Si quieres que la gente te mire y hasta te señale, móntate en la carroza mortuoria del veterinario Henry Cortés. Está marcada con el nombre de su empresa, Funeravet, que es la única funeraria de perros que existe en Colombia.

En las avenidas, en los semáforos y en las esquinas, todo el mundo tiene que ver con la camioneta, una Fiat Fiorino modelo 96. Algunos sonríen o largan una risotada. Otros sacan un papel del bolsillo y toman apuntes.

Ahora, mientras llenamos el tanque en la estación de gasolina, nos rodean varias personas que piden tarjetas de presentación y afiches de los que Cortés carga en sus recorridos. Los curiosos quieren saber -y lo preguntan en tono de broma- si el sepelio de los perros es igual al de los seres humanos.

En los dos años que lleva al frente de su negocio, Cortés se ha ido acostumbrando a la indiscreción y a las chanzas macabras. Hace poco, un colega que se encuentra desempleado se le ofreció para salir de noche a matar perros y dejar, debajo de cada cadáver, una hoja volante con propaganda de los diferentes servicios fúnebres. Y ahora, mientras una señora distinguida pasa frente a nosotros con su dálmata, uno de los curiosos exclama: "¡Tan bonito el futuro cliente!".

Cuando continuamos el viaje hacia el pueblo de Cota, donde recogeremos el primer cadáver del día, Cortés expone la razón por la cual muchas personas se divierten al ver su carruaje mortuorio. Se ríen, según él, porque la empresa les parece insólita, pero también porque en Colombia hay tanta gente que muere y tanta gente que no tiene ni dónde caerse muerta, que el entierro de los perros parece un chiste.

Cortés explica en seguida que creó su funeraria por tres motivos básicos: evitar que la gente bote sus animales muertos en los sitios públicos, ayudar a quienes de repente se ven encartados con el cadáver y no saben qué hacer con él, y ofrecerle consuelo a las personas que acaban de perder a sus mascotas.

Antes de fundar la empresa, nuestro personaje sacó cuentas: en Bogotá, según la Secretaría Distrital de Salud, hay unos 650 mil perros, de los cuales mueren alrededor de 50 todos los días. Con esas cifras en la mano, Cortés sintió que lo que se abría ante sus ojos, más que una mera oportunidad de trabajo, era un destino. Desde entonces dedica unas quince horas diarias al negocio. Él mismo maneja la camioneta, porque teme no encontrar un conductor con la suficiente delicadeza para manipular los despojos mortales y entenderse con los deudos.

En este momento llegamos al centro veterinario donde recogeremos el cadáver. Está ubicado a la orilla de la carretera. Al frente de donde parqueamos la camioneta, un perro vagabundo escarba la tierra. Es un animal de hocico puntiagudo y orejas paradas, sin dueño y sin linaje, de esos que en Colombia identificamos con el despectivo nombre de 'criollo'. Uno juraría que está más emparentado con los vampiros que con los caninos. Tiene una pata más corta que las otras, los ojos destrozados por las cataratas y el pelaje carcomido por el sol y la sarna. Ha desarrollado ese aire de indiferencia típico de los perros que no cuentan con nadie en el mundo. Está reconcentrado en sí mismo, ajeno por completo a la suerte de los seres humanos que lo rodean. De vez en cuando nos mira, pero sin concedernos importancia. Henry, que ahora entra finalmente en la clínica, no se ha percatado de su presencia.

La médica veterinaria de turno, María Cristina Ángel, nos conduce hacia donde está el cadáver. Es una hembra cocker spaniel y se llama Paca Roncancio. Todo indica que murió de ictericia. El cuerpo está envuelto en una finísima cobija humana, olorosa a lavanda, que envió la dueña desde por la mañana. Mientras llenan la planilla con la historia clínica de la perra, María Cristina y Henry se ponen a conversar sobre su profesión. Ella se muestra interesada en saber cómo funcionan los diferentes servicios.
Henry le explica, entonces, que la funeraria ofrece dos tipos de cremación: la sencilla, que vale 70 mil pesos, y la de lujo, que cuesta 270 mil. En el primer caso hay que reunir varios cadáveres para incinerarlos en grupo. Los deudos no tienen derecho a reclamar las cenizas pero sí reciben un cofre con una parte del animal, preferiblemente un mechón de pelo o un pedazo del collar. En la segunda modalidad, cada perro es metido individualmente en el horno. Los dueños obtienen, además del pequeño baúl que contiene el recordatorio de la mascota, una urna con las cenizas y un conjunto de textos sobre el manejo del dolor.

Para los que prefieren el entierro hay dos cementerios, uno en la vía a La Calera y otro en el pueblo de Guasca. El lote se adjudica por cinco años y vale 270 mil pesos. El cliente tiene derecho a una lápida tallada en piedra y a visitar la tumba el día que quiera.

"Yo creo que la dueña de Paca va a sepultarla", concluye María Cristina.

Cortés recibe en promedio tres animales diarios, pero este sábado llevamos cuatro y apenas es la una de la tarde. Su beeper y su teléfono móvil repican permanentemente. Lo llama su secretaria desde la oficina, para coordinar algún servicio. O lo llama alguien desde un centro veterinario para que recoja un nuevo cadáver. O lo llama un cliente viejo que dice no haberse recuperado de la pérdida de su perro. O lo llama un padre de familia para preguntarle de qué manera debe transmitirle a su hijo la noticia de que su mascota fue arrollada por un camión. Siempre que va a contestar, cuadra la camioneta a un lado de la vía.

Le pregunto a Cortés si semejante histeria por los perros no será absurda. Y añado que en un país donde muchos seres humanos se acuestan sin comer, puede resultar de mal gusto invertir tanto dinero en animales muertos. Cortés responde que tal vez tengo razón pero que, de cualquier modo, eso no es culpa suya. "Fíjate que en el caso que tú planteas -dice-, el problema no es el entierro de los perros, sino el hambre de
la gente".

Cortés admite que muchas personas sienten por sus perros un amor enfermizo. Para ilustrar su comentario, cuenta que en varias ocasiones le ha tocado recoger cadáveres mutilados por sus propios dueños, que utilizan los órganos cercenados como recordatorios. Las partes favoritas de estos singulares dolientes son la cola y los colmillos. Hubo alguien, incluso, que le arrancó la cabeza a su perro y pretendía que Henry se la disecara. "Me tocó emplearme a fondo para convencerlo de que su idea era patética".
Algunos despiden a su mascota, en el cementerio, con un poema de cuatro páginas; otros se despojan de sus propias joyas para metérselas al animal en la tumba. Lo visten con sus mejores galas. Lo peinan con un cuidado extremo, como si no fueran a entregárselo a los gusanos sino a la posteridad. Le rezan, lo lloran, lo acarician, lo besan, lo abrazan, le cantan, lo aplauden.

Supongo -y se lo digo a Henry- que la fidelidad que muchos le atribuyen al perro no es más que mero sometimiento. Si el perro fuera capaz de llevarle la contraria al hombre estaría liquidado. No tendría derecho a ningún privilegio, ni a comer pechuga de pollo ni a bostezar sobre la alfombra más lujosa. Un travieso humorista anónimo nos recuerda que si este animal tiene tantos amigos es justamente porque mueve la cola y no la lengua.

Henry quiere decir algo pero en este momento vuelve a sonar su teléfono celular. Hemos llegado al centro veterinario donde debe dejar la urna que contiene las cenizas de un french poodle que cremó hace dos días. El aire huele a establo, a concentrado sintético, a pelambre de bestia. Los ladridos son tan altaneros que desquician.
Antes de ir al sector de Kennedy para atender a un nuevo cliente, pasamos por la sede de Funeravet, ubicada en el barrio El Rosario, para dejar los cuatro cadáveres recogidos hasta ahora. Cortés los acomoda en una nevera que tiene capacidad para doce perros. Su madre, Carmen Rosa González, que también es su secretaria, le ofrece una bebida hidratante.

La otra cara de la realidad la conforman esas personas solitarias que apenas cuentan con el cariño de sus mascotas. No tienen con quién ir a cine un viernes por la noche, ni con quién salir a bailar el sábado, ni con quién cenar el domingo. Nadie les escribe ni les manda flores. Adquieren al perro por física necesidad de compañía, no para que le ladre a la luna ni a los ladrones, ni para que se plante como un adorno inútil en el centro de la sala. ¿Dónde está el resto de la humanidad cuando estas personas necesitan una caricia o una palabra amable? El perro, en cambio, siempre está allí, en las verdes y en las maduras, y no reprocha ni la gordura ni el envejecimiento.
Refugiarse en la mascota es una expresión de temor muy propia de quienes creen -para decirlo en términos caninos- que el hombre es lobo para el hombre. Pero también puede ser una forma de desprecio, como la planteada por el poeta Lord Byron cuando dijo que mientras más conoce a los seres humanos, más quiere a su perro.
"Si tu mascota te da todo -dice Henry Cortés-, ¿por qué tú no puedes también darle todo, incluso después de que se muera?".

Cortés afirma que por lo general el primer contacto que un niño tiene con la muerte es a través del perro de la casa. Esa situación hay que aprovecharla, según él, con fines didácticos. Por ejemplo, enseñándole al chico que todos somos efímeros y que, hagamos lo que hagamos, terminaremos embutidos en una fosa. Para convencer al hombre de la necesidad de respetar al prójimo, no hay mejor argumento que mostrarle sus límites y recordarle que tiene el pellejo frágil.

A ciertos niños consentidos que lo tienen todo les viene bien aprender que la muerte no respeta sus privilegios. Si acaba con la gente, ¿por qué tendría que perdonar al perro? La sola reflexión, según Henry, es ya una ganancia. De acuerdo con su teoría, lo peor que un padre puede hacer por el hijo que ha perdido a su mascota es comprarle otra, porque le envía el mensaje de que el afecto se reemplaza con dinero. "Es decir -agrega-, que si a uno se le muere el hermano no lo llora, porque ahí están los padres para hacerle otro hermano. O si se le muere la mamá tampoco se inmuta, porque el papá puede buscarse -o incluso comprarse- otra novia. Y así no funcionan las cosas".

Ahora nos encontramos en el Cementerio Rufus y Roque, ubicado en la vía a La Calera. Es un lote de 350 metros cuadrados en el que están sepultados casi 200 perros. Mientras camina por entre las tumbas, Henry va recordando los pormenores de algunos entierros: el nombre del deudo, la raza del animal, el llanto de la abuela, el desconsuelo del niño, el precio de la lápida, el discurso emotivo del padre, el juguete y el dibujo que alguien metió en la fosa en el último momento.
De repente, Cortés se detiene y afirma que los entierros de los perros, por muy excéntricos que parezcan, son sinceros. Aquí, según él, nadie viene a discutir si el finado dejó herencia, ni a murmurar sobre el futuro de la viuda, ni a aparentar lo que no siente.
Una hora más tarde llegamos al otro cementerio, el de Guasca, donde las fosas se encuentran alrededor de un lago lleno de gansos. Cada una tiene flores permanentes y está recubierta con una malla de alambre, para protegerla de la voracidad de los patos.
Noto que las lápidas de los perros tampoco están a salvo de la cursilería humana, como lo prueban algunos fragmentos de los epitafios que pesqué al azar: "Gorda: eras tan linda que parecías una azucena caminando". "Papi, bebé, chocolatito, lord inglés: nos haces mucha falta". "Hijo de mi corazón: espero que sigas ladrando en el cielo".
Justo cuando Henry me informa que hay que ir a atender un nuevo llamado, veo una lápida de bordes rosados, en forma de corazón. "La muerte es inevitable", dice. De esta sentencia me acuerdo cuando veo en el camino a otro perro contrahecho, de esos que andan por ahí sueltos, soportando desprecios y humillaciones. Para ellos lo inevitable no es la muerte sino la vida.

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