Querida Florencia: no es la única vez que me dirijo a usted para pedir piedad a su vetusto sadismo en nombre de los cándidos varones, mis hermanos. Hace años, usted debe recordar, porque yo soy inolvidable, (en serio), la vencí en parla franca y privada en un almuerzo de periodistas. Usted estaba por echar a perder el condumio con la sempiterna doctrina de su discurso espinoso, apenas dulcificado por las erres guturales que arrastran los franceses entre sus cualidades. Los detalles importan. El cerdo del almuerzo estaba a punto. Las pacíficas coliflores de la guarnición. El escocés. Y usted alejó la cabeza cuando se quedó sin argumentos ante la historia que le conté, para neutralizarla, de un ejemplar del perfecto varón domado. Las mujeres comunes y corrientes explotan en llanto, digo, explotan el llanto cuando se quedan sin salida, para avergonzar a la razón. Usted no. Usted volteó la cabeza. Y condescendió después conmigo: mi cuento expresaba la excepción a la regla de la perversidad masculina. Entonces me di cuenta. No había manera de sacarla de los parámetros de esos institutos donde las feministas consiguen el yantar, y conspiran por hacer la Tierra más infeliz de lo que es, poco menos que intratable ya, y que convertimos entre todos, ellas y ellos, en un gran basurero, en un planeta enfermo de gente enferma que baila y canta, y entre baile y canto mata, y miente con verdades a medias, y a veces enteras, mientras el tapiz del cielo se plaga de agujeros, y el suelo resquebraja desiertos bajo el mordisco ultravioleta de un sol amigable y mortífero al mismo tiempo. Como el amor.

Esta diatriba no es personal. Es que usted encabrita mis aspiraciones a la rectitud en cuanto se pueda, y estimula mi sentido de la justicia. Si hasta me sigue cayendo bien después de verla en ese almanaque de ancianas para el cual posó hace años en un diván de tímida. Hablando de todo y de nada, a mí también, querida señora, una fotógrafa reputada me invitó a posar en cueros. Me negué. Respeto la decadencia celular. No siento necesidad de convertirme en un manifiesto mustio contra los derechos de la belleza de la juventud. Enorgullecerse de haber llegado a viejo es el colmo de la arrogancia. El marchitamiento entristece. Y no lo consuelan ni siquiera el dinero que es tan bueno, sobre todo bastante; ni, a mí me consta, la simpatía, ni la inteligencia del genio que es lo único que pervierten los años para bien. En la amargura aprendemos la lucidez. Hay que ser inclementes. Basta de falsos consuelos.

Pero estoy hablando como un santo, y debo ser humilde, la única manera de precaverme de lo que usted está pensando en contravía de mis palabras. Lo que iba a decir es que para guardar la equidad en estas cosas de los géneros que son su debate predilecto alguien debe defender a los misérrimos varones de la ilusión feminista que usted alienta, de que vivimos un patriarcado, echando las evidencias por la borda. Los hombres han sido hasta hoy por la mañana esclavos de las hembras, coronados de reyes de burlas, y a veces con otros aditamentos de menos trapo. Estas relaciones de poder entre señora y siervo degradan los encuentros de amor.

No entro en la palestra a favor de mis apabullados congéneres porque me sienta paradigmático de la especie. Siempre me entendí mejor con las mujeres que en las charlas insulsas de machos. Y que me perdonen mis amigos. A falta de algo mejor me gusta aplicarme el autorretrato de Maiacovski: yo no soy un hombre, señora, soy una nube en pantalones. Pero experimento por el género masculino un sentimiento ambiguo entre el orgullo y la vergüenza, el rechazo, la admiración y la lástima.

Eso no quiere decir que considero a los señores inferiores a las damas. Ni mejores. Creo, sin embargo, que superan a las mujeres en una cosa. En la capacidad para sufrir. Lo sé por experiencia. Contra lo que parece en las telenovelas y en el discurso feminista que es el envés de los culebrones, los hombres padecemos más y mejor, desde el primer beso hasta el parto los misterios terribles del deseo, la punzante necesidad sexual que es la manera más socorrida en todas partes de complicar los placeres de la compañía.

Los hombres sufrimos más las debacles del afecto porque somos más orgullosos que vanidosos. Y porque lo ocultamos con el aspaviento de un alma hipotética que hace contrapeso al maquillaje de ustedes y al famoso sexto sentido. Pienso al contrario de usted que esta civilización asesina aún no ha sido capaz de superar el matriarcado de los años de la invención de la agricultura, de los primeros huertos bajo la hegemonía de Eva. Civilizadora. Constructora de ciudades con Caín, su mimado. Suelo preguntarme quién escribirá la novela familiar del Paraíso. Eva prefería a Caín, sedentario como ella, amante del lujo, de la seguridad de los muros, del adorno, el artificio, los perfumes. Adán y Abel olían a los chivos trashumantes que guardaban. Apestaban la casa.

No soy un resentido. Si escondo la felicidad es para no parecer chicanero. Fui afortunado con las más empinadas exaltaciones, y las más peliagudas depresiones del romance. Por alguna razón desde que fui un bebé gordo e inofensivo a las señoras les encantó jugar conmigo. Y las dejo hacer. Pronto aprendí en la embriaguez de la universal liturgia que a veces se sale lastimado, y a veces lastimando. Pero hay que resignarse, pagar el goce, distinto al goce de sufrir masoquista, y obedecer a la ley de la compensación que rige nuestras cosas. Debemos aprender de la raíz que paga con la noche del subsuelo la iluminación aérea de la flor. Alguien dijo: si supiera que voy a morir mañana, sembraría de todos modos las flores de hoy. Y el amor es a veces mortal. Pero el miedo al dolor no nos hará renunciar a sus fantasías y a sus espejismos inmortales.

Si dice la verdad el poeta árabe que escribió que todas las mujeres son la misma mujer es una tontería proclamar como Julio Iglesias, ciertos cantantes mexicanos y algunos pastores bautistas que uno acostó mil hembras. Una buena mujer es para un hombre saludable, mil veces mejor la milésima vez que la tocamos, que la primera. Como todos los instrumentos musicales. Además son las mujeres las que nos acuestan, es sabido. Creo conocerlas, es decir, si es posible conocer estos animales volubles y complejos, que son como un prójimo con tetas, aparecido a nuestro lado después de un sueño profundo.

El mundo, señora, quién puede negarlo sin mentir, es un enorme velódromo de lágrimas donde las mujeres hacen lo que quieren con sus amantes, mientras los hombres sudan tras ellas, y para mayor burla de su sexo creen ser los que cazan. Los hombres sirven desde el principio a las mujeres. Por ellas cantan, poetizan, trabajan, filosofan, pujan, y van a la guerra, y vuelven de la guerra. Es mala fe redondearles el esfuerzo ciego, con el látigo del perpetuo espíritu de contradicción feminista, centenaria cantaleta infestada de sofistiquerías y reclamos injustos. Complementaria de la otra falacia de la interpretación de la Historia como la historia de la lucha de clases que no hace más que agravar el rencor del mundo, y acabar de confundirlo.

Este año se conmemora la muerte de una inolvidable activista del feminismo, Simone de Beauvoir. La amante de Jean Paul Sartre. Estos compatriotas suyos, feos extremos, y admirables, realizaron el romance paradigmático de la modernidad. Aunque ella parecía un destornillador usado, y a él, la apariencia de sapo lo consagró pontífice de la peor enfermedad del espíritu que apestó el siglo XX: el existencialismo. Por alguna razón ella, que dio tantas pruebas de talento para convertir, jamás discutió la afirmación de su tortuoso amante cuando dijo que la mujer es una ilusión. Es decir, que dura lo que dura el deseo. Si después de satisfecho y quemado, no queda en el rescoldo la chispa de una amistad. Pero es un don muy difícil de merecer.

No atosigue por Dios, señora —por la tersa Venus, por el rijoso Júpiter o por lo que más quiera—, con sus insidias, el espléndido riesgo del encuentro sexual, a veces cruento. Alguien dijo que los amantes son dos cometas que se juntan tratando de alejarse. Es una definición soberbia. El feminismo es la proyección, sobre un sujeto equivocado, del viejo malestar de las mujeres cuando no están enamoradas. Otro compatriota suyo predicaba: "Hay que reinventar el amor". Por qué dejar el trabajo a los pobres varones solos, tan débiles y vilipendiados. Tan atareados siempre detrás de las alas de algún ángel que a veces se convierte en un parpadeo en una bruja con una escoba.

Y no era más señora querida. Le mando un besito, pero como el macho de la araña que después de dar gusto por mandato biológico a sus peripalpos, echa a correr para salvar su vida.

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