“Mira, estas son las diez cajas de cereal Special K que debes comer durante los próximos 15 días”, me dijo una de las periodistas de la producción de la revista, momento en el cual quise ahorcarme para no pasar por semejante pesadilla. Pensé en segundos cómo se me ocurrió aceptar un reto que significaría que durante ese tiempo no podría desayunar mi arepita ni salir a un rico restaurante en las noches que es uno de mis planes preferidos. Recordé que ni siquiera después del embarazo hice una dieta, que esa palabra me ha espantado toda la vida, y me pregunté por qué no soy capaz de decirles que no a mis buenos amigos de SoHo. Y qué va, aquí está mi experiencia.

El reto Special K promete que si uno desayuna y cena ese cereal, come unas barritas o galletas de lo mismo en la media mañana, una fruta en la tarde y hace ejercicio durante 15 días, baja de peso. Y cómo no, empecé juiciosa la dieta, muy a pesar de mi espantosa voluntad cuando de sacrificar las cosas buenas de la vida se trata.

La primera semana tuve mis dos primeros encontrones con la dieta. Ese viernes salí de trabajar a las 7:00 de la noche con la idea de ir a cine de 8:00. De repente, me vi sentada en las mesitas de Cinemanía con una lonchera que llevó mi esposo, con un plato, una cuchara, la porción indicada del cereal y un tarrito de leche. El plan ideal, por supuesto, hubiera sido terminar la película y salir a tomar unas ginebras y comer un delicioso sushi. Pero no. Yo estaba comiendo cereal con leche.

Al día siguiente, sábado, me levanté con mucho frío y me sentía como dicen las abuelitas “descompuesta”. El asunto es que esta dieta solo permite proteína adicional a la hora del almuerzo, y, por principio básico, una persona que hace ejercicio, y en mi caso particular por la complexión de mi cuerpo, necesita mucha más proteína de la que proporcionaba la dieta. Era evidente que estaba sintiendo escalofrío porque llevaba seis días con un déficit de elementos que en mi propio régimen son fundamentales. Esa mañana, lo confieso, hice trampa: desayuné una taza de chocolate light, una arepa de maíz blanco y un huevito. Me sentí mejor.

El lunes siguiente tuve el segundo encuentro con el equipo de producción de la revista con el fin de volver a tomar las medidas de cintura, cadera, brazos y piernas, y pasar por la odiosa pesa. Las primeras medidas me las tomaron el día uno de la dieta. El resultado fue que, luego de una semana y comparando con el primer día, había bajado 500 gramos y un centímetro en promedio en brazos y piernas. Cadera y cintura, igualiticas. Esto me hizo pensar que si ese fue el promedio de peso y medidas luego de siete días de dieta, una semana después, cuando la terminara, bajaría otros 500 gramos para un total de reducción de 1 kilo en 15 días. Y pensándolo a largo plazo, serían 2 kilos en un mes, 4 en dos meses y así. O tal vez no y no lo supe, porque terminados los 15 días que dicen en la caja de Special K no volví a comer cereal de ese y de ninguno.

Empecé entonces la semana dos de la dieta con una novedad. Abrí los ojos ese lunes, hice ejercicio y luego, cuando me senté a comer el cereal, sentí náuseas. Las hojuelas tenían sabor a cartón y la leche me sabía inmundo. Mi mente con las dietas, entendí, no funciona. E hice otra trampa ese sábado: en la pizzería El Paso cerca a Peñalisa, donde estaba ese fin de semana, no fui capaz de sacar la lonchera con leche y cereal, y me comí un pedacito de hawaiana.

Cumplida la tarea, efectivamente pasó lo que sospeché: bajé lo que estaba presupuestado y así fue como 15 días de sacrificio se convirtieron en 1 kilo menos de peso en mi cuerpo.

Mi conclusión es que esas dietas tienen algo de efectividad y un gran pedazo de engaño. Claramente, uno baja de peso y felicito a las personas que deciden dejar de lado los placeres de la buena comida por dos platos de cereal con leche al día. El engaño, para mí, radica en algo muy simple. Uno deja de tomarse las tazas de Special K, y obligatoriamente se sube los kilos perdidos. Bajar unos centímetros y mantenerse con un buen peso requiere de disciplina y conciencia de una vida sana a largo plazo, de una dieta balanceada, de una rutina de ejercicios y, sobre todo, de una buena actitud frente al cuerpo que tenemos. Yo ya me subí el kilo que perdí, y ahora me miro al espejo, me mira la persona que me ama y pienso que no hay dieta que pague la satisfacción de sentirme linda como estoy.

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