Acá en la cocina, donde no nos oigan los barranquilleros, que lo reconocen en privado pero lo niegan en público, empiezo por declarar que Bogotá tiene el mejor clima de Colombia para trabajar. Mejor, incluso, que el de Medellín. Bogotá es el único lugar del mundo donde no sudan los mensajeros, ni los albañiles a las once de la mañana, ni siquiera los muchachos que reparten pan en bicicleta.

Lo malo no es el clima, ni los trancones de tránsito, sino la altura. Los que hemos vivido en Bogotá deberíamos nacer con un tanquecito de oxígeno en los pulmones. Esa altura, que mataría de asfixia a una cabra, hizo que mi presión arterial comenzara a comportarse como el péndulo de Foucault, subiendo y bajando.

El día que llegué a Bogotá, procedente de San Bernardo del Viento, en una época tan remota que el cacique Tisquesusa todavía estaba vivo, aunque ya achacoso por las ofensas de la tuberculosis, me quedé perplejo al ver que todo el mundo vestía de negro, los hombres parecían sepultureros y cada transeúnte se ponía un pañuelo entre boca y nariz, para que no se le metiera el catarro. Me hubiera causado risa, si no fuera porque vi a una niña sin dueño que lloraba en la esquina, bajo la lluvia, y nadie se detenía a hablar con ella.

La última vez que salí de Bogotá, en cambio, hace ahora dos años, la ciclovía dominical había convertido las avenidas en una playa de cemento, con sus jovencitas hermosas vestidas de amarillo fosforescente, verde incendiario y anaranjado. Hacía menos frío que entonces. Pero, aunque hubieran pasado cuarenta años, me seguía haciendo la misma pregunta de aquella tarde prehistórica, mientras tosía: "¿Qué diablos fue lo que se me perdió a mí en estos peladeros helados?".

El único que nunca se la hizo fue, quién lo creyera, don Gonzalo Jiménez de Quesada, el primero de todos los viajeros, que una mañana de marzo partió de las costas de Santa Marta en tres canoas, hace poco más de cuatrocientos años.

Ochocientos españoles, alucinados por la ambición del oro, remontaron el río Magdalena en una penosa expedición de harapientos, navegando entre comitivas de caimanes hambrientos que se saboreaban al verlos pasar, y bandadas de mosquitos del paludismo que les oscurecían el sol.

Tras una correría de once meses, en la que tuvieron que almorzar los cueros de sus propias polainas, aquellos pocos a los que no se comió el caimán ni mató la fiebre amarilla, y los que no se ahogaron como náufragos entre el barro de los pantanos, llegaron caminando a un desnucadero de dos mil seiscientos metros. Quedaban menos de doscientos, escuálidos y temblorosos de fiebre. Para mal de sus pecados, los quintales de oro no aparecieron por ninguna parte. "No es que hubiera mucho", escribió fray Pedro Simón, con un aire de desencanto, en sus célebres crónicas.

¿Qué necesidad tenía un abogado de profesión, que había sido notario público en Granada, que llegó a Santa Marta para convertirse en magistrado del Reino, que se las picaba de filósofo y era buen escritor, aunque ligeramente aburrido, de embarcarse en semejante viaje, alejándose del mar, como si huyera de alguien? Porque estaba huyendo, en efecto.

Aunque lo nieguen los historiadores complacientes y los ennoblecidos descendientes de aquellos bravos aventureros, don Gonzalo había metido las uñas en el arca de la notaría de Granada y era prófugo de la justicia. Un proverbio español —y por eso desconfío tanto de los proverbios— decía en su época que en el arca abierta la mano del justo peca. Como si la honradez dependiera de que el arca esté abierta o cerrada. En ese caso la virtud no sería del justo, sino de la tapa. Los españoles siempre han sido así: soñadores y cínicos al mismo tiempo. Mejor lo diría Quevedo: "Poderoso caballero es Don Dinero".

Por eso salió Quesada en correndilla, huyendo de la Policía peninsular, y, como los loros, acabó remontándose en el páramo gris para que no lo alcanzara el largo brazo de la ley, que tampoco era muy largo ni muy diligente que digamos.

Esa es la verdad. Solo a un fugitivo se le podía ocurrir, en 1537, la peregrina idea de fundar en aquellos tremedales sin aire la capital de un país que tiene dos mares. Aún así, y aunque mis amores con ella han sido siempre contrariados, guardo por Bogotá mucho cariño, gratitud suficiente y algo de nostalgia. Me tendió la mano, me dio trabajo, me sirvió un plato y me tenía reservada una familia

Ya lo sé, hombre, ya lo sé: Bogotá puede que sea invivible, pero no es inviable; el inviable soy yo. Mi presión arterial y yo.

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