Querida Amada Rosa:

Esto va a sonar muy raro, pero tengo en mi sien una cicatriz que tiene tu nombre. Yo tenía 13 o 12 años, creo, ya no me acuerdo bien, pero eso no es lo que importa: lo que importa es que me pasaba todo el día en el colegio, esperando la noche y llegar a la casa para poder verte en la pantalla de mi televisor. La cuestión de crecer en Colombia es que, así no lo queramos, aprendemos del amor a punta de telenovelas, tenemos una educación sentimental patrocinada por el melodrama de las 8:30 p.m.

Sea como sea, una de esas noches tibias de Cali en los años noventa, estaba viéndote con el estómago lleno de aire, con el estómago lleno de abismos, cuando, gracias a un punto de giro inesperado, terminaste besando apasionadamente al galán de tu historia de amor. Mi emoción fue tan grande y mis ganas de ser yo la que te besaba, tan inmensas que me dediqué, como la adolescente que era, a dar vueltas de felicidad en la mitad de mi cuarto. Esto no fue una buena idea y terminé perdiendo el equilibrio (efecto que sin excepción causan todos los amores platónicos cuando son profundos) y tropezando contra mi escritorio. El golpe fue tan fuerte y la herida tan profunda que necesité de diez puntos y dos semanas de reposo para recuperarme. Quedé marcada para siempre.

Amada Rosa: estoy confundida y solo tú puedes ayudarme. Aunque no lo parezca, tenemos muchas cosas en común. Yo, por ejemplo, también trabajo en un cubículo de 2x2, tengo un sueldo miserable y como tú alguna vez lo dijiste en una entrevista en Día a Día, también estoy convencida de que rezar el rosario es una actividad que esconde tal potencial somnífero que debería ser considerado como cura universal del insomnio. Además de eso, ¡Dios me encanta! Y colecciono santos. Mis favoritos son San Drogón, patrón de los feos, las comadronas, los mudos, los pastores y los rebaños, aunque en mi cabeza me gusta pensar que es el santo de María Eugenia Dávila, Lindsay Lohan y los hermanos Rodríguez Orejuela. Amo también a Santa Rita de Casia, santa patrona de las cosas imposibles, a quién Jesús hipnotiza con un rayo láser desde la cruz, y a quién le ruego por todo lo que tiene que ver con Uribe, la justicia en el mundo o hacerme millonaria sin tener que trabajar. A Santa Zita, la santa patrona de las empleadas domésticas, que me gusta porque tiene un gran nombre. A Santa Bárbara, patrona de todo lo que explota, quien desde el cielo mandó un rayo que mató a su padre, después de que él la matara a ella por convertirse al catolicismo. O a Santa Margarita de Antioquia, quien revivió después de ser tragada por un dragón.

Mejor dicho, a veces creo que podría dedicarme enteramente a la hagiografía y eso solo agrava mi problema y la verdadera razón de esta epístola: me cae bien Dios, pero soy gay. ¿Qué hago? Pensé en ti, porque: 1) Fuiste mi primera traga adolescente. 2) Admiro el sacrificio tan grande que haces al trabajar para el Partido Conservador en vez de estar en una iglesia cristiana haciéndote millonaria como pastora. 3) Alguna vez te oí decir en una entrevista que vives en paz y no te preocupas por los problemas, porque todos te los arregla el Señor. ¿Será que podrías hacerme un cruce para que me arregle los míos?

Además de mis conflictos de orientación sexual versus afinidad espiritual, necesito: un remedio para eliminar mágicamente los gordos que salen a los lados de los muslos; que me explique a ciencia cierta qué significan las rayitas blancas que salen en las uñas y que me diga qué tengo que hacer para que me quiera tanto como quiere a las Kardashian (yo soy más chévere, lo juro). Por último pensé en ti porque aunque has despotricado del matrimonio gay y estás empeñada en que el aborto es un sacrilegio, también has dicho que “Dios es una persona” y que la Virgen te habló, lo cual me hace pensar que en el fondo también estás confundida, y que entre confundidas podemos ayudarnos. Después de todo, antes eras actriz y modelo y cuando todos pensábamos que ibas a dar el paso a ser cantante, resultó que querías ser monja.

Y es que mi amada Amada, la confusión que tengo es profunda. Por un lado, la Iglesia me sataniza y dice que ser homosexual es pecado, pero por el otro, ama a las monjas que hacen el Harlem Shake. Por un lado, tu jefe, el procurador Ordóñez, en nombre de Dios arma una coalición en contra del matrimonio entre parejas del mismo sexo, pero por el otro, me pongo a leer la Biblia y encuentro pasajes de amor casi lésbicos entre Rut y Noemí.

¿No es curioso? No entiendo cuál es la obsesión tuya y de tu jefe por impedir a toda costa que nos casemos. Si los matrimonios gays son lo máximo. El día que me case, prometo hacer una fiesta enorme con show de Marbelle y los Vengaboys. Invitaré a todo el mundo, a ti incluida, para que veas que, aunque digas que somos seres que vivimos en pecado, lo único que queremos es querernos. ?Dios me parece fenomenal (excepto cuando hace cosas como escoger para ángeles de batalla a una exmodelo y un derechista acérrimo) y no entiendo si me quiere o si me odia.

No me queda claro si soy pecadora por ser gay o por creer. Sé que en ti puedo encontrar respuestas, y confieso que a veces pienso que compartimos una secreta conexión gracias a esa cicatriz que lleva tu nombre . Ayúdame.

Atentamente,

Amalia, o como dirías tú: la católica apostólica re-mala

P.D: ¿Está mal que te escriba esta carta en busca de ayuda, pero al mismo tiempo sienta ganas de quitarte la ropa?


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