Me desperté al otro día porque sentía que tenía el corazón metido entre la cabeza, latiendo cada vez más y más fuerte. Mi boca y mi lengua eran tan adhesivas que traté recordar si antes de irme a dormir había masticado una barra de Pegastick. Un chorrito de luz que se metía por debajo del blackout de mi cuarto trataba de perforarme los párpados. Las cobijas conservaban una temperatura muy parecida a la que hace en Barranquilla en pleno desfile del rey Momo. Sentía los oídos como si tuviera puestos un par de aparatos de esos que venden por televisión para amplificar cualquier zumbido. La garganta también andaba golpeada porque durante mi experimento etílico le hablé a cualquiera que se me atravesara tratando de superar el sonido de los parlantes, con mi voz. Pero sé que mi carraspera en gran parte se debía a que además de fastidiar con mis frases mal armadas y bien gritadas, me dio por salirme a la calle sin taparme ni la boca, ni el cuello. Así que, esa mañana de domingo, acostado en mi cama y tratando de coger fuerzas para levantar esa cabeza acorazonada de la almohada, mi mente hizo todo lo posible por tratar de armar el rompecabezas de los cortos de una película sucedida aquella noche en la que me dio por volver al alma máter: Shamua.

Yo, que en mis años universitarios me consideraba un guerrero en esas batallas del chupe y que ponía a favor mi sobrepeso para hacerle contrapeso al sitio donde se preparan los mejores cocteles de Bogotá, me fui a recoger mis pasos y recordar mis andanzas a ese lugar testigo de mis pocos levantes y considerables descensos. Nunca había salido a rumbear tan temprano. A las 5:00 de la tarde, dejé el carro en mi casa y llegué caminando por la avenida 19 (el Chamois queda en la 85, bastante ochentero también). Entré y me senté en la barra cual investigador privado gringo de película, con la intención de acabar con una famosísima: Guaya. Jorge Rodríguez, el barman, parecía un réferi pendiente de que se aplicaran todas las normas y el reglamento en mi pelea contra ese coctel que estaba dispuesto a acabar en un par de sorbos. Después de cinco minutos, una pecera llena de vodka, ginebra, ron blanco, brandy, ron amarillo, whisky, triplesec, jugo de naranja, granadina, adornos frutales y pitillo estaba frente a mí.

Pero los tragos, como los años, no pasan en vano. El primer sorbo me trajo recuerdos de los mejores momentos de mi vida en Shamua y el último, de los peores. Poco a poco y con la ayuda de un pitillo rojo, fueron descendiendo los mililitros de líquido naranja y mis sentidos seguían intactos. Solo me dieron ganas de quitarme la chaqueta y de pegarle pequeños golpecitos a la mesa al son de la música porque el licor siempre libera a ese percusionista frustrado que vive dentro de mí. Después tocar varios redobles con el anillo sobre la barra y luego de mirar disimuladamente todos los traseros de las esposas de los clientes que entraban a comer muelitas de cangrejo al ajillo, Jorge me sirvió unos ricos nachos de cortesía. Ya no lo veía a él con los mismos ojos, no porque el licor haga que se me moje la canoa sino porque a pesar de haber comido algo, en menos de una hora mis párpados se bajaron de luces plenas a cocuyos.

Lentamente ya había logrado acabar con el 50% de esa guaya pero por el paso del tiempo, el hielo ya se había derretido. Así que siguiendo con la tradicional amabilidad del lugar, a otro barman le dio por echarme más hielito y más jugo de naranja, llenando de nuevo la pecera, hasta el tope. Esto lo consideré injusto porque la verdad es que a ese coctel ya llevaba camellándole su buen rato. Yo no sé por qué sentía que todo el mundo estaba igual de prendido a mí. Creía que los meseros también estaban tomando guayas escondidas quién sabe dónde. Suena una canción de Compañía Ilimitada: "… En la calle algo bueno va a pasar…". Y a pesar de estar encerrado en un lugar, me la dedico mentalmente. Cuando me preguntan si estoy bien, hablo en letra pegada y hago todo lo posible por armar frases con palabras que no tengan la letra ere para que no se me "enlede la rengua". Voy al baño y hago del uno. Luego, me miro en el espejo haciendo una sonrisita idiota. Trato de salir del baño pero me demoro, porque no fue tan fácil descubrir que la puerta se abría jalándola y no empujándola. Cuando logro salir del baño pienso que uno a esta edad encuentra muy difícil subir escaleras y acabar con todo lo que le sirven. Estoy empezando a sentirme derrotado. Así que lo mejor es dejar de pensar en la guaya y concentrarme en los guayos. De regreso a la barra me cambio de lugar. Me siento frente a un televisor donde están dando un partido entre Cali y Nacional al que nunca le puse atención por andar pendiente de una voz imaginaria que salía del celular diciéndome: tengo muchos minutos, ¿qué está esperando para llamar a alguien?

Como ya había fallado en el 50/50 frente a esa guaya y en medio de la falta de ayuda del público, ahora me tocaba llamar a un amigo. En menos de lo que canta un borracho, llegó Álex Pinilla. ¿Quién dijo sed? A beber. Y como llegó el refuerzo, hay que pedir más. Pinilla, además de ser el locutor oficial del canal NatGeo en América Latina, lidera una importante campaña social: "Antes de tomar, entregue el celular". Yo tenía serias intenciones de llamar a cuanta mujer tenía en la agenda para que se viniera a Shamua y, a punta de guaya, convencerla para que se volviera a venir. Pinilla le entregó la media guaya que aún me quedaba servida a un mesero para que la botara y en medio de mi confusión aprovechó para quitarme el teléfono de mis manos. Salió corriendo a la calle. Lanzó muy fuerte mi celular a la avenida 19 para que cayera en el carril de los carros que venían de norte a sur. Todo fue bastante confuso. Estallé. Hubo reclamos de parte y parte. Los míos, un poco más incultos. Entre amenazas contra su vida y groserías mal pronunciadas en inglés, le dije que yo era más peligroso que los presos gringos que salen en los documentales del canal donde él hace locuciones. Después de la agitada discusión me atacó el frío de la noche y una tos de adulto mayor me resignó. Entrémonos —le dije—. Lo mejor ahora, era meterle otro tipo de comida al asunto. Pedí una picada de choricitos, carne, trocitos de pollo, papitas criollas y platanitos que devoré en muy poco tiempo. Creo que si esa noche los del canal de Pinilla hubieran tenido una cámara para grabarme, esta semana habría salido en Diario de Chimpancés o en Segundos catastróficos. Pasada la medianoche, cuando todos oían música, yo quería subirme a la barra a bailar reguetón. Pinilla y dos meseros trataron de bajarme. Pero fueron dos neuronas sobrias las que me sugirieron que pidiera un taxi para llevarlas inmediatamente a la casa.

Una guaya acabó enguayabándome. Lo único que me pude tomar a fondo blanco ese fin de semana fue un Bonfiest Lua. Ahora la pelea era con tres tipos de guayabo: el guayabo natural de la guaya, el guayabo moral de haber hecho el ridículo y el guayabo de sentir que pasan los años, los amigos, los recuerdos, los tragos, la comida y, sobre todo, la buena fiesta... Que a pesar de que ahora es mejor que hace 100 años, ya no hay cuerpo que la resista.

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