Mi amigo Daniel Samper, en nombre de su revista, me mandó un mail pidiéndome que le escribiera "un elogio del mail". Al principio leí "un elogio del mal" y me quedé preocupado por haber criado una fama capaz de justificar propuestas semejantes. Después, al mirar mejor, me tranquilicé un poco… pero solo un poco. Porque quizá hacer el elogio del mail es en cierta forma hacer también un elogio del mal, o al menos de algunos de los males de nuestra época: el apresuramiento, la despersonalización utilitaria, el atropello de las buenas maneras y de la poética del gesto cotidiano…El mail es algo bueno, desde luego, porque ya nos resulta a todas luces necesario; pero una de las definiciones posibles del mal es "la parte de necesidad que esconde lo bueno".

Ante todo, quede claro que manejo mi correo electrónico tres veces al día y siempre agradeciendo su existencia "a los dioses o a la suma del tiempo" (como diría Borges). Durante muchos años, para mí la correspondencia ha sido una auténtica pesadilla. Por diversas circunstancias suelo recibir cotidianamente tantas cartas como un ministro (o, para no exagerar, como un subsecretario), pero carezco de los auxilios burocráticos de que cuentan para atender este aluvión esos prebostes. Para empeorar las cosas, recibí una educación a la antigua y considero una imperdonable grosería no responder aunque sea una línea a quien se ha dirigido a mí de buena fe. De modo que me he pasado durante décadas muchas jornadas escribiendo mensajes más o menos sucintos con letra redondilla —la mía, qué le voy a hacer—, poniendo direcciones en sobres y sus correspondientes remites, pegando estampillas, buscando estafetas, etc… ¡Por Dios, si durante bastante tiempo hasta me dio por lacrar los sobres, por culpa de un bonito sello que me regaló alguien muy querido!

Otra fuente perpetua de preocupación era conseguir que mis colaboraciones periodísticas llegaran a tiempo a las respectivas publicaciones. Como suelo estar con demasiada frecuencia lejos de donde hay que estar, hacer llegar las mías antes del cierre de admisión de originales era una modesta y agobiante hazaña, sobre todo en un país como España en que la puntualidad del correo no siempre resulta exquisita. En cada alejado refugio de vacaciones procuraba hacerme amigo del cartero para asegurarme de que no me descuidase y me conozco todas las oficinas postales de bastantes ciudades europeas, que he frecuentado más que las iglesias y los museos, probablemente con menor beneficio para mi alma.

De modo que no tengo más remedio que entonar sentidos loores ensalzando el mail y a Outlook Express o similares. Gracias a tan eficaces adelantos, ya no tengo motoristas esperando a la puerta de casa mientras acabo apresuradamente el artículo de la semana y me desembarazo de mis compromisos epistolares con una rapidez que a mí mismo me avergüenza un poco…aunque, para irrisión de mis amigos más modernos, sigo dando a mis mails las fórmulas de cortesía en encabezamiento y despedida de la correspondencia tradicional. Es más difícil curarse de algunas virtudes ya innecesarias que de los peores vicios.

De modo que entonces ¿diré que todo está bien? Pues claro, el mail es una bicoca, sería un desagradecido si lo menospreciara. Pero en voz baja confieso que echo de menos ciertas deliciosas incomodidades del antiguo régimen: la pluma que vacila, retrocede y tacha al escribir esa palabra difícil que nos compromete, el temblor de la letra que descubre otro estremecimiento más íntimo y hasta… ¿me atreveré a decirlo?... hasta la tinta corrida por la humedad inoportuna de una lágrima que emborrona la despedida que jamás hubiéramos querido firmar.

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