Apreciada Camila Antonia Amaranta:

Desde que te convertiste en la líder de las movilizaciones estudiantiles en Chile hace ya casi dos años, te he seguido atentamente. Con entusiasmo persigo tus travesías por el mundo, estudio tus arengas y me emociono ante la espontaneidad de tus palabras en entrevistas y declaraciones públicas. Hago parte de los miles de seguidores que se conmueven por tu causa, la causa que muchos compartimos por cambiar el mundo. Tu belleza, que en una mujer cualquiera sería fundamento de los más justos halagos, en ti es tan solo un atributo menor que pasa desapercibido ante tanta inteligencia y don de gentes.

Pero precisamente porque te quiero me desvelo pensando que has perdido el rumbo, y por ello no aguanto la necesidad de hacerte llegar por esta vía algunas de las inquietudes que me surgen sobre las banderas que defiendes. Todos queremos reducir la pobreza, disminuir la desigualdad y, en general, ampliar las oportunidades para que los individuos puedan vivir en libertad, en condiciones de igualdad y de manera digna. El gran problema está en el cómo. Y en esto, me da pena decirlo pero soy sincero, te encuentro algo desorientada. La verdad es que vivo desvelado al imaginarte en unos años convertida en la más aventajada luminaria del sustrato científico e intelectual del socialismo del siglo XXI. Todavía es tiempo de evitarlo y, si me lo permites, quiero ayudar en lo que pueda.

Sé que tus ideólogos y fuente de inspiración son Fidel, Evo y Hugo, ahora convertido en pajarito. Seguramente admiras la vibrante y pujante democracia venezolana e ignoras que las libertades públicas son escasas. Probablemente piensas como Evo que la homosexualidad proviene de las hormonas que inyectan en los pollos y que la mayoría de los europeos son calvos por culpa de su alimentación. Compartes con Fidel su amor por las libertades y respetas tanto como él el derecho a pensar distinto. Habrás tenido tiempo para analizar en tus visitas a la Isla cómo someter a 11 millones de cubanos desde hace más de cinco décadas y pensando en ellos, en su bienestar, defiendes la posibilidad de la vía armada para, como dices, “combatir en masa la violencia estructural que existe en la sociedad”.

Como Chávez, seguramente crees que el imperialismo conquistó las mentes de los latinoamericanos y que a través de Supermán, Batman y Robin se impuso la cultura yanqui del consumo. Estarás pensando en luchar por la justicia haciendo de Allende una caricatura que, como antídoto, recupere los valores democráticos de la sociedad chilena, tal como el comandante propuso en aquel entonces fabricar un super-Bolívar en forma de tira cómica. Compartes también, como alguno de tus profesores, la idea de que el capitalismo acabó con la vida en Marte y que por eso, para evitar una tragedia similar, hay que desterrarlo cuanto antes de la faz de la Tierra. Menos mal no tienes barba y por ello no puedes seguir al pie de la letra el ejemplo de Fidel y su hoja de ruta —como llamas sus consejos—, quien prometió en una entrevista hace ya 50 años afeitarse cuando hubiere cumplido su promesa del buen gobierno para Cuba (CBS; 1959).

Espero, eso sí, que no estés tomando clases de matemáticas con los instructores del Partido Socialista Unido de Venezuela, a quienes se les enreda la tabla de multiplicar (Chávez pensaba que 7 x 8 = 52), ni pongas en práctica los consejos de Fidel para incrementar la producción lechera, aún después de la hazaña y triste muerte de Ubre Blanca, aquella famosa vaca revolucionaria que logró romper todos los récords mundiales de producción gracias a la inventiva genética de los científicos adiestrados por la Revolución. No sé si lo conozcas, pero la leche escasea desde hace más de 40 años en la isla, y solo los menores de 7 años la tenían contemplada en su libreta de racionamiento siempre que existiera.

Yo, la verdad, te admiro, Camila, y espero que puedas corregir el rumbo para no quedar convertida en la actriz principal de un capítulo adicional de la historia de terror en que resulta la aplicación de las recetas del comunismo del siglo XX o del socialismo del siglo XXI. Admiro tu desparpajo y tu seguridad para ignorar la historia, para ver con daltonismo político solo aquello que mejor te conviene, ignorando incluso las arbitrariedades y abusos a los derechos que pretendes defender, en la medida en que sus autores sean de izquierda.

Pero sobre todo, admiro tu capacidad para pensar distinto, aunque algunos crean que ello se confunde con la absoluta incapacidad para pensar.

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