Pajarito había oído decir que el mar era inmenso. Pero no lo imaginó tan grande como el que se abrió ante sus ojos en las playas de Crespo, en Cartagena, cuando el taxi que la llevaba al primer hotel que pisaría en su vida dio una curva y le permitió disfrutar en vivo y en directo de ese espectáculo que había soñado mil veces, un millón de veces, en sus 45 años de vida. Un espectáculo que creyó que la vida no le permitiría presenciar… que su pobreza no le daría la licencia de ver. Eso creía. Eso creyó hasta la víspera. Pero, de repente, el mar estaba allí. Bajó la ventanilla y dejó que la brisa le revolcara el pelo con sus aromas salinos. Los ojos le brillaron como nunca antes: quizás los había adornado con algunas lágrimas de emoción. Plena, dudosa todavía de que el destino se lo estuviera permitiendo, se habría pellizcado para estar segura de que estaba despierta. Pero solo tenía cabeza para el mar de sus sueños. Un mar mucho más hermoso que el que había visto tantas veces en televisión. Y más grande. "Vea, es que no tiene fin".


Lo más lejos que había llegado era a Villavicencio. Más se demoró en recibir la noticia —una de esas llamadas que uno jamás quisiera atender— que en alistar un par de mudas y salir corriendo para la terminal de buses. Fue poco lo que logró grabar de aquellos paisajes de montañas bravas que de un momento a otro, en la última curva del camino, le dan paso a ese otro mar: el mar verde de los Llanos Orientales. Le podía más la tristeza de saber que su hermano acababa de morir. Su memoria andaba ocupada en los juegos compartidos en la infancia, en los consejos oportunos, en la ayuda que llegaba mes tras mes. Era instructor de paracaidismo pero, a pesar de tantos saltos, de tantos vuelos, de tantos manuales aprendidos al pie de la letra, el destino se la jugó. Cayó al río Magdalena, desapareció varios días y Pajarito fue a esperar las noticias al lado de otras mujeres de la familia. Fue un viaje triste que el tiempo ha ido maquillando con un poco de olvido y otro poco de imaginación. Un viaje que tenía siempre a mano para responder cuando le preguntaban por los mundos conocidos.

***

"No me van a creer —dice—. No me van a creer", repite. Acaba de llegar al hotel. Acaba de dejar las maletas tiradas. Acaba de salir corriendo para el mar que tiene al frente, de deshacerse de las sandalias que estrenó esa mañana, de dar brincos sobre una arena que no imaginaba tan caliente. Después de 45 años de espera, el mar acaba de mojar los pies de María Jacquelin Pájaro, madre de tres hijos, abuela de dos nietos, encargada del aseo y de los tintos en el tercer piso de una empresa del norte de Bogotá, a donde llega antes de las siete de la mañana y sale después de las seis de la tarde. Esos pies que no descansan durante las más de diez horas de faena sin pausa que la compromete de lunes a viernes y que le da para alimentarse y para pagar la cuota de una casa diminuta que queda en uno de los últimos rincones del noroccidente de la capital. Esos pies con los que recorre veinte, treinta, cuarenta veces al día los pasillos del tercer piso. Esos pies con venas dilatadas que han soportado su peso, el peso de sus hijos y el de tantas bandejas cargadas de tazas de café. Esos pies de pájaro acaban de ser bañados por el mar de Cartagena y no quieren volver a salir de ahí. Pero saldrán, volverán a Bogotá, volverán a subir las escaleras que llevan a Pajarito cada mañana hasta el tercer piso de aquel edificio: allí donde la esperan tantas compañeras de trabajo para que les cuente cómo es eso de meter los pies en el mar.

***

Aunque está convencida de que no se lo van a creer, Pajarito les dirá que el mar es tan grande, tan grande, que no se ve la otra orilla. Y no se ve porque el mar no tiene fin. Que los barcos que navegan en él parecen juguetes que se achican hasta desaparecer. Que el agua es salada. Muy salada. Más salada que una sopa que ha quedado salada. Pajarito puede dar fe de que es así, porque después del primer revolcón en el mar, después del primer trago de agua marina, después de atorarse y de toser, pasó toda la tarde con sed: porque el agua del mar es tan salada, que hay que aprender a mantener la boca cerrada. Pajarito les dirá a sus compañeras que hay que bañarse muy cerca de la orilla, porque de repente aparecen olas enormes que lo revuelcan a uno, que lo mandan contra la arena como un bulto de papas, que amenazan con dejarle el vestido de baño fuera de su sitio. Pero les dirá que todo eso forma parte de la diversión, y que en ningún lugar se divierte uno tanto como en el mar. ¿Le creerán? No está segura. Pero sabe que hay algo que sí le van a creer sin ningún lugar a dudas: que si uno pasa mucho tiempo en la playa al rayo del sol corre el riesgo de terminar ardido. Tan ardido como ella, que quedó con la espalda al rojo vivo, que la ropa le incomodaba, que tuvo que untarse un frasco de leche de magnesia para sentir un alivio pasajero. Le creerán, porque puede mostrarles la piel que castigó el sol de Cartagena. Pero tal vez no le crean que le importa un bledo el dolor. Hace rato aceptó pagar ese precio por los dos días de playa que vivió. Por los dos días más felices de su vida. Los dos días por cuenta de los cuales siente que ahora sí se puede morir tranquila: "Si mi diosito me recoge, ya me puedo ir".

***

En un país en el que a casi nadie le dicen por su nombre tal y como aparece en la cédula, a María Jacquelin la llaman cariñosamente Pajarito por ese apellido que "es de la pura costa… de por acá es el Pájaro… mi papá era de Pedraza, Magdalena, un pueblo que, según mi hermana, se lo tragó el mar". Era navegante: o eso contaba su madre. Y contaba que murió cuando Pajarito tenía apenas tres años. "La foto que había de él debía estar en ese cajón que se llevaron cuando nos robaron todo. Vivíamos con mi mamá en una habitación alquilada, y una noche, cuando llegamos, no había ni en qué acostarnos a dormir". Se lo llevaron todo, incluida la única fotografía de su padre, un hombre del que no recuerda sus facciones y al que ahora trata de buscar en los rostros de los costeños mayores que pasan a su lado. "Miro a ese señor y me pregunto si mi papá sería así… con ese pelo, con esa nariz, así de moreno… seguro que sí". Su mamá en cambio era una santandereana blanca y de ojos claros. Pajarito muestra una foto de ella para que no quede duda. La muestra y de paso la mira: la admira. Y suelta un suspiro: "¡Si ella estuviera y pudiera ver todas estas cosas lindas que me están pasando!". Su madre, que la levantó a ella y a sus tres hermanos a punta de berraquera, era casi todo para Pajarito. Era su amiga. Era su confidente. Alcanzó a conocer la casa que Pajarito compró en Suba, la alcanzó a disfrutar, y allí mismo murió al rodar por las escaleras. Desde entonces Pajarito se siente muy sola. Sus hijos han empezado a recorrer sus propios caminos. A veces añora una vida de menos sufrimiento, de menos pobreza, pero acepta esta que le tocó y le da gracias a Dios por las cosas buenas que le ha dado, como su casa propia, como la estufa que le regalaron cuando trabajaba con Fanny Mikey y como este viaje inolvidable al que le hubiera gustado traer a su mamá. "Como fuera la habría traído… así me hubiera tocado empeñar lo que tengo".

***

Pajarito nació un 24 de diciembre y está convencida de que este año el Niño Dios se le adelantó. Desde que le anunciaron que la habían escogido para cumplirle el sueño de su vida no volvió a dormir de corrido. En las noches que precedieron al viaje se despertaba cada dos horas, cada hora, soñando con paraísos perdidos. Se sentaba en la cama y esperaba a estar bien despierta para cerciorarse de que la promesa de conocer el mar no había formado parte del sueño. Se trataba, además, de viajar por primera vez en avión. En uno de esos aparatos de los que le hablaba su hermano, el paracaidista. Uno de esos aparatos que pasan por encima de su casa haciendo un ruido terrible. Le daba susto, por supuesto, pero la emoción era más grande. Desde que subió la escalerilla y cruzó la puerta, no dejó de mirar a todas partes, de admirar a las azafatas, de sorprenderse con lo moderno y lo impecable de cada detalle. Se sentó en la silla 29k, se encogió de hombros y, cuando el avión empezó a moverse, se quedó quieta y con los ojos apretados, como quien espera un golpe inevitable. Una vez en el cielo, asombrada con el mundo que contemplaba desde la ventanilla, sonrió con emoción al comprender que el sueño de tantos años empezaba a hacerse realidad: "Ahora sí, a volar Pajarito", se dijo a sí misma y empezó a buscar su casa entre las miles de casas que veía desde ese cielo que acababa de estrenar.

***

Nunca había estado en un hotel. Cuando el botones que llevó su maleta hasta la habitación ocho cero cinco cerró la puerta, Pajarito saltó como un niño sobre las camas para comprobar que eran "blanditiquiticas". Se levantó como un resorte, se asomó a la ventana y vio desde lo alto el mismo mar que unos minutos atrás había mojado sus pies. Se puso el vestido de baño en tiempo récord, se embadurnó en protector solar tal y como se lo habían recomendado y bajó a la carrera para que esta vez no fueran solo los pies los que conocieran las bondades del mar. Se sumergió con temor, pero después de perder el equilibrio por primera vez, después de la primera bocanada de agua salada, entendió cómo era la cosa y se dedicó a jugar con las olas. Varias horas después, convencida de que el paraíso no era terrenal sino acuático, con los ojos enrojecidos y las yemas de los dedos arrugadas a más no poder, Pajarito regresó a la playa para tomar un descanso. No había alcanzado a acomodarse en la carpa cuando se vio rodeada de vendedores de ostras, masajistas corpulentas, palenqueras con sus platones repletos de frutas tropicales, artistas de ocasión y toda la suerte de comerciantes informales que viven del turista y que conocen ciento una maneras para tratar de convencerlo de las bondades de los productos que ofrecen. Pero Pajarito no necesitó mayores argumentos. Perdió muy pronto la noción del dinero, se sintió soberana de aquellos reinos de playa y de mar y aceptó cuanto le ofrecieron. Le entregó sus pies adoloridos a Mayra para que los amasara con sus dedos sanadores. Compró unas gafas de sol que nunca pensó que sus ahorros le permitieran negociar. Posó sin afanes para un nariñense que aprendió a ganarse el pan de cada día pintando cachacos en Bocagrande y para un fotógrafo que le prometió una imagen tan seductora como las que llegan a las portadas de los 14 cañonazos. Tan posesionada andaba de su papel, que un grupo de serenateros que pasó por allí no dudó en hacer sonar para ella guacharacas y acordeones. "¿Qué quiere oír?", preguntó el cantante, y ella no dudó en responder "Dime, Pajarito", como si hubiera cargado 45 años con aquel apellido y con aquel apodo única y exclusivamente para que algún día cantaran para ella frente al mar del que no quiso salir durante los dos días más felices de su existencia.

***

"¿Será que me voy a morir?". Con esa duda —y con la espalda roja como camarón— regresó Pajarito a Bogotá. No lo preguntaba por los dos días en los que olvidó tomarse la pastilla para la tensión, de lo contenta que andaba. Lo preguntaba porque haber viajado a Cartagena y haber disfrutado de tantos placeres le resultaba lo más parecido a esa recompensa del más allá con la que la Iglesia tiene engañados a los pobres. Pero estaba más viva y más feliz que nunca. Por eso, mientras repasaba las fotografías de aquel sueño hecho realidad, mientras recordaba que al segundo día de su viaje el amanecer la había sorprendido despierta esperando que el azul del mar se metiera por su ventana, cambió la pregunta: "¿Qué más le pido a la vida?". Y en su bondad infinita lo supo muy pronto: "Mis compañeras pasan mucha necesidad. Me gustaría que algún día se pudieran dar un lujo de estos". Como bien lo suponía, sus amigas no le creyeron todo lo que les contó. Pero quedaron con las ganas de saber cómo es ese mar enorme y salado del que Pajarito sacó con paciencia y cariño esas conchitas que les trajo de regalo.


Contenido relacionado

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.