Pero la verdad es que sí me acuerdo, solo que me da pena contar, pues fue uno de los episodios más ridículos de mi vida. Esta es sí es una chiva: la primera vez que cuento el origen de ‘la Chiva‘. Lo cuento para no llevarme el secreto a la tumba.

Tenía unos seis años, estaba en el Gimnasio Moderno y era el matoncito del curso. Estábamos jugando un partido de fútbol y uno del otro curso me pegó un codazo en la nariz que me hizo sangrar como un loco. Salió la profesora, me vio y me entró al salón. Me quitó la camisa y me limpió con una toalla. Como no tenía nada más que ponerme, y no podía estar sin camisa el resto del día, la profesora decidió ponerme el manguito que ella tenía puesto. ¿Qué era eso? Un chalequito abierto, chiquito y corto, que en este caso, era de piel de oveja blanca.

Hay que ser gimnasiano para entender la angustia que me dio verme puesto el manguito. Sabía la montadera que se me venía, pero no me quedó más remedio que usar el manguito y quedarme ahí sentado, muerto de rabia, esperando el regreso de mis compañeros. Entran a clase sudorosos, machotes y embadurnados de barro, cantando y jugando por haber ganado el partido, y todo el mundo se queda mirando a un chino pendejo sentado ahí con la cabeza baja y un manguito de piel de oveja. Claro, empezaron las burlas más crueles y el origen de la chiva: "¡Miren a la chiva!", "¡ay, la chivita!", "¡tan linda la chivita!"…

Al comienzo me dio muy duro. Durante por lo menos tres años cada vez que me decían ‘la Chiva‘ sentía furia y humillación. Me acordaba del incidente del manguito, y, como era peleón, me iba a los puños. Había un compañero al que tenía especialmente fregado y cada vez que me decía ‘la Chiva‘ le pegaba bien duro. Estaba de moda el "Curso para volverse hombre de Charles Atlas" y la publicidad era un flaquito al que le quitaban la novia, se ponía bravo, se metía en los cursos de Atlas y salía a darle en las narices al que le había robado la novia. Eso fue justo lo que me pasó. El flaquito acomplejado llegó fuertísimo y lo primero que hizo al llegar fue decirme: "¡Venga a ver, Chivita, a ver cómo le va ahora!". Me dio una muenda espantosa y no volví a pelear porque me dijeran ‘Chiva‘. Después ya me fui acostumbrando al apodo y se volvió tan familiar que cuando alguien me dice Guillermo, yo le digo que la única persona que me decía así era mi mamá. Como en el Gimnasio los sobrenombres se heredan, a mi hijo le dicen ‘el Chivo‘ y algún día a un nieto mío le dirán ‘el Chivito‘ o algo así. En el Concejo casi todos me dicen así, hay otros que son muy serios y no lo hacen, e incluso cuando tuve mi paseo ecológico (cuando me secuestraron) desde que supieron que a mí me decían así, todos comenzaron a decirme ‘la Chiva‘. A partir de ese momento, empecé a sentirme muy orgulloso de mi apodo, conocido hasta en las "montañas" de Colombia.

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