Hace unos días aterricé en Nueva York y cuando abrí la puerta del loft de mi anfitrión, un politólogo, vi allí a un ingeniero comercial que administraba por internet un negocio de loterías. Chateaba. A su izquierda, en la pantalla del computador, tenía a una mujer que administraba una empresa de materiales de construcción, una a la que él había querido olvidar, pero que lo seguía buscando para que no la olvide. A su derecha, en el mismo computador, había otra mujer, una psicóloga a quien él no quería olvidar pero quien le había diagnosticado no estar aún listo para una historia seria con una mujer: ella misma. El ingeniero comercial me dijo que, cuando no se dedicaba a la lotería, era un actor de teatro sin empleo. Para un detractor del chat, él mismo parecería un involuntario resumen del acto de chatear: una especie de performance de diálogos entre gente que en apariencia no tiene otra cosa que hacer y cuyo conocimiento es una lotería. Por unos días, el ingeniero comercial y yo compartimos el loft del politólogo. Cada mañana nos conectábamos al Messenger de Hotmail, pero ninguno estaba en la lista del otro. Fue cuando entonces lo invité a estar en la mía.

Cada mañana, cuando me conecto a ese parlamento de grafómanos que es el chat, intento ser un travesti electrónico. Ser otro siendo el mismo. Por desgracia, lo normal es la fatalidad de nunca poder dejar de ser yo mismo del todo. Más que un género literario, el chat es un género de la promiscuidad. En su versión más sofisticada, permite conversar por escrito con personas que tú escoges. En su versión más popular, permite jugar con monosílabos, símbolos y abreviaturas con cientos de personas en una cita a ciegas. La naturaleza del chat es invasora, veloz, irrespetuosa (sobre todo del idioma). Pareciera corresponder más a eternos adolescentes y desesperados solterones que a gente inteligente y encantadora. Pero lo que algunos detractores del chat toman por una desgracia del aburrimiento y la soledad, a mí en cambio me parece una bendición. No conozco mejor afrodisíaco que la compañía y, en mi caso, chateo porque casi siempre estoy de viaje —mis nicks dicen siempre dónde estoy— y porque me gusta volver a encontrarme con gente a la que ya no puedo ver. Pero también, cuando no quiero o no puedo conversar con ellos (y viceversa) me basta con mirar sus nicknames para saber cómo están.

Quienes a veces me descubren conectado todo el día al chat suponen que soy un idiota a tiempo completo. La idea de que el tiempo dedicado al chat podrías emplearlo en cosas más productivas supone creer que hacemos cosas productivas. Y quienes critican que el chat es un congreso de impostores deberían asomarse al espejo en cualquier baño público. ¿No hemos convivido entre la autenticidad y la simulación para no tener que matarnos todo el tiempo? Todas las virtudes tienen su propia sombra. Hay, por ejemplo, un punto en que la hipocresía puede ser una virtud: cuando, gracias a ella, evitamos insultar o ahorcar a alguien por el hecho de no tener la razón. Si chatear es una adicción que idiotiza, no depende de una omnipresente computadora encendida que convoca a gente para que te salte a los ojos. Depende de qué clase de cómplices tienes a la vista cuando abres la ventana. Los cómplices que, para su fortuna o desgracia, uno mismo elige. Si alguien me ha elegido y lo he admitido en mi lista, no es por crueldad o compasión. Es porque aún me gusta la gente y me da curiosidad conocer a alguien más.

Un amigo escritor decía que el chat promueve la idea ficticia de que lo más importante de una conversación son las palabras. Para mí, ha sido una oportunidad de decir cosas que de otro modo no me habría atrevido a decir. Teclear me desinhibe y a veces me salva de mí mismo en un segundo. chateo porque escribir me hace parecer mejor de lo que soy. Cuando escribo, pienso, y pienso en lo que nunca pienso. En ese acto tan fugaz no deja de sorprenderme saber todo lo que no sé. chatear se ha vuelto un modo de ensayar ante mis amigos mis futuros errores. A veces, por ello, puedo evitarlos en público. chatear me ha ayudado también a editar, otro de mis trabajos que consiste en ser un ignorante especialista en hacer preguntas. Me ha permitido editar en simultáneo —y en gran promiscuidad— desde un reportaje sobre cazadores de tendencias en Buenos Aires, Madrid, Milán y Nueva York —que no salió muy bien— hasta una historia sobre el envejecimiento de la Cicciolina, que salió rejuvenecida de ella. En ambos casos, ese teatro de palabras entre autor y editor fue más útil que hablar por teléfono, enviarnos e-mails o que conversar frente a frente en un café. Conversar por escrito versus conversar en voz alta supone tener un segundo más para pensar. Pero conversar por chat supone no solo tener un segundo más para pensar, sino tal vez un minuto más para escenificar la confusión y evitar lo peor de ella.

Al día siguiente de haber llegado a Nueva York, vi de nuevo al administrador de loterías chateando en el sillón del politólogo. Esta vez nos separaba un estante abarrotado de libros y discos, como si fuera una pared hecha de millones de palabras. No podíamos vernos al conversar, y, como un juego ridículo, convenimos en chatear. Cuando se asomó por la ventana de mi messenger, me contó que había sido un pionero con el ICQ, un programa de chat que existió antes del Messenger. Fue en ese asteroide del ciberespacio donde, luego de descubrir un modo de espiar con quién chateaba alguien y de qué conversaba con otro, el administrador de loterías pilló a una novia poniéndole los cuernos. Desde entonces, empezó a odiar las salas de reunión electrónicas pero con el tiempo se curó las heridas. "Me di cuenta de que ciertas mujeres prefieren dar el messenger que el teléfono", me escribió. Y luego de avisarme que ya no podía mantener una conversación escrita por más de cinco minutos, el administrador de loterías se levantó del sillón del politólogo y apareció por detrás de aquel estante que cargaba con millones de palabras. El ja-ja-ja mudo ya no era suficiente. Y pude ver cómo estallaba su rostro cuando se reía.

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