Para que usted pueda distinguir fácilmente a un intelectual colombiano debe saber que él tiene una debilidad por la ropa brillada, tal vez porque en ella ve reflejada su brillante mente. Si se le acerca un hombre con pantalón de dril, blazer delgadito, un fino buzo cuello tortuga (no porque sea de marca, sino porque su tejido está tan roído que más que un saco parece una camisetilla) y apestando a naftalina, mi sugerencia es que cambie de acera. Si este personaje lo intercepta, lo tomará del antebrazo de manera amigable pero firme y no lo soltará jamás.

Pasará horas leyéndole en voz alta sus ensayos y aforismos y luego lo obligará a ordenar alfabéticamente su biblioteca. Le hablará sobre ejemplares únicos de obras del reconocido director “Gurí Alan”, del pensador “Vitgeshtain”, del romántico alemán “Guuut” y de la trinidad francesa: “Flobé, Zzzsolá y Volté”. Usted, confundido, no sabrá si le está formulando remedios contra las hemorroides o si está practicando cantos guturales. No entre en pánico. Solamente se está ejercitando en el pasatiempo favorito de nuestra intelectualidad: la sobreactuación.

Abra bien los ojos porque en Colombia no hay un tipo unívoco de intelectual, sino que hay diferentes ramas. La Obdulista, defensora de la derecha; la Bulinista, defensora de la izquierda; la Egocentrista, defensora de su ego, y la Turbay-Ayalista que no sabe muy bien lo que está defendiendo. Puede parecer confuso a primera vista, pero no se preocupe, todos están luchando por causas perdidas: ora la Seguridad Democrática que nos liberó del terrorismo, ora mantener controlado el precio del cigarrillo Pielroja, ora dejarse crecer el pelo so pena de alopecia, ora mandar poner calentadores para que en el Teatro Julio Mario Santo Domingo no haga tanto frío.

Si usted decide salir a dar una vuelta con este personaje tenga en cuenta las siguientes recomendaciones. Vaya bien hidratado porque le espera una caminata larga en donde cada vez que vean una zorra en la calle exclamarán: “¡De eso hablaba Gabito! Esto es Macondo, realismo mágico” y se despachará horas en anécdotas sobre García Márquez en las que, curiosamente, el protagonista no será el escritor sino su acompañante, quien fue el que primero lo leyó, el que lo descubrió, el que le sirvió un ron o el que le sonó los mocos.

Vaya bien comido. Lo más probable es que la caminata termine en baile, pues el intelectual colombiano no es fanático particular de ningún equipo deportivo, pero sí es hincha del traguito.

Prepárese. Ese gentilhombre que todo el día ha reivindicado el valor de la cultura afro y de la liberación femenina estará alicorado echando madres sobre los negros, los indios y acosará a cuanta muchachita se le atraviese. Mucho ojo: el intelectual colombiano es un viejo puerco y las jovencitas saben cómo evadirlo. Mi recomendación: préndase a una de ellas y escape hacia la libertad. De lo contrario le espera una amanecida entre trovas, versos y uno que otro desvarío sobre el Estado laico.

Un último consejo: sea muy discreto con estos tips, pues los intelectuales estarán alerta. Todos lanzan improperios contra esta revista y juran que jamás la han visto pero serán los primeros en enviar epístolas larguísimas sobre cómo nadie en sus cabales agruparía a Flaubert, Zola y Voltaire o sobre cómo es de bárbaro burlarse de calvos que se peinan con cola de caballo. 

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