Estimada Lady Gaga:.

Me pasa algo extraño. Y ese algo extraño es que no puedo dejar de pensar en usted. Y —me apresuro a aclararlo— los míos no son pensamientos obsesivos del tipo "Ladyta, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. La-dee-ta…".

Mucho menos tienen que ver con una cuestión simplemente sexual o con el deseo irrefrenable de clavarla, como a una mariposa, con un alfiler, y escribir abajo, en letra muy pequeña, su verdadero nombre que me parece de una aristocrática vulgaridad: Stefani Joanne Angelina Germanotta. Usted, digámoslo, tampoco, es tan joven. Nació en 1986, tiene 23 años menos que yo, que tengo 46. La mitad de mi vida, de acuerdo; pero aún así no una distancia tan grande e insalvable como para vivir un romance prohibido.

Pero otra vez, no, nada de eso.

No la amo, no me excita, no me atrae o me repele su supuesta bisexualidad o su hipotético hermafroditismo; pero usted sí me interesa.

Mucho.

Me interesa lo que hace y me interesa lo que me hace a mí eso que usted hace y —me explico, intento explicarme— primero la veo y enseguida la oigo pero la primera impresión entra por los ojos.

Y ahí está usted.

Rubia rara (teñida, no demoro en enterarme cortesía de Google). Algo así como la hija bastarda y mutante de Madonna y Marilyn Manson con Raffaella Carrà como ama de llaves. No diría que hermosa pero sí llamativa. La canción que miro se llama Poker Face. Y —ahora sí— la escucho. Y lo que primero me parece el típico y previsible track para pistas de baile enseguida se convierte en otra cosa. En algo que parece estar riéndose de sí mismo y, sí, el videoclip es tan kitsch y tan lejano de la solemnidad contorsionante de Shakira (por favor: que alguien detenga y aquiete a esa mujer), del soft-porn white trash de Britney Spears, de las piruetas sónicas en la garganta profunda de Christina Aguilera… si acaso, hay algo aquí del humor corrosivo de Pink pero, también, algo más.

Algo mucho más importante: usted parece estar tomando el nombre de Diosa más o menos en vano (léase: aquella otra con el nombre vulgarmente aristocrático de Madonna Louise Veronica Ciccone Fortin) para, en el acto, escupir en su rostro con el mismo subversivo respeto con que usted se inclinó, envuelta en isabelino látex rojo, frente a la reina de Inglaterra.

Casi enseguida, otros videos — Paparazzi, Just Dance, Bad Romance y el flamante Telephone, donde usted parece burlarse de la insoportable Beyoncé bailando excelentemente mal— y mi interés que aumenta. Y de ahí a salir y comprarme la edición de luxe de The Fame Monster hay, apenas, unos cuantos euros y unas pocas estaciones de metro. Y aquí estoy ahora, oyéndola y no viéndola, leyendo las letras de las canciones y ahí también: una cierta vocación autokamikaze, ese placer de estrellarse contra el propio portaaviones, la voluntad de enaltecer y redimir al género riéndose de él con todos los dientes. Usted canta y baila; pero baila y canta sobre la tumba de Studio 54 y desentierra su cuerpo putrefacto y se acuesta junto a él, como al final de ese Momento MTV Heavy Rotation en el que aparece tirada en un colchón, fumando, sus pechos chispeando junto a un cadáver carbonizado.

Usted le canta al sabroso asco de saberse diva diferente en un planeta putrefacto y repleto de divas que han superado hace tiempo su fecha de vencimiento. Usted —vive la différence— es la encarnación de la decadencia artística con la astucia de elegir serlo en el momento más alto de su carrera. Así, lo verdaderamente admirable de The Fame Monster es el modo en que usted se las arregla/desarregla para funcionar como bautismo y funeral. Ignoro hacia dónde irá usted después de todo esto. No puedo asegurarle que yo estaré allí siguiéndola (yo, sépalo, soy de un tiempo en que las discotecas de Buenos Aires se saltaba con The Police, con Talking Heads, con David Bowie, con The Cure, con The Beatles) porque el tiempo corre pero yo, apenas, camino. Y no falta demasiado para que me cueste ponerme de pie y mantenerme erguido muchas horas y acabar arrastrándome o caminando antes de volver a ese cochecito fúnebre que es la silla de ruedas, sin saber muy bien cómo hacer para llegar a tiempo al baño y el círculo se cierre definitivamente: porque no creo que en el Paraíso se escuche música tan infernal como la suya.

Mientras tanto y hasta entonces, desde aquí —tan lejos de usted y tan cerca de su música— le agradezco el inesperado placer de hacerme mover la patita mientras disfruto una y otra vez, como si se trataran de cuadros de una exposición, de sus tracks y de sus clips, preguntándose cómo sobrevivirá usted en las mentes de las futuras generaciones. Pienso en disc-jockeys y en ángeles, en el secreto de los sonidos perdurables, en los proféticos estribillos, el refugio del arte, en esas cosas.



Suyo pero no del todo, R. F.



P.S.: Insisto: si se cruza con ella en cualquier escenario de neones o alfombra roja, por favor, desenchufe a Shakira. Esa chica necesita descansar un poco. De verdad. Y me hace sentir tan culpable de no ir al gimnasio y de no practicar deporte alguno. Tarde o temprano, acabará sacándole un ojo a alguien con su cadera o con uno de esos golpes de pecho. Hago votos para que no sea el suyo. ?

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