Deberíamos empezar por el acento. Los caleños tenemos una forma particular de reemplazar las eses por jotas: en el habla coloquial bien arrastrada, que incluye mucho la pregunta “¿no cierto?”, siempre oiremos “¿no jerto?”, o “¿jerto que jí?”. Pero jamás nos comemos las eses finales, más bien las marcamos (“¿voss de dónde veníss?”) o las metemos donde no van (“¿vinistes o te fuistes?”). Además, reemplazamos las enes finales por emes: no comemos pan sino “pam” y brillamos los zapatos con “betúm marróm”.

Existen vocablos que solo pertenecen a la lexicografía caleña. Los caleños no se besan o se rumbean, en Cali la gente “se marca”, en Cali la gente no tira sino que (perdón por lo vulgar) “culea” o “picha”. En las muchedumbres caleñas, la gente “apucha”, que es sinónimo de empujar o apretarse: “apúchense ahí pa’ que quepan en la foto”. En Cali existen las “diablas”, vocablo que designa las nenas que no les presentarías a tus padres por vampiresas o porque son muy “guabalosas”. Por extensión la gente “se endiabla” o hay amigos de uno que son “diableros” porque salen con diablas o, para decirlo cariñosamente, “diablitos”. 

En Cali, la gente que gusta de llamar la atención habla duro, farandulea o termina en los bares bailando sobre la mesa, “aletea”, y quien aletea mucho es “alevoso” o “aleta”, que sirve también para designar el lugar donde se produce todo el aleteo. Pero quizá lo más representativo sea que en Cali no hay bolsas sino “chuspas”. A ello debe sumarse que los caleños hablamos despaaaaacio, nos tomamos nuestro tiempo, rumiamos las sílabas. Por eso, en todas las imitaciones televisivas o parodias radiofónicas, el caleño tiene hablado “de huevóm”, suena como un radio falloso de pilas o como un acetato que marcha a pocas revoluciones.

Los signos exteriores son más difusos, pues mientras la caricatura de un paisa requiere un carriel, un poncho y un sombrero aguadeño, o para el costeño basta un sombrero vueltiao, el caleño tiene una pinta más anodina. La pinta estándar del caleño quizá sea una camiseta de cuello tipo polo, bluyines y zapatos Top Sider, los cuales seguro no han sido descontinuados porque se usan masivamente en la Sultana del Valle.

Tendríamos que fijarnos en las costumbres, la etología del caleño. Tomamos jugo de borojó, champús y lulada; comemos chontaduro, grosellas y mango biche con sal, nos parecen una herejía absoluta, un verdadero insulto los pandebonos con bocadillo; nos gusta la salsa y nos encantan las caleñas, que sí son como las flores, qué duda cabe.

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