La liberación de Libia dejó imágenes insólitas: niños usando las joyas de Gadafi, rebeldes tirándose en bomba –nunca mejor dicho– a su piscina y la captura de dos soldados del régimen con camisetas del Barcelona. Sí, la 10 de Messi era su versión ridícula del camuflado. ¿Qué diferencia hay entre esos milicianos y un colombiano fanático del Manchester United? Si lo más probable es que ninguno de los dos pronuncie bien el nombre de su equipo lejano.

¿Un costeño del Chelsea? ¿Un cachaco del Milan? Si el fútbol es una cosa de tradición, de sangre. Uno no se vuelve seguidor de un equipo ya de viejo, y menos si este es de otro país. El hincha de verdad no se acuerda cuándo se fascinó con esos colores, cuándo cantó con furia un gol por primera vez, cuándo lloró con una derrota. Para la muestra, el Indio Pijao —coherente tolimense hincha del Tolima—, quien ha perdido decenas de trabajos por viajar con su equipo.

Amigo hincha de equipo extranjero, no se invente pasiones. Entienda que solo puede llegar a parecerse al Pijao en dos cosas: en la pinta de indio que coge con la camiseta chiviada del Arsenal y en que lo van a echar del trabajo por andar viendo la Champions League en pleno horario laboral.

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