernos podemos comprender que, definitivamente, ‘somos lo que vivimos’. Ni más, ni menos.
Y eso está bien.

Somos la cama limpia por las noches, la espuma de afeitar en las mañanas, la nevera donde se ahuyentan los bostezos, el balón de fútbol que rueda los domingos. Y también el vino y las camisas bien planchadas, y la pizza y los zapatos limpios, y la vinagreta y las corbatas.

Somos la comodidad que hemos elegido, la que nos hace felices, la que no acepta renuncias.

Somos el aire acondicionado en nuestros carros, el postre azucarado en los restaurantes, la barra libre de los bares, la invitación VIP para los desfiles, el teléfono celular y las llamadas sin importancia.

Somos eso, y en eso lo somos todo: felices consumidores del mundo moderno.

Por eso, no hace falta ver más capítulos de la Expedición Robinson (como no sea con el fin de mirar a Margarita Rosa, alucinante) para sacar nuestras propias conclusiones. Mientras Selene, y Rafa, y Goyo, y Luis Miguel, y Catalina buscan con afán El Dorado de sus desgracias, sé que muchas personas hubieran pagado 200 millones de pesos por no tener que pisar nunca una isla de estas. Sé que prefieren la cama tendida, los zapatos limpios, la comida servida sobre las mesas, el papel higiénico… Pero está bien que no todos piensen lo mismo. Están bien que haya gente como Rosina: eterna prisionera de una juventud que hace mucho se deshizo.

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