Algún amigo mamagallista me vaticinó hace algunos años que a medida que vamos envejeciendo le tomamos mucho cariño al cine, porque a partir de cierta edad es de las pocas cosas placenteras que podemos hacer a oscuras y en grata compañía. Si no fuera porque la profecía está vinculada a una prematura vejez a la que todavía aspiro no haber arribado, me declaro cinéfilo, no obstante que a propósito de este artículo he detectado muchas cosas que me molestan de ir a cine.
Tal vez, lo más aparatoso es encontrarse con alguien que sale de ver la película a la que uno le está haciendo paciente espera porque ya compró la boleta, y que ese personaje en un acto que él cree de sincera simpatía, aunque hace un disimulado esfuerzo por no contar la trama ni el final de la historia, con sus gestos lo dice todo, en especial, cuando la cinta definitivamente no llenó las expectativas.
Por supuesto, que es lugar común afirmar que soy incapaz de ir a cine solo, así no permita a mi abnegado acompañante realizar el más mínimo comentario. Ver el cine con un editorialista al lado, que además de eso emite opiniones en alta voz que son escuchadas por el auditorio, lo considero un atentado personal. He llegado hasta cambiar abruptamente de sillón, cuando en las inmediaciones advierto la presencia de uno de estos sabihondos que se creen con el derecho de ilustrar a toda la sala sobre sus geniales bobadas.
No tengo explicación plausible para justificar cómo es que prefiero no ir solo al cine sino con alguien con quien no me cruzo palabra, pero me enfurezco cuando compruebo que quien me acompaña duerme plácidamente y hasta consigue el milagro de roncar, a veces sin ninguna discreción. La enfermiza envidia me corroe, sobre todo si se trata de una película pésima. Cuando eso me ocurre, a la salida le suelo cobrar al durmiente venganza inmediata, con el consabido cuento falso de que la cosa por fortuna se compuso.
Quién lo creyera, también es factor determinante el lugar que le corresponda a uno en la sala. Ciertamente, si es fastidioso que en la fila de adelante haya un grandulón de aquellos que más que gigantes son incómodos, porque no caben en ninguna parte, que además no dejan ver en paz a sus vecinos porque tampoco se quedan quietos, todavía lo es más que atrás esté sentado un alborotado cineasta, que con sus reiteradas pataditas al asiento de en frente, anuncia el ritmo de sus peculiares emociones sobre la cinta, hasta provocar la exasperación.
Si bien no existe sitio perfecto dónde ubicarse en los cinemas, sin duda, el peor lugar siempre es en la primera hilera, desde donde se ve la película en postura de quien va a ser degollado y como si se estuviese absolviendo un interrogatorio ante implacables y enceguecedoras luces. Las oportunidades en las que he tenido que "disfrutar" de una película desde el primer asiento, salgo deshecho, ni siquiera con tortícolis sino con "tontículis", directo a la droguería a comprar un colirio que alivie la irritación en mis disminuidos ojos.
No puedo ignorar lo que parece ser una molestia generalizada y compartida por muchos, protagonizada por quienes llegan cargados de patacones, papas fritas, maní, golosinas, etc, productos empacados en bolsitas delicadas de papel fino, cuya apertura resulta ruidosa e insoportable, en especial cuando el glotón apacigua la angustia generada por un momento de tensión o de supremo interés de la película, atragantándose con toda esa basura. Si uno tiene la audacia de atreverse a mirar a ver de dónde provienen esos desapacibles chascarridos, aparece un gordo rojizo con la jeta repleta de chucherías, a quien le importa un higo que nadie se lo resista.
Pero sin duda, lo que más detesto de ir a cine, me sucede con inusitada y rabiosa frecuencia. Sucede que al terminar de ver la película que escogí con ilusión, gracias al consejo del comentarista de El Tiempo, porque la calificó con las cinco estrellas de excelente o con las cuatro de buena, nunca he tenido la oportunidad de insultar a ese "crítico" y ni siquiera de enviarle un correo electrónico hablándole horrores de su progenitora, por recomendar una vez más semejante hueso. La lista de fracasos es interminable, pero la más reciente fue Vodka y limón, una historia que no entretiene ni siquiera a un preso político, pero que al experto (¿será experta?) del diario de los Santos le pareció magistral. He llegado a creer que esa es la sección de humor negro del diario capitalino, aunque en lo personal cada ocho días literalmente me saca la piedra.
Y no hablo del desagrado por quienes llegan tarde cuando todo el mundo está concentrado, o de quienes hablan por celulares en mitad de la función, porque, lamentablemente, soy uno de esos.

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