Hace unos cuantos años me propuse aprender a manejar computador, como todo el mundo. Si decir que me lo propuse suena excesivamente voluntarista, lo puedo matizar: tomé clases. Por un lado, con un amigo gallego que se llamaba Valentín y que mantenía con los ordenadores —así se llaman los computadores en España— una relación de amor casi carnal, iniciada decenios atrás, en la prehistoria, cuando eran unos descomunales armatrostes que funcionaban con tarjetas perforadas y se guardaban, para que cupieran, en un hangar de aviación. Había empezado a trabajar en el primer computador —u ordenador; aunque creo que en ese entonces se llamaban todavía calculadoras— que el Instituto de Investigaciones Científicas instaló en el Faro de la Coruña, el cual, según una tradición milenaria, fue construido nada menos que por Hércules. Y por otro lado tomé clases con mi hija, que a la sazón tenía doce o trece años y en consecuencia estaba en la flor del talento tecnológico: el computador le adivinaba los caprichos como un perrito faldero. Tomé clases, pues, a la vez con la experiencia práctica y con la intuición pura. Como si las hubiera tomado con el propio Immanuel Kant.

Se interrumpieron pronto, sin embargo. Porque mi computador, un espléndido aparato portátil de segunda mano recomendado por la asesoría histórica de Valentín, se hizo pedazos a causa de un rodillazo desmañado de mi hija, que tenía, como dije, doce años. Se cayó de la mesa, rodó por unas escaleras, y al estrellarse abajo estalló en un surtidor chisporroteante de resortes metálicos y de cables de plástico, de gusanitos de caucho y rueditas dentadas como de reloj y circuitos integrados que parecían fichas de dominó, y unos elementos resbalosos, gigaherzios tal vez, que palpitaban. La pantalla se volvió trizas, y un disco tornasolado salió rodando y haciendo eses de borracho hasta perderse en lontananza. Ahí terminaron las clases. Volví con alivio a mi arcaica maquinita de escribir Olivetti lettera 22, que me esperaba en su funda verde. Mis dos profesores me lo reprocharon con acritud: "¡Es que no quieres aprender!"

No es que no quisiera. Es que me parecía dificilísimo. Y bastante inútil. No entendía ni el cómo ni el para qué. Y además tanto mi hija como mi amigo Valentín tenían el defecto (que luego he visto reproducido de manera clónica en todos los profesores de ordenador) de que no explicaban lo que pretendían enseñar. Se limitaban a mostrar el resultado, como si se tratara de la obviedad más evidente :

—¿Ves? Se hace así y asá. Y ya está.

Así y asá, sí, de acuerdo: uno puede, en efecto, ver el resultado en la pantalla: mensaje enviado, abierta carpeta nueva, instalado el acceso inalámbrico a internet, lo que sea. Pero ¿y cómo? Uno no ve el truco, el microproceso si ustedes prefieren, alfanumérico o digital o analógico o como se llame, por el cual se produjo lo que se produjo, salió el conejo, desapareció el señor voluntario, quedó cortada en dos la señorita desnuda. No ve ni el así ni el asá. Solo percibe fugazmente, como en una ráfaga de viento, un abaniqueo de muchas teclas apretadas en rapidísima sucesión: el aletear borroso de un colibrí. Pero ¿cuáles teclas? Porque además, para empezar, el instructor ha volteado con ademán reflejo y mecánico el cuerpo del aparato hacia su propio cuerpo, tapando el teclado con la mano y desviando la pantalla, que refleja como un espejo. Intenta uno hacer lo mismo, y el computador se sobresalta y ordena:

—Se cometió un error del tipo b. Reconstituya nuevamente la configuración.

Me quejo de mis maestros, pero debo reconocer que soy un mal alumno, distraído e impaciente. En primer lugar no soy bueno con los dedos. Es cierto que desde mi más temprana juventud me he ganado la vida con la mecanografía —o con la literatura, si les parece mejor; pero solo porque mi caligrafía manuscrita es incomprensible a causa de mi torpeza (iba a decir digital, pero no: ¿dactilar? Ya no sé, no sé…)— pero el esfuerzo de concentración motriz que eso me exige es físicamente aniquilador. Es verdad también que de niño dibujaba con cierta gracia, y lo hacía incluso mejor que mi hermano mayor; pero él se convirtió pronto en el mejor dibujante que ha dado el arte de Occidente desde Miguel Ángel, en tanto que yo me quedé rasguñando para siempre los mismos trabajosos monigotes de mis seis años. Por esa misma época mi mamá quiso enseñarme a tocar tiple, por ver si así aflojaba el engarrotamiento de las manos, que tenían la flexibilidad de las de un boxeador vendadas y enguantadas. Nunca conseguí pasar de los tres primeros acordes de Los naranjales. Y eso, reconcentrándome mucho: mientras rasgaba el prran prrarrrarrrán pprrrrrrarrrán prrarrarrrarrrarránnn con las falanginas y las falangetas no podía, con el pecho y la garganta, modular las palabras "yáes-tánlosnaranja-les llenos de azahar…". Hay gente que hace eso sin la menor dificultad. Para usar la frase hecha: como quien cose. ¡¿Coser! ¡Como si fuera fácil! Yo no podría.

Un ejemplo. Recientemente —cosa de meses— he intentado penetrar en el arduo uso del teléfono celular. He leído que según Steve Jobs, el mitológico creador de Apple, ese pequeño artilugio impulsará la aparición de una generación de niños que no tendrán ya la mano con cuatro dedos y pulgar oponible a los demás que permitió la evolución de los primates hacia los seres humanos; solo tendrán la palma y un único dedo pulgar agilísimo y flexible con el cual a la vez marcarán números de teléfono, tomarán fotos, oirán música, escribirán mensajes de texto y resolverán sudokus, sometidos al llamado "síndrome de atención simultánea incompleta" que aqueja a los periodistas de radio y a los presidentes de la República. Yo ya no pertenecí a esa raza, tan monstruosa a su modo como la de los legendarios patagones que tenían un solo pie gigantesco que los abrigaba del sol y de la lluvia, según cuenta el viajero Pigafetta. Al revés: yo necesito muchos dedos. Para usar el teléfono celular, por ejemplo, me hacen falta por lo menos seis. Coloco el celular sobre una superficie plana, estable y firme, levemente inclinada. Lo mantengo inmóvil con el pulgar y tres dedos más de la mano izquierda (índice, medio y anular, dejando el meñique semiencogido y apartado para que no me estorbe) mientras con el índice de la derecha, apoyada esta en su propio dedo gordo para guardar el equilibrio, digito laboriosamente las teclas y botones necesarios para cumplir con celeridad la orden perentoria del artefacto: "¡Apagar!", o "¡Configurar alarma de recordatorio de juego Millenium Mission!" (sea eso lo que sea). El ingenioso aparatito entonces tiembla y zumba rabioso y salta de mi mano como una rana viva. Y a continuación una voz femenina de dulzarronería implacable me murmura al oído: "Su mensaje ha sido borrado". Como si se alegrara.

Nunca he podido oír ningún mensaje-correo de voz dejado en el buzón de mi teléfono celular. Es por eso, y no por maleducado, que no los contesto.

Pero bueno: yo entiendo que la cerrazón ante los avances tecnológicos no está localizada en las yemas de los dedos, sino en el cerebro. En las neuronas, digamos, o en las circunvoluciones de la materia gris, o en las sinapsis. ¿O en la voluntad? Volviendo al caso del celular, o móvil, o portátil, o como quieran llamarlo. Cada vez que me hacen el elogio de una de sus ventajas la veo como lo que de verdad es: un inconveniente. Que piense, me dicen, que si llevo el celular en el bolsillo me pueden llamar a todas partes. Pero es que, precisamente, no quiero que me encuentren en todas partes: ya me parece suficientemente impertinente el teléfono fijo en la casa de uno, y de las pocas cosas que me gustan de Dios, es que nunca contesta cuando sus fieles lo llaman. Que piense, me dicen, en lo que hubiera logrado Cristóbal Colón de haber tenido celular en la mitad del Mar Tenebroso. Pues hubiera sabido en dónde estaba y hubiera seguido derecho a donde quería, que era la India, en vez de descubrir América. Que piense, me dicen, que si me atrapa una avalancha de nieve, o bueno, eso ya no, que si me coge un tsunami o me toca un terremoto: mucha gente se salva de morir en las ruinas de un terremoto gracias al teléfono celular para avisar a los equipos de rescate. Yo respondo, desdeñoso: "A mí que me busquen con perros". ¿Y si no hay perros? A lo que yo contrarreplico: "¿Y si se me han acabado los minutos en el celular?"

Son disculpas, ya lo sé. La verdad es que no dispongo de argumentos racionales serios para negarme a utilizar ese maravilloso adminículo que es el teléfono celular. Lo que pasa es que no me gusta usarlo. Ni aunque tenga linterna. (Y si tiene cámara de fotos con música incorporada, menos).

Con el computador me pasa —o me pasaba— algo parecido. Está por una parte la dificultad técnica de su manejo, que es como la del celular multiplicada por, digamos, cien. Más teclas, más funciones, más cosas que se pierden en el ciberespacio, irrecuperables. El problema mecánico de diferenciar un clic de un doble clic, como, en música, una fusa de una semifusa. Lo del ratón y la flechita, ese ratón que persigue frenéticamente por toda la mesa a la flecha que vuela por la pantalla, sin alcanzarla jamás, como Aquiles a la tortuga en la célebre paradoja de Zenón de Elea. En fin: la parte puramente práctica, mecánica, que me agobia y me sobrepasa. Las llamadas "aplicaciones", que superan en número a la serie misma de los números naturales, que por lo visto es infinita. No hay días bastantes en la vida del hombre para utilizar todas las "aplicaciones" que tiene, o puede tener, el más rudimentario y barato de los computadores. Es como contar las estrellas en lo negro del cielo nocturno. Y si de mí dependiera la astronomía nunca hubiera avanzado un paso. ColorSync Utility, Big Bang Board Games, Marble Blast Gold. ¿Qué podría ser de Marble Blast Gold? ¿Y quién será el ODBC Administrator? ¿Y uno que se llama Sherlok? ¿Y qué sentido tendrán los Installers (del Mac antiguo)?

Eso: el misterio del para qué. Las maravillas que del computador me cantan, me parecen sin duda maravillas, pero no me parecen virtudes, sino más bien defectos. No cosas útiles, sino inutilidades. Así, cuando me dicen (o me decían; pues como creo haber advertido al principio, he hecho firme propósito de enmendarme), por ejemplo: para un escritor como usted, nada más cómodo y útil que este aparato: le corrige automáticamente la ortografía, me pasan varias cosas. Me irrito un poco, porque yo no necesito que me corrijan la ortografía. Me entristezco, porque recuerdo que cuando García Márquez empezó a escribir sus libros en computador le empezaron a aparecer faltas de ortografía, y tuvo que proponer en un Congreso de Academias de la Lengua Española que se cambiaran las normas ortográficas. Me preocupo, porque he llegado a la conclusión de que la proliferación del uso de las comillas en los textos de los periodistas colombianos se debe a que el diccionario de corrección automática de los computadores es muy pobre, y subraya en rojo todas las palabras que no conoce, que son casi todas. Ante lo cual, el periodista para no meter la pata pero tampoco parecer ignorante y curarse en salud, las pone entre comillas. Así que pienso que el computador puede ser, sin duda, una magnífica herramienta de oficina. Pero ¿un instrumento literario? Me parece superfluo. Un poco como esos extravagantes instrumentos musicales fabricados con ruedas de bicicleta y lámparas de quirófano que inventa el grupo humorístico de Les Luthiers: ¿para qué, si ya existe el piano?

Aunque también, claro, ¿para qué el piano, si existía el clavicémbalo?

Me dicen, digo, que nada más cómodo para un escritor que un computador: le puede cambiar automáticamente un párrafo de sitio. Y yo digo que no. Porque al margen de que la operación es engorrosísima —hay que subrayar todo, pegar, cortar, enviar, cerrar, guardar, guardar como, añadir a, borrar—, sucede que cambiar un párrafo de sitio no es cosa de coser y cantar. (Ya confesé, por otra parte, que yo soy incapaz de coser y de cantar, y aún menos de hacer ambas cosas a la vez, como el presidente Gerald Ford era incapaz de caminar y mascar chicle al mismo tiempo). Cambiar un párrafo de sitio es tarea de mucha enjundia. No solo hay que reescribirlo entero para que ajuste bien y se acomode proporcionadamente, sino que es necesario reescribir también el párrafo anterior y el posterior. Porque si no, todo se desequilibra, todo cambia, todo queda patasarriba, convulsionado e inconexo. Para que las sonoridades rimen, y las cadencias de la métrica… ¿Qué es la métrica? Mire: cuando yo me siento a escribir un soneto, por ejemplo… Pero es que ¿a quién se le ocurre ponerse delante de un computador a escribir un soneto?

Justamente: el meollo del asunto está ahí. ¿Se puede escribir un soneto en computador? Sí, sin duda. Además estoy seguro de que dentro de sus infinitas posibilidades de búsqueda se encuentran todas las rimas posibles, todas las formas métricas imaginables, todas las concebibles combinaciones aleatorias de forma y fondo que han venido produciendo laboriosamente todas las generaciones de los poetas en el transcurso de los milenios. Un computador es capaz de escribir por sí solo un soneto, estoy seguro, y aún todos los sonetos que han sido ya escritos por Petrarca o por Garcilaso o por Shakespeare, sin ayuda de nadie.

Lo cual no demuestra que el computador sea superior al hombre, como temieron consternados los humanistas hace unos años, cuando una máquina, el supercomputador de la IBM llamado Deep Blue, le ganó una partida de ajedrez a Gary Kasparov, el campeón del mundo. Ganó la máquina, sí, pero ¿quién inventó la máquina? Y aún si se hubiera inventado ella por sí misma ¿quién inventó el juego de ajedrez?

En cambio yo nunca sería capaz ni siquiera de ganarle a Kasparov una simultánea con los ojos vendados. Ni tampoco de componer un buen soneto. Por eso me cuesta tanto trabajo aprender a escribir en computador.

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