¿O ciertos comentarios de mujeres? A ver, para que quede bien claro, a mí me encantan las mujeres que les gusta el fútbol.Digo, me fascinan esas mujeres a las que les gusta el tema, que lo siguen, que lo gozan y que lo sufren. Me chiflan, lo juro. ¿O acaso existe un acto más sensible que una mujer -llámese esposa, novia, sobrina, mamá, tía, prima, amiga o arrejunte- lo llame a uno y le diga: "Acuérdese que esta noche, a las 7:30 p.m., pasan Newell´s contra Central, en la cancha de Los Canallas. ¿Será que pedimos un pollito asado, o mejor una pizza?". ¿Algo más encantador que eso?, muy jodido.
Pero como esa es la excepción y como de esas mujeres hay muy pocas -y como de eso tan bueno dan tan poco en la casa-, pues lo cierto es que al fútbol sí le faltan muchas seguidoras apasionadas (enfermas, como uno); y, digamos la verdad, le sobran muchas mujeres y, en especial, muchos de sus comentarios absurdos.

Como dicen los psiquiatras, vamos al primer problema, que es la mamá y su proyección. Sí, señores, la cosa empieza en la mamá o, mejor, en la gran mayoría de las mamás. Ellas le sobran al fútbol. Recuerdo claramente que, cada vez que junto con mi papá mirábamos cualquier partido de la selección, mi mamá aplicaba -y sigue aplicando- la siguiente sentencia: "No sé para qué siguen fregando con esto del fútbol si siempre terminan de mal genio". Lo cual, minutos después, o al otro domingo o al otro mes, enlazaba con: "Pero para qué ven eso si Colombia siempre pierde", lo cual, al año siguiente o al minuto, remataba con: "¡Yo de verdad no sé para qué quieren que Colombia vaya al Mundial si, siempre que van, hacen el oso!". Estamos claros, evolucionemos terapéuticamente, la mamá le sobra al fútbol.

Luego, están los primeros comentarios de las novias del colegio y de la universidad que, muy retrecheras, muy pispirispis, muy gomelas, se soplaban la siguiente infamia: "No sé qué le ven de chévere a 22 güevones, todos en pantaloneta, persiguiendo un balón. ¡Uichhh!". ¿Le sobra o no le sobra al fútbol semejante cretinada?
El comentario más doloroso que me tocó en mi difícil desarrollo como hincha fue en El Campín, por allá en el 85 o en el 86, cuando vino a Bogotá el abominable América de aquella época y el flaco Gareca le hizo un gol de mierda a Millos. Pues bien, la muchachita que me acompañaba, tan solo atinó a decir: "Le podrá caer muy mal el número nueve del América, ese, el monito; pero de que está churro, está churrísimo". Eso también sobra, ¿o no?

Quiero recordar en esta página un suceso dramático y radical. Italia y Alemania jugaban el primer tiempo de la rabiosa final del Mundial de 1982. Mientras tanto, en algún pueblito de la Baviera alemana, cuando la cosa apenas iba en empate (luego quedaría 3-1 para los azules), una loca desconsiderada, insensible e inconsciente, decidió, todo en medio de sus terribles ganas de formar una furrusca, apagar el televisor y darle cantaleta al ya descontrolado obrero alemán. El resultado: la señora salió volando por la ventana de un piso sexto de su conjunto residencial y, como era de esperarse, nadie se dio cuenta del fiambre hasta el pitazo final, cuando la masa salió a masticar la pena. La anécdota (estúpida, criminal e hijueputa, sí, todo eso...) va a que, mientras haya fútbol en la pantalla, el solo intento de cambio de canal da para divorcio. (Y sin violencia, por favor).

Sí. Sé que estoy siendo machista. Sé que por pura mamera no me he soplado un partido entero entre mujeres. Y sé que todo este asunto de la mujer en el fútbol es culpa de nuestro machismo. Que es culpa de no haberles quitado a temprana edad las muñecas Barbies a nuestras nenas, esto a cambio de un buen par de guayos. Que es culpa de no haberles explicado a tiempo, con el ábaco, con los espaguetis, con los coloretes, de qué se trata el fuera de lugar. Que es culpa del hombre, burdo, animal, peludo, que las alejó de las canchas y su poesía.
Y, ¡atención!, no estoy tan loco. Sé, además, que mucha mujer de buen corazón, mucha buena samaritana, intenta acercarse por puro cariño a la belleza de los 90 minutos; pero queda exactamente igual que cuando los hombres acceden a una tarde de shopping en un centro comercial que está hasta las tetas y terminan, irremediablemente, emputados, torciendo la jeta.

Sí, sé todo eso. Pero a ver, la última, ¿no estamos de acuerdo (digo, hombres y mujeres) en que al fútbol le sobran todas y cada una de las porristas del mundo? ¿En que aquí, en Colombia, al tema de la pelota le sobran todas esas lamentables muchachitas que gritan imbecilidades en inglés, a quienes, su dios no quiera, un día de estos se les va a romper la madre con tanta irresponsabilidad acrobática? ¿Le sobran o no al fútbol?
Insisto. Al fútbol le sobran muchas mujeres y muchos de sus comentarios y ciertas de sus actitudes. Pero también le faltan muchas, pero muchas mujeres que, los lunes por la mañana, en lugar de recibirlo a uno en la oficina para decirle "Doña María Elvira llamó y que qué hubo del texto.", mejor lo paren y le digan: "Ayer jugamos bien. Le faltó más sentido de colectividad a Fernández y un poco de tranquilidad a Carpintero. Claro está que si el miércoles sacamos un punto en Cali y hacemos tres puntos el otro domingo en Bogotá, pues ya estamos listos. Tranquilo, Silva". Eso nunca sobra.

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