(Juro que es cierto)
No existen los relatos de amor. Una historia de amor no merece ser contada. Descreo de las clasificaciones literarias, no por inútiles sino por falaces. Ignoro quién tuvo la infeliz idea de llamar novelas de amor a aquel género que, por regla general, habla de todo lo contrario: odio, desencuentro, rencor, despecho y desamor. El apasionado beso del final suele ser una detención deliberada del relato, cuya verdadera conclusión no valdría la pena contar, por ejemplo, un matrimonio de viejos excedidos de peso dormitando frente a un televisor. La alusión al desencuentro y la televisión no es casual; lo que habré de relatar es la historia más triste que me ha tocado vivir. Si omito algunos detalles, no sólo deberá atribuirse al pudor que implica la exposición en primera persona, sino también al tiempo transcurrido que, a la vez que cierra las heridas, borra varios de los recuerdos que, de otro modo, resultarían infinitamente dolorosos.
Una tórrida madrugada de febrero de ya no recuerdo qué año, en un oscuro bodegón de Buenos Aires cercano al puerto, conocí a una muchacha de una extraña belleza. Debajo de sus ojos azules podían verse dos pequeñas bolsas cargadas de un recóndito pesar. Reía amargamente mientras bebía un vino barato acompañada por unos marineros ucranianos que, completamente borrachos, la manoseaban mientras decían cosas para mí indescifrables. Ella dejaba hacer con una complacencia nacida de cierta aparente lascivia pero que era, en rigor, un afán de infligirse un cruel castigo. Tenía yo la certeza de que la conocía de alguna parte y desde hacía mucho tiempo, pero por más que hurgaba en los vericuetos de la memoria no conseguía establecer de dónde ni cuándo. Estaba seguro, sin embargo, de que el recuerdo extrañamente familiar de ese rostro contrastaba con aquel sórdido lugar. En un determinado momento, cuando pidió otra botella de vino, pude comprobar que hablaba un castellano plagado de ripio. Y luego cambió unas palabras en inglés con uno de los marinos. Sin duda ese inglés americano era su idioma. Entonces fue mayor mi desconcierto y, paradójicamente, más conocida me resultó su cara. Era frecuente que llegaran chicas huidas del este europeo a probar suerte en los tugurios porteños, pero no era habitual que una estadounidense viniera a este puerto del fin del mundo para prostituirse. Me desesperaba el hecho de no poder establecer quién era esa mujer a la que tantas veces creía haber visto. Pero de pronto, como si se tratara de una absurda revelación, mi memoria se iluminó. Por fin comprendí que esa mujer ahogada en el alcohol y la concupiscencia era la chiquilla que en los años ochentas protagonizaba una teleserie que aquí se daba con el nombre de Blanco y negro. Entonces recordé su nombre: Diana Plato. De no haber sido por su inglés, hubiera dicho que se trataba de una chica de un parecido asombroso con aquella, pero el idioma y su voz me resultaron una confirmación. Mi azoramiento era tal que uno de los marineros se molestó ante la mirada perpleja que yo le dedicaba a la que consideraba su bocado para esa noche. El tipo me clavó sus ojos cargados de odio y lanzó una suerte de gruñido. Ella intentó poner paños fríos a la situación: cruzó un brazo por sobre el hombro de su compañero de mesa, lo tomó de la nuca y le pasó la lengua por el cuello, dejando un surco de seda con la humedad de su boca y bajó su mano hasta que se perdió por debajo de la mesa con destino predecible. Pero aprovechando que el ucraniano, tenía metida la cabeza en su escote, ella me miró fijo sin dejar de acariciarlo obscenamente, como si quisiera mostrarme lo que sería capaz de hacer conmigo. Sin embargo, lejos de que esa actitud me provocara algún sentimiento de lujuria, no pude evitar una piedad infinita que me oprimía el pecho. En eso estaba, cuando el tipo desenterró la cabeza del escote y me vio, otra vez, mirando a su chica. Entonces se puso de pie dejando ver una estatura augusta, caminó hacia mí y, sin decir palabra, descargó un puñetazo feroz en mi mandíbula. Recuerdo que caí, como en cámara lenta, con silla y todo sobre el piso mugriento. Vi los ventiladores girando asténicos en el techo intentando cortar con sus aspas ese aire que se diría sólido, vi algunas botellas pasando por delante de mis ojos y, luego, no vi nada más.
Cuando desperté, con la boca todavía dormida por la hinchazón y el hielo que intentaba bajarla, descubrí que estaba en brazos de Diana Plato. Miré en derredor y comprobé que estábamos en el angosto patio que conducía a los baños del bodegón. Quise hablar, pero ella me tapó la boca con sus labios. Fue un beso de una ternura casi maternal. Me enamoré. Me enamoré. Fue un sentimiento de amor como nunca antes había experimentado y jamás en toda mi vida volví a experimentar. Quería que mi existencia se apagara de una vez entre los brazos de ese ángel proveniente del mundo de los niños. Quería morir y llevarme ese sentimiento de amor incomparable. Veía sus ojos azules bañados en unas lágrimas que sólo yo podía comprender. En el encuentro de nuestras miradas pude mensurar el océano de melancolía que habitaba en su alma, una tristeza infinita de la cual no había forma de regresar. Conocí la recóndita patria de amargura y desconsuelo de la que era involuntaria ciudadana. Y entonces fuimos compatriotas. Nos comprendimos el uno al otro sin pronunciar palabra. Ni una sola palabra. Nos amamos en un quieto silencio. Descansaba entre sus brazos con la placidez de un lactante satisfecho. Estábamos desesperada y perdidamente enamorados. Y mientras nos amábamos en aquella ceremonia secreta, sentíamos que nos despojábamos de todas nuestras miserias, que nos redimíamos de todo el mal que pudieran albergar nuestros corazones, que expiábamos no solo los pecados propios sino los de la humanidad toda. De pronto, en el mismo momento en que estaba por morir de amor, el pequeño rectángulo de cielo nocturno delimitado por los muros del patio se iluminó con una intensidad tal que los ojos me ardieron como si estuvieran quemándose. A través de los párpados apenas abiertos pude ver que la fuente de semejante luz era un disco suspendido en el cielo. Entonces mi compañera volvió a besarme, me acomodó contra la pared, se incorporó, se alejó unos pasos y, de pie en el medio del patio, se quitó la ropa. Desnuda como un ángel levantó la cabeza y presencié cómo sus pies se despegaban lentamente del suelo y comenzaba a elevarse, ingrávida y etérea, hacia el disco que emitía el destello deslumbrante. Luego todo se extinguió: la luz y el disco en el cielo, la noche y la herida en mis labios; todo, salvo el amor indeleble que aún hoy me lacera el alma.
Cada noche miro el cielo esperando que vuelva a iluminarse y me devuelva la parte del corazón de la que me ha despojado. No sé si algún día habrá de suceder. No lo sé. Pero al menos hoy, por primera vez, he podido relatar mi amor platónico con Diana Plato, la que un día partió en un plato volador.
Una lluvia mansa cae sobre Buenos Aires.

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