Debo admitir que como espectador habitual de lo que llamarían los entendidos early hours, y los naturales, simplemente matinée o vespertina, odio con todas la fuerzas de mi alma que se me caguen la película. La modalidad que más detesto es que con un mero comentario, un circunstancial cercano con alma de "crítico" acabe con la película que voy a ver. Un ..."el asesino es el mayordomo" me resulta un pinchazo en el globo expectante de la ilusión que me había llevado a salvar los impredecibles obstáculos que conlleva salir del abrigo y la tranquilidad de la casa a la Jungla de Cemento para llegar a la sala oscura donde se proyectan en escala mayor los sueños. Estos "críticos" o comentaristas, o graciosos, o mal nacidos, -en el sentido valorativo de la palabra, que permite que alguien con un aceptable pedigrí se convierta por su conducta en uno de ellos-. Parte de mi educación se la debo al cine norteamericano, y me temo que en un momento dado, mi indicador de neurosis llegue al punto de soltar mis seguros culturales de Carreño y adoptar uno de aquellos patrones de comportamiento americano para darle en la mandíbula al comentarista de marras reventándole la cabeza contra el bar, y sacándolo volando del Saloon volviendo trizas la vidriera. Pero no. Debo evitar mis agresiones, y entrar callado y trémulo controlando mi hervor de adrenalina, tratando de parecer indiferente con el homicida superestructural que ha proclamado a viva voz el desenlace de la película.
Mientras mascullaba recientemente mi rabia durante el pasado festival del cine francés, en una de cuyas colas obligadas un novio en plan de conquista le contaba a la novia la película que íbamos a ver (supongo que para salir de eso y poderse dedicar a sus apremios amorosos durante la proyección), creí descubrir una aterradora relación entre estos espontáneos lenguaraces con los críticos profesionales. Y aquí ya no me refiero solo al cine. Me dedico a trabajar como autor y actor en los medios y escribo de vez en cuando guiones de cine y cuentos. De modo que he tenido que asumir mi condición de visibilidad pública sin ser un hombre público propiamente dicho. O sea: blanco fácil. Más bien soy una persona privada. Privada de muchas cosas. Pero he tenido un largo expediente de relaciones con los críticos, repito, de muchos temas y en variopintos lenguajes. Y aquel día en la cola se me reveló una especie de tautología de los impertinentes al percatarme en primera instancia que hay algunos críticos cuya misión, consciente o no, es dañar la percepción de una película. Y que unos y otros se retroalimentan.
El espíritu crítico, tan necesario en el intercambio de conceptos de una producción -el cine y la actuación se hacen siempre en comunidad con otros congéneres-, va creciendo en ocasiones como los huracanes hasta el punto de llegar a un grado insospechado de potencial destructivo alimentado por resentimientos que devienen en odios y estos en claras venganzas. Un crítico que acababa de llegar de Francia, y estrenando puesto calificó una película de "naturalista". Me lo encontré en alguna reunión social y le pregunté por qué había utilizado ese término y por su balbuceante respuesta me di cuenta de que no tenía ni idea qué quería decir "naturalista". Con mucha paciencia y precisión le expliqué el sentido del término. Le recomendé, incluso, algunas lecturas. Seis años después, se refirió a otra película cuyo género y estilo no tenían nada que ver ni con la otra ni con el género, pero él usó el mismo calificativo. Lo malo de esta película es que es muy "naturalista". Pasaron los años, creo que Monsieur M se jubiló, pero siguió haciendo sus comentarios esporádicamente. De pronto apareció en los cines una película colombiana donde una pareja de actores amigos míos aparecen viringos en un páramo. Y el crítico ahí se dio cuenta, veintitantos años después, de que lo que había querido decir con "naturalismo" era "naturismo". El resultado es que en los informes de más de dos décadas de cine colombiano, a este se le atribuye el "problema" de ser "un poco demasiado naturalista" entendido esto como mal general. ¡El tonto de capirote le endilgó su capuchón a todo nuestro cine! Esto para decir que cada vez que usted lea una crítica con un rótulo, por favor desconfíe. Los rótulos no dicen nada. En el prontuario de Monsieur M, a todo lo que no le gusta, le mete por ahí su naturismo. Afortunadamente, hubo espectadores que no solamente no creyeron en sus críticas sino que llenaron las salas.
Pero el caso más irritante y más frecuente -criticar mal es fácil, criticar bien es un arte-, constituye el de aquellos que así les guste la película, se la tiran entregando la historia: es una maravilla, excelente la fotografía, el ritmo, la actuación, y lo mejor es que por caminos insospechados llegan a esa escena cumbre donde "...el asesino es el mayordomo". Conozco el caso de historias que se entregan desde el título: Vea próximamente en nuestro cine, teatro o canal la apasionante historia de "El asesino es el mayordomo". Ni los espectadores, ni los autores, ni los mayordomos podemos hacer algo al respecto. En todo caso, ¿quién carajos iría a ver una cinta de la cual ya nos dijeron el desenlace, en este mercado y en este país de entusiasmos tan frágiles?
Para una quizá próxima oportunidad, debo recordar a Kant: la diferencia entre un perro de verdad y un perro de literatura es que este último no muerde. Pobre can. Pobre Kant.

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