Durante seis semanas consecutivas, todos los miércoles, las productoras de SoHo me visitaron sin falta para saber si el pelo me estaba creciendo por usar diariamente durante al menos diez minutos el cepillo que me mandaron. Debo decir que siempre he sido escéptico a todos los productos milagrosos que venden por televisión, pues alguna vez compré una sartén a la que no se le pegaban los alimentos y resultó un fiasco. Aún así, con disciplina me di a la tarea de usar ese cepillo todos los días a las 3:00 de la mañana, mientras reviso la prensa y me preparo para ir a Blu Radio.

Confieso que al principio me dio por pensar que esos dos rayos de luz, la roja y la azul, fueran dañinos o peligrosos, por lo que me puse a leer sobre eso. Encontré testimonios a favor y en contra del uso del cepillo, pero en ninguna parte leí que tuviera efectos secundarios para la salud. En las dos primeras semanas no vi ningún cambio significativo, pero continué con la tarea diaria, pues ese era mi compromiso con SoHo. Por supuesto, mantuve en secreto este experimento, porque pensé que no era serio decir algo. Ahí sí acabaría tachado de loco.

Al mes fui a donde mi peluquero, pues suelo ir cada 30 días exactos. Cuando me senté en la silla, me preguntó extrañado cómo había hecho para tener más pelo, especialmente en la coronilla. Le dije que si creía eso y me afirmó que él veía unos nuevos pelos. Entonces le conté mi secreto: “Estoy usando ese cepillo que venden en la televisión”. “Vea, pues —me dijo—, entonces esa vaina sí sirve. Lo veo con más pelo”.

Volví a la semana siguiente, y el hombre quedó aún más impresionado. La verdad, me toco la cabeza y también siento que tengo un poco más de pelo. Pero cuál sería mi sorpresa cuando un amigo en estos días me preguntó que por qué tenía unas mechas adicionales. Le conté mi secreto y me dijo que ya se iba a comprar el cepillo. No sé si lo hizo, pues la disciplina diaria de pasarse el aparato por la cabeza requiere de algún grado de seriedad y compromiso. A quienes decidan usar el cepillo les recuerdo que al menos tiene una ventaja: que no los agarran de punto de referencia, por ejemplo en los teatros, ante la pregunta de dónde sentarse, pues no falta quien diga: “Hágase al lado de ese calvo huevón”.

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