Hace siete años ya que el Chaplin deambula por los trancones vendiendo marionetas. Lleva un maletín con un bastón encima y un muñeco igual a él en la otra mano. Vende entre ocho y diez al día, cada uno a diez mil pesos. Le dicen 'El Chaplin' y como Charlot anda vestido, al igual que sus muñecos, que se han convertido, poco a poco, en un punto de referencia; en una atracción para los turistas. Como si Charlie Chaplin, a la larga, hubiera nacido en Bogotá.
Se llama Adán Robayo Silva. Tiene 53 años y vive en Chapinero. Nació en una familia de siete hermanos, en las faldas de la Sierra Nevada del Cocuy. Su madre, Alicia, tenía un piqueteadero en Duitama, y su padre, Joaquín, llevaba una vida estable como recaudador de rentas. Cuando murió su padre, Adán solo tenía seis años, y la miseria que la muerte trajo a su paso llevó a la familia a pasar hambre, hasta el punto de llegar a vivir todos en un solo cuarto diminuto. "Fue como le pasó a él -me dice y señala al muñeco-. Esa fue la primera coincidencia que tuve con Chaplin en mi vida".
A los nueve años comenzó a trabajar de barrendero en una fábrica de pupitres. Fue ahí, a esa edad, cuando vio por primera vez a Charlie Chaplin, en un televisor Sanyo, blanco y negro, que prendían para los empleados en las horas de descanso. Ahí estaba él, en El vagabundo, caminando como pingüino, haciendo gestos a los carros que le pasaban de largo. "Sentía que el estómago se me estallaba de la risa -dice-. Charlie Chaplin me había robado el corazón. Desde entonces quise ser como él".
Pero los años pasaron y la vida da sus vueltas. Su mamá murió cuando tenía catorce años y ya no había nada en Duitama que lo obligara a estar ahí. Probó suerte en Bogotá, y en 1967 llegó a trabajar en una fábrica de muebles. La nueva vida lo hizo olvidar poco a poco de sus planes y, sin frustraciones, cogió sin darse cuenta por un camino diferente.
Empezó a tomar clases de saxofón. Eran buenos años, la suerte estaba de su lado, aprendió a tocar con talento y llegó a hacer parte de los Alfa 8 por un tiempo. Pero la miseria acecha, y en 1990 se le bloqueó la vida. "Me hicieron brujería -dice-. En poco tiempo llegué a perder mi casa, mis muebles, mi saxofón. Durante muchos años viví de arrimado y fueron los días más duros de mi vida".
No fue sino hasta 1996, en vísperas de Halloween, que volvió a encontrarse con el fantasma de su pasado: Chaplin, en un afiche, tras una vitrina de Plaza de las Américas, disfrazado de Charlot. "Ahí mismo tuve una revelación: un niño pasó disfrazado con un títere de Mickey Mouse y yo me vi, por un instante, como él". Un año después, Adán Robayo Silva, 'El Chaplin', ya andaba por las calles, recuperándose de su crisis a punta de vender, una a una, la marionetas de Charlot que una amiga le fabricaba.
Al poco tiempo la gente empezó a reconocerlo. Le llamaban 'El chaplin' y compraban sus muñecos. Los turistas se tomaban fotos con él. Los noticieros, los diarios, todos comenzaron a entrevistarlo. Sin quererlo, en silencio, se comenzó a volver famoso.
Hoy por hoy es un celebridad callejera. Y por eso le alegran las ironías de la vida: "Si no me hubieran hecho brujería, hoy no estaría interpretando, de grande, a ese personaje que quise ser siempre de niño". Ahora quiere explotar más su papel: hacer presentaciones tocando el saxofón, bailar charleston con una muñeca o hacer alguna obra de teatro. Desearía que sus padres lo pudieran ver y se alegraran de saber quién es ahora. Y cuando yo le pregunto quién es él, el personaje que hay detrás de este Charlot, 'El chaplin', me responde recitando: "Yo soy Adán Robayo Silva. Otro muñeco más en este disparatado circo que es el mundo", y sonríe, como si hubiera preparado esa respuesta desde hace muchos años. Tal vez a los nueve, cuando veía televisión en un taller de pupitres ya olvidado de Duitama.

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