Seamos justos: Laura en América fue un programa legendario. La fina construcción de sus escenarios, la domestica hondura de sus entuertos, la procaz ironía de sus diálogos, la indigencia documental de sus invitados, los llantos precisos, el milimétrico control de los tiempos de cada una de las rabietas de la conductora, la ira incontenible, todo eso era el insumo de una producción que dio al Perú y a su gente la oportunidad de ser famosos en más de veinte países. Porque no hay que ser mezquinos, Laura fue célebre y puso al Perú en el ojo del mundo. De Bogotá a Caracas, de México a Miami. Hasta en La Habana de los hermanos Castro circulan hoy DVD que compilan los mejores episodios de un espacio que, como una gran terapia en vivo, logró que los peruanos sacaran a flote sus más íntimos traumas.

Era julio de 2004 y yo estaba ansioso por verla. Laura Bozzo vivía entonces en la cúspide de la fama, su drama insólito —una mujer encerrada en su propio estudio de TV— concitaba la atención de reporteros de la BBC de Londres, la CNN, Televisa, el New York Times. Todos venían en avión a entrevistarla, a capturar este valioso fragmento de su biografía novelada, a fotografiarla con alguno de los innumerables vestidos de Roberto Cavalli que guardaba en el armario. Ahora era mi turno. Fui a su casa, que era al mismo tiempo el set de grabación y la cárcel en que purgaba condena. Un policía vigilaba en la puerta. Los custodios personales de la diva me pidieron esperar. Luego recibieron la orden. Suba. Laura Bozzo me esperaba en su estudio. Había una foto de Eva Perón, la foto clásica, la que posee una admiradora snob, advenediza, novata. Laura no llevaba maquillaje: tenía el cachete hinchado y eso le daba una asimetría estremecedora que invitaba a frotarse los ojos.

—El dentista acaba de irse, me duele la muela así que termina rápido.

Encendí velozmente mi grabadora, nervioso e intimidado. Era el vozarrón de una diva, el mismo rugido de su frase más célebre: ¡Que pase el desgraciado! Dialogamos y tomé apuntes. De vez cuando, se llevaba la mano a la mandíbula y entrecerraba los ojos, de dolor. En ese entonces, me concentré más en las declaraciones y no le di demasiada importancia al instante del que era testigo, un instante que, con los años, he llegado a considerar poesía pura.

Ella, la mujer que con los panelistas de programa difundió en el mundo la leyenda de que los peruanos no tenemos dientes, estaba sufriendo inenarrables penurias dentro de ese apagado volcán que era su boca cerrada. Por lo general, los panelistas de su reality llegaban al estudio de televisión con ventanitas graciosas en lugar de incisivos y caninos, encías al aire, rosadísimas, libres, porque cuando la vida es dura nadie se anda preocupando por pequeñeces odontológicas: los colmillos se pierden porque no hay para Colgate ni para Listerine, y si un asalto con golpiza incluida no te arranca los dientes, sin duda el tiempo, la miseria, o las pinzas oxidadas de un odontólogo barato lo harán.

Recordé otra vez aquel instante, Laura con dolor de muela, cuando hace unos meses un noticiero de México difundió imágenes de la supuesta caída de la dentadura de la conductora, en una transmisión en vivo por la mañana. Reproducido en cables de decenas de países, aquel no era, sin embargo, el primer papelón de una vida llena de bochornos, cámaras inoportunas y sapos.

***

En el Perú, hay un congresista suspendido 120 días por grabar a sus colegas sin que ellos lo sepan. Ponía cámaras en la oficina. Luego llamaba a la prensa. También le atribuyen la difusión de un video privado en que el comandante general del Ejército de Perú dice: "Chileno que entra, sale en cajón". El hecho provocó un incidente diplomático con Chile. Ahora, el señor Gustavo Espinoza Soto aprovecha el castigo para tomarse un largo descanso en su vivienda campestre. Hace sol. Espinoza Soto es hoy famoso por ser un "loco camarita", una especie de aprendiz de Vladimiro Montesinos (el jefe de Inteligencia de Fujimori). Lo que nadie sabe es que este hombre se estrenó en el arte de la extorsión espía con la hoy célebre doctora Laura Bozzo, hace más de veinte años. El congresista Espinoza se ríe, él no usaría esa palabra tan fea, extorsión, qué es eso, no sea malo.

—Yo solo quería que Laura aprendiera a respetar —dice.

Rebobinemos un poco. Antes de ser una de las conductoras más famosas del continente, Laura Bozzo era un ser humano con necesidades. Sin dinero ni trabajo seguro, se enroló en la política activa. En 1992, fue candidata a concejal de una agrupación política menor de provincia —un partido tradicional ya la había rechazado—, luego de hacer amistad con el líder. Previsiblemente, el grupo resultó derrotado, pero ella obtuvo un sitio como concejal en la Municipalidad. La idea era hacer oposición. Sin embargo, en menos de dos semanas, Laura Bozzo se volvió escudera del alcalde y le dio la espalda a su movimiento, generando la decepción de su líder y la indignación de sus compañeros de lucha, que se sintieron traicionados. Uno de esos compañeros era Gustavo Espinoza Soto. Maltratarlo acremente en las discusiones municipales fue, quizás, el más grande error de la vida de Laura.

Espinoza era un policía retirado sin instrucción universitaria, pero con mucho barrio. Un día, vio a Laura Bozzo salir con un hombre que no era su marido, un concejal que tenía un cargo de confianza en la Alcaldía. La cosa no pasaba de ser un rumor, una sospecha, hasta que alguien le entregó al señor Espinoza la factura de un cuarto de hotel a nombre de la Municipalidad. Entonces, decidió actuar. "Seguí a Laura durante meses, hasta que un camarero me lo confirmó todo. Siempre usaban la misma habitación", dice. Decidió denunciarla delante de todos, factura en mano: "¡Esta señora tiene relaciones amorosas con un concejal de acá y paga con la plata del Concejo!". Laura Bozzo estalló en gritos, destemplada, fuera de control. Al menos cuatro testigos coinciden en señalar que la mujer usó las expresiones "maricón de mierda" y "conchatumadre".

Pero el tema no quedó allí. Un día Espinoza, encontró un VHS. Él asegura que el casete mostraba a Laura con el concejal, en el hotel. "Tenía un vestido amarillo con bolitas negras", evoca. Decidió llevarle una copia a Laura Bozzo para que la viera. Laura lloró y le rogó que pensara en sus hijas. Al verla así, él se dio cuenta de que el asunto era muy delicado. Tuvo compasión. Pero también quería divertirse. Un poco. Así que, desde entonces —y esto lo atestiguan compañeros de esa época— Espinoza llegó siempre a las reuniones del Concejo con un casete en blanco con el rótulo "Laura" en la etiqueta. Era como hacer la reedición cotidiana del experimento de Pavlov: cuando mostraba el casete, la fiera se volvía mansa, dócil.

—Se quedaba quietecita, la pobre.

Muchos años después, en el 2000, los productores de la ya famosa Laura Bozzo pensaron que su exitoso programa debería tener un poco más de dramatismo. Decidieron implementar secuencias de cámaras escondidas que demostraran vívidamente, en la calle, lo que los panelistas querían negar: los maridos infieles aparecerían con la amante en algún parque de amor. Las esposas verían atónitas las imágenes en el set (close up de sus caras atónitas). Las chicas que decían ser buenas en el estudio serían descubiertas en situaciones de chicas malas. Los tipos que juraban ser honestos serían atrapados en cosas turbias. Laura aceptó la idea feliz. Poner en evidencia a sus panelistas le permitía un show delicioso, podría acorralarlos, gritarles, juzgarlos sin piedad y echarlos de su estudio con aquel vozarrón inolvidable: ¡Lárgate de mi set, piltrafa de hombre! ¡Como un perro, afueeeera!?

***

El hombre que se encargaba de la cámara oculta del programa de Laura Bozzo me atiende pero pide no mencionarlo, no quiere líos. Tiene una camiseta del Che Guevara que dice hasta la victoria siempre. Admite que le pagaban bien. Durante cinco años, corrió con una cámara miniDV por los sitios más feos de la ciudad de Lima. Grabó a mujeres infieles, a maridos juguetones, a viejos verdes, a madres que abandonaban a sus hijos en albergues para irse con el amante. Grabó a chicas que seducían a hombres en discotecas y luego les ponían un somnífero en la bebida para robarles. Grabó cientos de horas de imágenes y no sabe cuánto era verdad y cuánto mentira. Él solo oprimía el botón REC.

Cada emisión de Laura tenía detrás una logística de producción compleja y organizada. Un equipo de investigadores buscaba en la ciudad los dramas domésticos más atractivos. Para ello, debían hablar con el siguiente eslabón de la cadena, el "contacto": en cada barrio, siempre había un chismoso o chismosa que se sabía la vida de todo el mundo. Esta persona avisaba a los posibles participantes. A cada participante se le pagaba 100 soles, cifra que se duplicó cuando Laura firmó con la cadena Telemundo. El monto equivale a unos 30 dólares. No parece demasiado, pero en las villas miserias de Lima, como en las de Medellín o las de Caracas, ese dinero sirve, mucho, así que panelistas dispuestos a exponer sus miserias hacían cola.

El asunto se convirtió en un negocio. Llegó a haber más de veinte contactos en distritos marginales de la ciudad, todos puntualmente comunicados. La idea era que los posibles panelistas fueran convincentes, que estuvieran dispuestos a besar en la boca a una desconocida si eso estaba en el libreto, a golpear a otro si así lo requería el conflicto, a llorar con lágrimas reales para que la cámara hiciera zoom.

La prueba final se daba en el estudio. No importaba lo exitoso del casting, era allí que se veía si las cosas fluían. Y ese examen final lo hacía la propia Laura. Estupenda para la escenificación, olía a leguas cuándo un panelista no funcionaba, cuándo un testimonio no conectaba con el televidente. Si eso ocurría, improvisaba un entremés y cerraba el caso antes de mandar a comerciales. En la tanda publicitaria, gritaba a su equipo de producción por no hacer bien el trabajo.

La conductora siempre cuidó con vehemencia la verosimilitud de su programa. Pocas semanas atrás, en México, la producción contrató a actores aficionados para interpretar los caracteres del programa. Al ver los primeros ensayos en el set, Laura los encaró y habló fuerte: "No se pasen. ¡Eso no me lo creo ni yo!". Al final, los actores no recibieron paga alguna, pues el programa nunca pudo grabarse.

***

Laura Bozzo nunca fue una persona fácil. Episodios destemplados pueblan su biografía. Según Susana, su hermana menor, una vez tiró la bicicleta BMX de un amiguito por un acantilado solo porque él la molestaba. También tomó un velero que no era suyo e invitó a navegar a sus amigas, huyendo sola de la embarcación ("ya vengo, chicas") justo antes de que el dueño llegara con las autoridades marítimas. Según propia confesión, le pegó una trompada a una monja de su colegio de señoritas. La primera vez que publiqué una crónica sobre ella —después de visitarla largamente en el arresto domiciliario—, me llamó al celular y habló con esa voz continentalmente famosa:

—¿Para eso viniste hasta acá? ¿Para hacerme mierda?

—No creo que te haya hecho… eso, Laura.

—No, qué va. Me has hecho remierda y soy una estúpida por confiar en hombres como tú. Yo quiero saber los nombres de la gente que te ha hablado estas estupideces de mí. Ahora mismo.

Las divas son difíciles, pero Laura siempre tuvo una predisposición innata hacia el aniquilamiento verbal. Por eso, su equipo de producción se sentía presionado 24 horas al día para obtener resultados. Así, lo que empezó siendo la exposición de nuestras miserias, de nuestras 'polladas' y nuestra inquietante fascinación por los carritos 'sangucheros', terminó siendo también una especie de escuela de teatro donde lo único que importaba era cuán bien actuaba el panelista. El camarógrafo me resume así las cualidades de un invitado ideal de Laura: locuacidad, humor, capacidad de persuasión.

Todo ese material humano debía encontrarse en el precario universo de los que no tienen nada. Los mejores, los más campechanos y dicharacheros, se encontraban en el Callao, zona porteña y brava, pero con mucho sabor y flow. Era difícil confirmar algún dato sobre sus atolondradas existencias. "A veces no tenían el documento de identidad porque lo habían empeñado". Carecían de zapatos, pues en el arenal no los necesitaban, y había que acondicionarles una ducha para que se bañaran antes de sentarlos en el plató.

Y claro, muchos no tenían dientes. Hubo un dilema de producción: maquillar o no maquillar las sonrisas. Ambas opciones tenían sus ventajas y sus desventajas. No maquillar hacía todo más verídico, ayudaba a dar esa impresión testimonial que resultaba en una mezcla de gore, reality y National Geographic. Por otro lado, maquillar las encías con dientes postizos era una rápida solución al problema estético. Sin embargo, sucedió que los panelistas se habían acostumbrado por tantos años a esos vacíos, a esas ausencias bucales, que un par de súbitos dientes de utilería hacían imposible para ellos pronunciar bien la t, la l o la n.

Con el tiempo, los desdentados se hicieron internacionalmente famosos, se volvieron un sello distintivo de la peruanidad (incluso al cantante Gianmarco se lo mencionaron en una entrevista radial en Miami). A diferencia de sus panelistas, Laura Bozzo vociferaba en el set mostrando una dentadura perfecta que solía exhibir también en las sesiones de fotos.

Pero esa sonrisa no siempre fue así de linda. Todo lo contrario. Volvamos a la soleada casa de campo del congresista Espinoza, el "loco camarita".


—Una curiosidad. ¿Cómo era la dentadura de Laura en esa época?

—Terrible. Tenía los dos dientes de adelante picados y negros. No entendíamos por qué no se los curaba, teniendo ya dinero. Era tan… desagradable.


Una compañera del colegio de la diva llamada Jenny confirma el pésimo estado de los dientes de Laura por esos días. Y lanza una sencilla explicación: "Siempre les tuvo pánico a los dentistas".

***

Programa 'Laura en América'. Tema: 'Mi novio me obligó a abortar'. Una chica cuenta en el set que su novio la dejó embarazada y que, al enterarse del hecho, la hizo someterse a un aborto. La chica llora. De rato en rato, las cámaras muestran al novio encerrado en una sala: él no sabe qué está pasando en el set. Después de escuchar a la víctima, Laura dice "¡qué pase el desgraciado!". El hombre pasa y se sienta. Corrobora sin demasiados rodeos lo que dice la chica. Explica que, durante las relaciones sexuales, él no usaba condón porque se "protegía solo". Laura estalla. "¡Y tú crees que así vas a evitar un embarazo, irresponsable infeliz!". El hombre mira al suelo. Laura le dice que continúe. Quiere detalles. El chico dice que trajeron a una señora que podía "resolverles el retraso". El plano sobre su rostro se cierra, y se alterna con una toma de la chica que está escuchándolo llorosa. El novio dice también que la mujer la intervino en una cama, y que luego de unos quince minutos, sacó una bolsa negra.

—¿Y qué había en esa bolsa

—¡Habla!

—Era pues lo que había quedado de la operación.

—¿Qué había? ¡¿Sabes qué era lo que había allí adentro

—Bueno, señorita Laura…

—¡Era tu hijo, miserable, tu hijo!

Cuando salió en México la noticia sobre la supuesta dentadura postiza de Laura, el novio de la conductora, el cantante Christian Suárez (un cuarto de siglo menor que ella), respondió a los medios que la dentadura de la diva era perfecta. "Pregúntenle a su dentista", añadió. Y eso es exactamente lo que he venido a hacer hoy. El dentista de Laura Bozzo se llama Jesús Ochoa y estoy en una de las sucursales de su exitosa cadena de clínicas. Ochoa es un personaje público en el Perú, es el odontólogo que embellece los colmillos de las más lindas vampiresas de Lima. Digamos que deja a reinas de belleza, modelos y actrices con la boca abierta. Ochoa es el responsable de la metamorfosis dentífrica de Laura, la conoce hace años, la defiende.

—El Perú además de nuestro Machu Picchu, nuestro pisco y nuestra comida gourmet se ha hecho célebre porque a los peruanos les faltan los dientes por el programa de Laura. A la gente linda le ha horrorizado eso.

—¿Y en verdad no tenemos dientes?

—La mayoría, no. Esa es la verdad. Vivimos en un país donde existen caries y dentistas 'sacamueleros'. La solución en la odontología marginal ante las caries dental es una extracción. No tenemos que avergonzarnos de eso.

—¿Vio que a Laura se le cayó la dentadura en México?

—Eso no fue así. A Laura no se le salió la dentadura por una sencilla razón, porque ella no usa dentadura.

Laura tiene otra clase de implantes no removibles, afirma Ochoa: coronas fijas y puentes fijos. El doctor Ochoa pone cara de estar hablando demasiado, pero le gusta hablar. Ve mi cara de incredulidad.

—Yo tengo los récords y las radiografías, y podría probar perfectamente lo que digo.

Miro al doctor y estoy pensando lo mismo que ustedes: obtengamos esa lámina traslúcida, fisgoneemos en el tejido óseo interior de la mandíbula de Laura como ella husmeó en la indigencia intestina del Perú. Hagamos porno. Pero en eso el doctor alza la mirada a un punto detrás de mí. Sonríe, amical. Volteo.

Christian Suárez, el novio de la diva, aparece de pronto con un jean y sayonaras negras. A pesar de saber perfectamente lo que hace años escribí sobre la mujer, me da un fuerte apretón de manos. No le digo qué estoy haciendo aquí. Total, cualquiera puede venir al dentista. Cuando se va a otra habitación, el doctor me pide cambiar de tema, cauto, y se ríe con esa sonrisa perfecta, con los dientes blancos y derechitos de un peruano con suerte.

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