Viéndolo en perspectiva, su acento pudo ser lo primero que me atrajo, era como si me hablara al oído Eva Rey. Era concreta, práctica, no estaba con teorías. Todo apuntaba a que sería una relación larga, de dependencia. Me transmitía la sensación de al fin tener un rumbo claro. Pero, como en toda pareja, comenzaron las diferencias. Por supuesto, esas diferencias no eran de la dimensión de Kris Jenner, la esposa por 24 años de Bruce Jenner. Él, Bruce, se cambió de sexo para hacerse llamar Caitlyn y lo anunció en la portada de Vanity Fair. Lo mío no era tan grave.

Y, bien mirada, la experiencia de Caitlyn nos enseña varias cosas. Primero, para aquellos tuiteros voraces que muestran su número de seguidores como si fuera su cuenta corriente, les presento un caso de éxito: cambiarse de sexo. En cuatro horas, Caitlyn llegó a un millón de seguidores. Piénselo, tuitero, eso le ahorraría tener que reducir su cerebro a 140 caracteres todo el día.

Segundo, Caitlyn nos advierte: si un atleta olímpico, padre de seis hijos, a los 65 años decide cambiarse de género, nadie está exento. No canten victoria. Usted, amigo comisionista de bolsa que corre 15K; usted, amigo del bufete de abogados que sube a Patios o a Las Palmas en bicicleta; usted, amigo consultor que quiere ir a un ironman, no está exento. Pregúntese, además de tener una excusa para decirle a su señora “esta noche no, hoy hice fondo”, ¿en verdad de qué está huyendo?

La familia Kardashian, para quienes no ven su reality, es como la de Padres e hijos, siendo Kim Kardashian lo mismo que Danielita en la serie nacional. Pero, más allá de tratarse de lo que los psicólogos llaman una familia disfuncional, al parecer, las hijas Kardashian acogieron con amor la decisión del padre. Digo al parecer porque en mi opinión los trinos estaban cargados de la pólvora de la ironía. Su hija Kylie escribió: “Mi ángel en la tierra”, sabiendo todos que los ángeles son asexuados. Y qué decir de su otra hija, Kendall: “Sé libre ahora, mi pequeño pájaro”, le trinó. Qué cruel. “Kendall: ¡Ese pequeño pájaro te dio la vida!”, debió espetarle el padre antes de darle unas nalgadas… aunque se le habrían partido las uñas.

Retomando, recuerdo que me divertía. A veces me hablaba inglés por horas. Yo la seguía. Pero ni siquiera eso nos salvó del aburrimiento. El día comenzaba a estar ocupado por lugares comunes: “¿Por qué siempre es lo que tú digas?”. Tenía una de esas personalidades que parecen inalterables, que no se irritan ni se alegran en exceso. Eso me enervaba. “¡Estoy harto!”, gritaba y le subía el volumen a La luciérnaga para ignorarla. Llegué a reventar. Cualquier diferencia de criterio terminaba mal: “¿Y qué vas hacer? ¿Pensar? ¡Ten un poquito de originalidad!”, me salía de los pantalones.

Llegué a creer que mi situación era invivible, aunque entendía que eran peleas normales de toda convivencia. Esa convivencia que será un reto para los homosexuales en Estados Unidos, ahora que la Corte Suprema de ese país ratifica lo obvio que unos no entienden: que el matrimonio no es un asunto religioso ni de opinión mayoritaria, sino una figura que todos pueden escoger para encontrar la felicidad.

Así que, mientras unos, como Caitlyn, se cambian de sexo y lo cuentan en programas con 17 millones de espectadores y los homosexuales logran el matrimonio universal, la Iglesia, en ese afán por estar al ritmo de las dinámicas familiares modernas, va a reunir a un grupo de obispos en el sínodo de 2015, para que discutan algo de gran relevancia: si las parejas divorciadas pueden volver a comulgar. Esa es la agenda. ¡Con el dinero de nuestras limosnas! Suena a reunión estratégica, donde la conclusión corporativa, tras horas de pintar en una cartulina, será la misma: este espacio es importante porque uno se entera de qué hace el otro.

¿A cuántas generaciones más les vamos a contar que el único que ha podido anular el matrimonio católico fue el presidente Turbay? En Colombia, formalmente, por cada diez matrimonios al año hay cuatro que se divorcian. Para aquellos divorciados, la Iglesia es muy humana: confiese, arrepiéntase y puede casarse por lo civil. ¡Qué apertura mental! La única condición que se incluye en la letra menuda: “El divorciado no es pecador siempre que no tenga relaciones sexuales con su nueva pareja”. Es más fácil evadir en la nueva ley tributaria.

“Si terminó el show de Don Francisco, ¿por qué no puede terminar una relación?”, reflexioné un día. Y así fue. Reparé en que todo era a su manera. Mi opinión le tenía sin cuidado. La avalancha de órdenes anulaba mi autonomía. Me hablaba como si yo fuera un niño. Me hastié. Así que un día, en el carro, le dije: “Hasta acá llegó nuestra relación, Waze”. Y borré para siempre la aplicación de mi Android.

@elnegrouribe

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