No llego a pillar muy bien por qué a un visitante extranjero (a un turista de esos que vienen a Colombia a meter perico, hacerse poner tetas, comer mala comida japonesa, hastiarse de chicha en La Candelaria de Bogotá, comprar ropa de marca en los centros comerciales que venden las mismas vainas que vio en el aeropuerto, a nadar en aceite o carbón en nuestras lindas playas o a mamarse las risotadas oligofrénicas de Salvo Basile) podría interesarse por saber cómo son los políticos colombianos.

Habiendo tantas personas, cosas, drogas, eventos y lugares maravillosos en Colombia, pues no veo cómo un turista podría interesarse en conocer al menos chévere, al más falso, al de peor gusto, al más ladrón, más racista, clasista, doble moralista y etcétera que se ofrece en el exquisito ‘target’ de los individuos de este país en obra negra.

Pero claro, bien puede pasar que el o la turista que pasea por la Plaza de Bolívar de Bogotá, la plazoleta Nutibara de Medellín, o la Plaza de la Paz de Barranquilla se cruce con varios de ellos.

De ser así, partiendo de que se trata de una mera casualidad y de que nadie viene a este país a buscar o a ver a esos adalides, quisiera en lugar de hacer una síntesis antojadiza de todas las virtudes y defectos de los políticos, por lo general estereotipada, quisiera, digo, más bien tratar de dar pinceladas sobre lo que creo que es el prototipo del político colombiano.

Ahí voy, amigos viajeros…
El prototipo del político colombiano, más que por su cultura política o su ideología (generalmente ni sabe qué es eso), es identificable por sus rasgos sociales y sus costumbres. Es decir, más por lo que hace o deja de hacer que por lo que piensa.

Ese personaje sienta precedentes que los demás siguen: alguna vez dijo que la corrupción debe siempre andar en sus justas proporciones y así se hace y así se hará. También se le ocurrió en un relámpago de inteligencia militar consolidar una tesis: que en este país hay gente que se autotortura para desacreditar a los organismos de seguridad del Estado.

El político colombiano viene de algún partido tradicional, pero como por esos lados la competencia se ha vuelto dura, se inventa el suyo. Cuando hacía parte de ese partido, decía ser social demócrata pero muy pronto se volvió neoliberal, rasgo contemporáneo fundamental.

Como todos, nuestro prototipo escala, trepa, desde los concejos municipales hasta llegar a la gobernación de su departamento. Una vez allí suele utilizar —de manera, digamos, cuando menos contradictoria— los helicópteros oficiales. Para ese político prototípico en Colombia son muy importantes los helicópteros para hacer vueltas y, claro, …los aviones. Él es y debe ser un avión y lo mejor entonces es dirigir la Aerocivil. Si lo logra (a veces pasa) desde ahí va pidiendo pista para grandes cosas.

Parte de su acción política piadosa, porque él es ultracatólico, es dar licencias.

El político debe tener finca, no, mejor… fincas, no lejos de los aeropuertos de importantes ciudades para acudir a tiempo a la cita con la historia. En sus fincas para afincar (verbigracia) su autoridad, construye una relación dialéctica con sus trabajadores amenazándolos con que les va a dar en la jeta.

Para él, eso de la plata es fácil. Cree y comulga con la posibilidad de hacer empresa rapidito y sin agüeros. Esas creencias de desarrollo de la inversión… de valores y del culto al trabajo se las hereda de educada manera a sus hijos.

En materia legislativa le interesa la no permanencia de la ley. Unas veces sí otras no, depende de la coyuntura. Tiene una visión de la política antipolítica, no por marginal sino por amante del poder per se. Las instituciones le importan poco, detesta la justicia pública, le gusta la privada.

En los sesenta al personaje le gustaba salir a jartar aguardiente en las tiendas vecinas de su palacio. Un fotógrafo de prensa le hizo una instantánea meando en una esquina y el político le dio en la jeta. Desde entonces quedó con esa maña. Para él la oposición y los periodistas que le son adversos no son parte del equilibrio de la democracia, sino del terrorismo.

Tiene, y nadie lo duda, una inteligencia superior. Como buen político, se rodea de personas que estén al nivel de sus escrúpulos. Cobija a intelectuales premodernos que le soplan la lección de su propia doctrina.Enamorado de la plutocracia, piensa que todo se puede comprar, hasta los votos en el Congreso. Cree que solo los empresarios merecen la ayuda del Estado. Porque los pobres nunca han sabido qué hacer con la plata.

En los años sesenta ha sido un cascarrabias, él ha sido un sonreído hombre en los setenta o un cínico diablo, poeta en el poder en los ochenta, tartamudo en la misma década, tutor de un kínder en los noventa o domador de un elefante y a veces observador lánguido de sillas vacías.

Sus problemas personales de fondo los soluciona con un psiquiatra más perverso que él, capaz de desmovilizar una guerrilla inexistente… o con goticas. Suele dejar este prototipo una larga y aromática cola de corrupción con un país vuelto eso.

Le encantan los sótanos de los palacios para que entre el lumpen, le gustan las sentencias rebajadas para los que solían darle votos, cree que el Estado es de opinión y le gusta —a pesar de todo esto— que lo respeten.

Bueno, se me queda el 95% del perfil en el tintero. La lista de sus características puede ser más larga que ocho años en el poder. Pero creo que con estos datos someros el amable lector que llega a nuestro lindo país, ya sabe cómo es él. Y se dará cuenta de que él… son también ellos.

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