La primera vez que vi a la loca más famosa del barrio Chicó, de Bogotá, estaba insultando al portero de mi colegio porque no la quería dejar entrar. Yo todavía estudiaba en el Gimnasio Moderno y sabía, como lo saben todos los que la conocen, que a veces se podía poner hostil, que venía de una familia 'bien', y que por la pesadilla de la droga terminó convirtiéndose en la loca del mismo barrio donde creció.
Hace un par de semanas me dio por buscarla para saber quién era. Luego de tres horas y media de preguntar por ella y recoger información en todos lados, la encontré en la calle de las antigüedades, en la 79 con 8a, lanzando manotazos al aire como si estuviera peleando con un fantasma. Tenía la mirada estrábica, el pelo largo y desteñido, unas botas machita y una cartera negra para guardar sus pertenencias. Durante más de cuatro horas la seguí por todo (absolutamente todo) el Chicó.
Supe que se llama María Clemencia Salgado de Mier, que estudió en el colegio Sagrado Corazón de Jesús, que tomó unos cursos de Relaciones Públicas en la Universidad de Los Andes y que vivió la mayor parte de su juventud en Europa. Que sabe inglés y francés. Que fue modelo de propagandas de televisión y azafata de Avianca; pero que su profesión es la de artístico-escritora (una carrera que ella misma inventó, y que consiste en hacer arte cuando se escribe). Que un día, a los 17 años, probó por primera vez la marihuana y se perdió en un viaje de excesos y paranoias que hasta el día de hoy no ha terminado. Porque después de la marihuana siguió la cocaína y, luego, el bazuco. "Eso sí no los metí al tiempo, sino uno después de otro -me dice agradecida-. Si no, imagínese: ¡habría terminado toda loca!".
Ha estado aquí desde cuando vivía con su madre, Clemencia de Mier, y su hija, Laura, en un apartamento frente al colegio Alvernia, en la calle 78 con 12. Desde que le diagnosticaron esquizofrenia seudo-sicopática, su familia se arruinó tratando de ayudarla. Ahora duerme en una esquina de la calle 77 frente al parque Juárez; y cada vez que intenta entrar al edificio de su madre, los porteros se lo impiden por temor a que las ataque. "Es la tragedia más grande que Dios me ha podido mandar. Si ella estuviera muerta, tal vez la pena sería menor", me dijo su mamá.
Nadie en su familia sabe cómo sobrevive. Ellos le lavan la ropa de vez en cuando, pero casi no le dan dinero. El padre Tomás Migueles, de la Iglesia Santa Mónica, en la 79 con 7ª, una vez le consiguió un cuarto en Chapinero, pero ella le dijo que no estaba hecha para esos barrios. Por eso vive en el Chicó, así sea en la calle. Se la pasa de un lado para otro caminando, escribiendo o masajeándose los juanetes en el parquecito de la 80 con 11. Pero, según ella, la ropa limpia es lo único que la salva, porque a pesar de ganar algo con sus artístico-escritos, sabe que es una más de los 16 mil indigentes estimados en esta ciudad.
En el Pomona de la 76 con 11 se dio cuenta de que la estaba siguiendo. Luego de que me insultara un buen rato por volver a su hija una puta, la logré calmar con un sándwich de tres mil pesos. Hablamos un rato, me contó que el 11 de marzo cumplió 53 años y mientras me mostraba su sonrisa desdentada me regaló uno de sus textos. Entre el caos de mamarrachos a lo largo del papel había un párrafo lapidario: "Nunca te alejes de casa aunque no vivas en ella. Los sinsabores son tan terribles cuando estás solo; cuando recuerdas que tienes tanto que hacer por casa, aunque no les debas nada...". Las primeras gotas de un aguacero torrencial comenzaron a caer cuando María Clemencia Salgado de Mier dobló la esquina de la cuadra. Iba para el apartamento de su madre a ver si esta vez sí la dejaban entrar.

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