Si en un país como Colombia se llegan a contemplar ideas tan absurdas como que el movimiento Progresistas de Petro y el Partido Verde de Peñalosa se terminen fusionando en uno solo, a pesar de que lo único que los une son el constante ataque del uno al otro en Twitter por la visión absolutamente diferente de ciudad que tienen, ¿por qué no podemos soñar con uniones mucho más inocentes, pero que sí nos hagan reír como, por ejemplo, Adolfo Hitler con el exfutbolista Adolfo ‘el Tren’ Valencia que nos da como resultado Adolfo ‘el Tren’ Hitler o el Pato Donald Trump, que es la fabulosa mezcla entre el pato gago de Disney y el multimillonario que ya se empieza a ver como un “viejito gagá”, Donald Trump?

Si quisiera montarla de social, del que le gusta “hacer país”, podría decir que el HT #amohacerfusiones es una metáfora de lo que es nuestra patria; absurda, pendeja, capaz de producir cualquier cosa, desde Luis Alfredo Garavito, pasando por Mariana Pajón, hasta Jáider Villa, el de Protagonistas de Novela.

Pero la verdad es que no. Las fusiones que se popularizaron en Twitter no son más que la mezcla de mucho ocio y de la constancia que algunos tenemos para pensar en cosas inútiles todo el día. Por eso es que se me joden las conquistas con las mujeres y supongo que he perdido la oportunidad de conseguir uno que otro buen trabajo. Hace poco me encontré con una vieja con la que intenté tener una relación, hace unos años, pero como dicen los futbolistas: “No se nos dieron las cosas”. La vi radiante y con dos hermosos niños rubios que iban colgados en cada una de sus manos.

La conversación que tuvimos expresa lo que ha sido esta obsesión que para mí representa la fusión. Le dije a ella: “¿Esos niños son tus hijos”, a lo que me respondió: “Sí, me casé hace cuatro años y ya tenemos la parejita. ¿Y tú qué? ¿En qué andas? ¿Sigues con eso de las fusiones”.

Me sentí avergonzado. A mis 32 años continúo con ese cuento, tengo un grupo en FB llamado Yo amo hacer fusiones, en el que digo que soy “el presidente universal de las fusiones” y que ese es el título más importante que tendré en toda mi vida. ¡Más que si me nombraran presidente de Microsoft!

Soy descuidado con mi vida, todo lo hago a las patadas, pero con las fusiones soy riguroso y me molesto cuando una no me causa gracia. Si veo que la hacen mal, digo: “Recuerden que prima la carga fonética sobre la semántica”. Me indigna cuando alguien hace una como “Álvaro Uribe Mutis” (entre el escritor y el presidente) ¿qué tiene eso de gracioso? Lo importante es que al pronunciarla suene chistoso, no su significado intelectualoide. El anterior ejemplo es solo pegar nombres, no es fusión… ¡malditos imbéciles!

Chistosas algunas como Colombia es pasión de Gavilanes, La ruana René, El Nano Prince Boateng, Bastardos sin doña Gloria, el Filminuto de Dios y otras tantas que usted puede encontrar con buscar el HT #amohacerfusiones en Twitter. No en vano ha sido trending topic en Colombia y son autoría de cientos de tuiteros que han convertido a la fusión en patrimonio inmaterial de la humanidad. Ahora somos más que un grupo de estúpidos, ¡somos una legión!

De mi cosecha personal puedo mencionar algunas como Guayakant (entre la orquesta y el filosófo), Teriyaki Strauss de Samper (entre la esposa del expresidente y el método de cocción asiático), Jaimito, el cartero, llama dos veces (entre el personaje del Chavo y la película), El bolero de Raquel Ércole (entre la película de Cantinflas y la afamada actriz), El Kurt Russel de la contratación (entre el hecho de corrupción que jodió a Bogotá y el ochentero actor) y la lista podría continuar. No tengo ninguna preferida porque para mí todas son hijas bobas que no puedo dejar de amar.

Volviendo al tema, intenté hacer una fusión que fuera fonéticamente divertida entre Peñalosa y Petro. Nada salió. Solo algunas trilladas y por separado como Enrique Peñalosas (con las losas que lo hicieron famoso) y Gustavo Petrov (con el jugador de fútbol). ¡Definitivamente ese par ni chistosos son!

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