Dicen que hay amarres o hechizos de amor que se hacen con velas, con miel, con trozos de cabello, con polvos de quereme, con sangre y hasta con semen. La historia de los hechizos de amor no se puede rastrear. Me temo que existen desde que un hombre y una mujer se enamoraron por primera vez o, mejor, desde que hubo dos mujeres enamoradas de un mismo hombre y viceversa. Lo primero que sucedió al aceptar hacer este experimento es que surgió en mí la pregunta: ¿quisiera yo recuperar el amor perdido de alguien del pasado? Con muchos de mis exnovios mantengo una relación relativamente afectuosa y cercana (sin necesidad de que exista de por medio ni piel, ni cama) y hasta este momento no se me había ocurrido recuperar ningún amor perdido. Quizá hay tres hombres realmente importantes en mi historia personal que perdí del todo.

El primero fue el hombre por el que me fui de la casa de mis papás, con el que me independicé y con el que conocí los bemoles de ser pareja de verdad verdad, a principios de este siglo. Pero a él no lo perdí cuando terminamos, sino varios años después, cuando publiqué una novela que hablaba de su hermano en la que quizá acerté al recrear con ficción todos los silencios que giraban alrededor de un gran problema familiar. El segundo lo tuve y lo perdí en cuestión de un año hace ya más de un lustro, y el sinsabor y el dolor de aquel final telenovelesco en que el hombre con el que me arrejunté precipitadamente (15 días después de que nos diéramos el primer beso) me traicionó con la mujer que en una ventanilla le diligenció el pago del seguro del carro, me postró en cama no varias semanas sino varios meses. Aunque los primeros días después del impasse quise que volviera, cuando me recuperé tuve que hacer un largo trabajo psicológico para entender por qué aunque él me rechazaba desde antes del final fatal yo quería retenerlo a toda costa. Después de 2008 no hubo un solo día en que quisiera volver con él y desde entonces, cuando nos encontramos, parece que fuera yo quien le fue infiel, porque recibe mi abrazo sincero con frialdad absoluta y no puede siquiera dirigirme la palabra. El tercero de mis grandes amores que está lejos de mí lo perdí hace diez meses después de tres años de ires y venires y una chorrera interminable de desencuentros debido a nuestra diferencia de edad (soy siete años mayor que él).

Entre estos tres amores que salieron a colación tuve que escoger uno para hacer el experimento. Como el primero ya está casado, vive en una isla lejana y su familia sigue profundamente dolida porque los involucré en mis ficciones, decidí descartarlo. El tercero, me dije, estaba superado ya. Nuestra historia era demasiado reciente y después de tres terminadas sentía que estaba comprobado que no podíamos estar juntos. Decidí entonces irme por la opción dos que, en caso de que los embrujos funcionaran, tendría oportunidad de contactarme mucho más fácil que el primero y algo más difícil que el tercero. Era también una manera de no ponérsela ni tan fácil ni tan difícil a la bruja, que pidió una foto del hombre que quería de vuelta y me citó en su casa de Chía, desde donde ejerce hace ya décadas. Mi sorpresa no sería poca al comprobar que ya hacía más de 15 años había visto a esta misma mujer por embeleco de mis amigas. Nunca he querido saber qué me depara el destino, ni creo en nada que pueda ir en contra de él, quizá porque en la literatura he encontrado la herramienta más eficaz para contrarrestar esas ansias de conocer el futuro que nos son comunes a todos los seres humanos.

Llegué a la casa de fachada rojo oscuro de doña Edna una tarde soleada. Llevaba la foto de mi amado y Juanita, la productora de SoHo que diligentemente lo organizó todo, le había dicho a la bruja en cuestión que yo andaba muy triste y que quería volver con Amir, como llamaremos a mi segundo amor perdido en esta crónica para proteger su identidad. Pongo de manifiesto que mentí a medias cuando le dije a Edna que aún siento amor puro por él porque, aunque es cierto que lo quiero como la persona importante que fue en mi vida, jamás se me ocurriría volver con Amir.

Edna comenzó explicando que íbamos a ver primero en qué estaba él, y que eso lo sabríamos mirando mi futuro en las cartas haciendo tres preguntas de lo que yo quisiera. “Igual le va a salir aunque las preguntas no sean sobre él”. “¿Cuál es el hombre de mi vida?”, pregunté en voz alta. “Esooo —me animó doña Edna—, ¡y tan bonita!”, continuó mientras echaba las cartas, en un gesto que leí como la mera necesidad de generar empatía con su clienta para soltarle la lengua. “¿En qué lugar del mundo haré mi vida en el futuro próximo y cómo puedo hacer para recuperar a Amir?”.

Como todo empleado de departamento de Recursos Humanos que me ha entrevistado, Edna soltó la primera premonición: “¿Qué tal el genio de Margarita?”. Le contesté con sinceridad que fatal y entonces comenzó algo mucho más parecido a una sesión con la psicóloga del colegio que con una bruja. “Hay dos separaciones en su familia: una personal y otra familiar”. Ahí comenzó a indagar por miembros de mi familia sin realmente adivinar mucho sobre mi futuro. Como me mostré bastante hermética, se agarró de las preguntas que hice y entonces me preguntó que si tuviera la oportunidad me iría del país. Le dije que sí e inmediatamente añadió: “Porque usted termina yéndose de aquí”. Para no dejarla desviar le volví a preguntar si me iría con Amir.

No vamos a narrar todo lo que doña Edna me dijo y me preguntó, porque el ejercicio esta vez solo consiste en probar si el amor perdido puede recobrarse a través de una bruja. Ya en otra oportunidad escribí una crónica que se titulaba “Mi destino según cinco adivinos” y en ella dejé claro que no creo en las premoniciones y que me parece admirable la manera en que quienes se hacen llamar brujos combinan psicología y habilidades histriónicas con don de gentes y labia para convencer a alguien de que saben cosas de su futuro. A estas personas las deberían contratar para hacer entrevistas de admisión. De todos los nombres típicos que soltó solo me causó impresión que preguntara por alguien que está enfermo en la familia de Adriana (su papá, mi tío, está muy enfermo) y por alguien de nombre Rony que me quiere mucho, porque tengo una amiga a quien bautizaron con el inusual nombre de Rommy. Por todo lo demás, Edna usó preguntas que se encadenaban para intentar construir un diálogo conmigo en el que le diera información que después repetía de otra manera como si fuera parte de su poder adivinatorio.

Después de 20 minutos de nombres volvimos al tema central (Amir), aunque Amir le aparece en el cuncho del tinto que me tomé como “Santiago” y ella se excusó aduciendo que todo allí aparece en letra pegada pero que igual su nombre comienza por S. “¿Volverías con Amir a pesar de que no va a ser el padre de tus hijos?”, a lo que yo contrapregunté: “¿Acaso yo voy a tener hijos?”. Entonces se salió por la tangente para preguntar qué fue lo que pasó con él y luego aseguró que va a volver, aunque preguntaba insistentemente si yo realmente quería volver con Amir, como si no estuviera convencida. Yo aseguraba que sí y entonces ella repitió que iba a volver con él, pero no sería el papá de mis hijos. Como me vio dudosa, me dijo: “Yo le diría que le eche tierrita, pero ahí vuelve a aparecer, van a tener un desliz, pero cuando lo pruebe verá que ya no es lo mismo”. Luego preguntó qué probabilidad había de que nos encontráramos. Contesté que tenemos muchos amigos en común, que vivimos en la misma ciudad y que trabajamos en el mismo gremio (el de la cultura).

Como ya me sacó anteriormente que Amir tiene novia, ahora me dice que él le va a ser infiel a su novia, que lo ve clarito, pero que tengo poco tiempo para estar con él porque me voy del país y voy a poner mar de por medio. “Es que uno a veces funciona mejor como amante que como novio”, concluye. “Si ese de todas maneras no es el hombre de su vida, mientras se le haga algo estará ahí y cuando se le deje de hacer, se irá”. Acto seguido me da a entender que si quiero hacer algo más que dejarle su foto tendrá que ser en otra sesión. “Usted vuelve con ese niño, pero usted misma se va a desencantar y yo quiero que viva eso. No tiene que hacer nada, déjemelo a mí. Él es muy noble” (esto lo dice porque cuando afirmó que Amir era orgulloso, yo le dije que no me parecía ni poquito). Le dejo la foto, me pide que la llame cuando ya no quiera seguir con Amir. Le entrego los 100.000 pesitos y ella se despide con un “no se le olvide mandarme clientela”.

Seré breve de aquí en adelante. Lo resumiré con esto que le escuché a mis 12 años a una bruja gorda llena de tentáculos y brazos que aparece en la adaptación de Disney de La sirenita, aquel cuento de Hans Christian Andersen en el que Úrsula, la bruja del mar, le da a la Sirenita un par de piernas para que vaya tras su enamorado pero le advierte: si el príncipe no se enamora de ella por sus propios encantos, al amanecer del día siguiente la Sirenita se convertirá en espuma de mar. Parecería, sin embargo, que quienes crecimos bajo la influencia de Disney no solo creemos que las brujas existen, sino que esperamos, además, que los finales siempre sean felices y que el bien y el amor triunfen sobre el mal y el odio, ya que en el cuento publicado a mediados del siglo XVII la Sirenita no conquista el amor del príncipe, ni siquiera con la ayuda de la magia. 
Esta, queridos lectores, es la cruda realidad, y supongo que quienes quisieran creer que una bruja puede hacer volver al amor perdido sentirán que perdieron su tiempo leyendo hasta aquí. A ellos les digo que sigan leyendo, porque al final de estas líneas en-tenderán que no es que yo no crea en la magia, ni en el embrujo, sino que a lo largo de mi historia estos dos ingredientes aparecieron de maneras muy diferentes a como creemos que operan en el mundo ideal de quienes creen que con 100.0000 pesitos una persona puede volver a quererlos. 
Volvamos al principio de esta historia. La noche del día en que el editor de esta revista me propuso probar recuperar el amor perdido, después de diez meses de no habernos topado sino una o dos veces a lo sumo, mi exnovio más reciente apareció al lado mío en la barra de un bar. Como bien lo dijo la bruja una semana más tarde: “Los traguitos hicieron lo suyo” y de repente surgió el fuego de entre las cenizas. 
Quienes quieran creer en doña Edna, dirán que vio a Ugenio (a quien llamaremos así para proteger su identidad) y no a Amir en las cartas y el café. Quienes no creen en brujas ni en cocos pen-sarán, como yo, que es nuestra propia mente la que llama a algo o a alguien y que quizá en eso radique nuestro superpoder: en ha-cer que vuelvan a nuestra vida las personas que quieren volver, y que por uno u otro motivo que desconocemos (y que no hace falta conocer) necesitan cerrar una historia o comenzar a escribir una segunda parte al lado nuestro. Lo dijo más claro Lenny Kravitz: “It ain’t over till it’s over”, pero lo dijo de manera aún más contundente (y en español) la señora Celia Cruz en su canción Amores de un día: “O se quiere o no se quiere y ya”. Esto es todo lo que tengo por decir al respecto.

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