Siempre fui de loS que creen que toda estimulación temprana es, por definición, temprana. De los que odian el recreacionismo o se niegan a creer que Mozart, más que un gran músico, fuera un gran estimulador de bebés. Si fuera cierta tanta maravilla, ¿cómo hizo Mozart para ser Mozart sin tener la estimulación temprana de escuchar a Mozart? Todo cambió cuando supe que sería papá y perdí la cordura leyendo tomos y tomos de libros con títulos como Qué esperar cuando estás esperando.
Es lunes y ha ocurrido lo inesperado: he decidido unirme a la legión de padres víctimas de la estimulación temprana. Llevo una hora atrapado en un laberinto de carros que me separan de mi destino final: ¡Gymboree! Tranquilo, me digo: nada más estimulante que llegar tarde a la estimulación temprana. Me relajo, pero las profecías terroristas de los adalides de Gymborees y Julios Donas vuelven a la carga:


—Si no matriculas ya mismo a Matilde, tu pobre hija se convertirá en una niña sin futuro. No le irá bien en el colegio, comerá pavo en las fiestas y, peor aún, no podrá ser una Hannah Montana.
Ya lo sé, ya lo sé: los primeros años de vida son fundamentales en el desarrollo infantil y marcan la diferencia entre un niño llamado a Napoleón y uno condenado al subdesarrollo. ¿Pero por qué no meterlos en una clase de yoga o en un programa de combustibles alternativos donde exploten sus excesos de energía? Nada como un bebé dormido, mientras los chinos se toman el mundo. Lo leí el otro día: un papá chino le advertía a su china: eres como un celular, si no te actualizas, te reemplazan por otro. Esa crudeza se aplicaba a nuestros niños, últimos en las pruebas Pisa, incluida mi hija que ya lloraba en la parte de atrás:


—Matilde, lo siento, pero en este mundo globalizado solo sobreviven los más estimulados.
Así, estimulado por una hora de trancón y llanto, asciendo al colorido mundo de ¡Gymboree! A la entrada me alcanzan los coros celestiales de un grupo de padres estimulados por las risas de sus bebés. ¿Existe algo peor que la voz chillona de unos niños cantando? Sí, el desafinado canto de unos padres, en medias, jugando a ser niños. Es tan estimulante que ya siento un cosquilleo en la cabeza que anuncia otra jaqueca. Desde hace un año soy parte de esa gran masa de padres oprimidos por la tiranía infantil: no duermo, reemplacé el trago por los teteros y me muevo, como un zombi, por entre un mundo de pañales, Desitín y leche en polvo. Pero lo que realmente me tiene al borde de un día de furia es saber que ni siquiera el maravilloso mundo de los niños está libre de burocracia. Al entregar el formulario de matrícula, debidamente diligenciado, me piden que espere. Obediente, me siento, saco un arrume de papeles (una tesis doctoral en pañales) y logro leer dos o tres frases, mezcladas con cantos:


—Patatín, patatín, patatero. Hola, Sofía, ¿cómo te va? ¡Muuuy bieeen!
Al fin me atienden, pero hay un problema: llené mal el formulario. Ofrezco llenarlo de nuevo, pero entre los gritos de los niños, los aplausos y la jaqueca, escucho otra negativa: no está la administradora. ¿Vuelve mañana? Imagino el trancón, la tarde perdida y, con cara de Herodes, contesto que no puedo venir a Gymboree todos los días. Hay un silencio, una burbuja se explota contra mi nariz y siento la mirada de madres y niños reprochándome por romper la armonía de sus ejercicios de canto. Me escabullo entre las burbujas, pero noto que he perdido el tiquete del parqueadero y no me alcanza para la multa. Busco en el carro, en las escaleras, en el ascensor y, sin más remedio, vuelvo a ascender, con el rabo entre las piernas, al mágico mundo de Gymboree, donde los tiquetes, la paciencia y el juicio se pierden como por arte de magia. La misma niña me sonríe y me muestra el dichoso tiquete. Se lo rapo y le contesto con cara de puño: “Perdí el tiquete y el tiempo”. A la semana, llaman a mi esposa a preguntarle por qué no ha matriculado a Matilde. Ella cuenta mi versión, pero le responden con otra más ajustada a la realidad: vino un señor muy raro y grosero, las mamás estaban aterradas y asustó a los niños.


El cliente siempre tiene la razón, pero no protesté pues soy un tipo raro: me comí el orgullo, me olvidé del miedo al ridículo y me matriculé. Tenía que reconocer que Matilde pasó feliz en su clase de degustación y que me sería difícil poder estimularla paseándola por entre los bolardos, las alcantarillas abiertas, el esmog y los andenes rotos de la ciudad. Eso solo estimulaba a neuróticos como yo.


Desde hace un año, soy el primero en llegar a Gymboree los domingos. Saludo de la mano y sin complejos a Gymbo, un payaso de felpa que bien podría protagonizar una película de terror. Persigo a mi hija por entre tubos de espuma, sacudo un paracaídas de colores y canto, en coro, esa melodía pegajosa que a veces me sorprendo entonando en el carro: burbujas, burbujas... No me culpen: en Gymboree, uno no sabe quién sale más estimulado, si los bebés o los papás. Yo, que sufro de mala memoria (no tuve clases de estimulación), ya me sé los nombres de todos los bebés, y cuando los veo zapatear, mandar besos o escalar, vislumbro un horizonte infinito de posibilidades: una nueva revolución industrial paisa, un Silicon Valley sabanero o un niño que, inspirado en Gymbo, llegue a Sábados felices o al Congreso. Ya lo saben: la prueba de que el amor paterno es incondicional es aguantar una sesión de Gymboree y regresar.

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