En Bogotá, quizás a diferencia de todas las ciudades del mundo (a menos que ya estén copiando la modalidad), al tomar un taxi, un pasajero corre el riesgo de vivir su peor pesadilla: que le hagan el macabro paseo millonario.

El asunto es sencillo. Las agencias de viajes deberían advertir a los turistas difundiendo un listado de características para reconocer a golpe de vista a un taxista honorable (los hay) de tal manera que un pasajero, al menor indicio de estar siendo conducido por un farsante, pueda abrir la puerta y lanzarse de bruces a la calle para evitar el plagio.

Un taxista colombiano de verdad se reconoce fácilmente. Así es que tenga en cuenta estos consejos antes de tomar un carro amarillo en una esquina cualquiera:

Lo primero que debe advertirse es que un verdadero taxista, si se detiene cuando usted le hace la seña (eso ya es un milagro), jamás lo lleva a donde usted quiere ir sino a donde a él le conviene.
Si es viernes a las 5:00 p.m., está lloviendo y el taxista lo recoge con una sonrisa y acepta llevarlo a su destino sin objeción, tírese por la ventana de inmediato.

Una vez adentro del vehículo asegúrese de que el espaldar del copiloto esté completamente recostado hacia delante. Esta es una técnica que un verdadero taxista utiliza para mirarles las piernas a las pasajeras con el pretexto de poder vigilar los movimientos de un posible asaltante. Porque hay que decirlo, en Colombia también atracan a los taxistas.

Colgada del espaldar del copiloto debe haber una planilla con la foto del conductor. Fíjese que la foto no coincida en lo más mínimo con la cara del conductor para asegurarse de estar en buenas manos.
Uno de cada tres taxistas reales usa un espaldar de bolitas de madera. Si no lo tiene, sospeche.

El verdadero taxista siempre tendrá un ambientador Glade instalado sobre la salida del aire acondicionado o, en su defecto, un chamizo de eucalipto detrás de la silla del pasajero. No se baje. Piense que es preferible llegar a la casa oliendo a motel que no llegar.

El taxista verdadero nunca tiene vueltas, conduce como un demente y no respeta las señales. Si está lloviendo le cobra el doble y si es Día sin Carro, lo que le dé la gana. Y es mejor pagar el sobrecosto porque los taxistas colombianos son solidarios. Tienen montada una red de apoyo inspirada en las Convivir, que les permite acudir en gavilla en cuestión de segundos para apoyar al compañero varilla en mano.

Oyen radio y hablan por radioteléfono simultáneamente y a todo volumen: en la mañana, Julito; a mediodía, Giovanny Ayala, y en la tarde, La luciérnaga. Hacen comentarios procaces en clave sobre la operadora de turno, están enterados de todo y todo lo comentan en tono airado con el pasajero, que por lo general preferiría permanecer en silencio. Dicen tener pruebas para asegurar que político que se respete es marica, que los jugadores de la selección son proclives a las putas y a las bacanales más escandalosas, aunque ningún medio haya dicho jamás algo parecido. Aluden sin empacho a las madres del alcalde, los políticos, los guerrilleros, los paramilitares, los curas (no sin razón) y siempre tienen una solución sencilla y de una claridad pasmosa para todos los problemas que nos aquejan a los colombianos.

El buen taxista tiene “un parche”, un lugar estratégico donde se encuentra con los colegas en la madrugada para tomar tinto de termo a sorbitos para no dormirse, empinado y sacando el culo un poquito para no quemarse. Y pastel de yuca con ají casero para que valga la pena la inversión en ambientador.

Siempre tienen a mano una toallita medio sucia o una bayetilla comprada en un semáforo. Un espejo retrovisor del que pende lo más preciado. El patín de lana de un recién nacido, una camándula, una estatuilla de la Virgen del Carmen, un banderín del equipo o un par de dados de felpa son los más osados.

El taxista colombiano es una buena persona, trabajador honesto, cauto, digno de toda confianza. Juzgado injustamente por culpa de quienes, abusando de su buen nombre, inventaron el miserable paseo.

Hace poco, en Bogotá, un búfalo logró escapar del Frigorífico San Martín y se dio a la fuga por las calles capitalinas en busca de un mejor destino, con tan mala fortuna que a las pocas cuadras fue arrollado por un taxi. En Bogotá hay alrededor de un millón de vehículos particulares, aproximadamente cincuenta mil taxis y no es muy frecuente encontrar un búfalo deambulando por las calles. Macabra coincidencia. Me cuesta creer que haya sido precisamente uno de estos caballeros del volante quien terminó cegando la vida del pobre rumiante.

De modo que si usted toma un taxi en la calle, asegúrese de que el conductor reúne algunas de estas características para saber que se trata de un verdadero taxista colombiano, porque, de lo contrario, podría tratarse de un excongresista en libertad bajo fianza, cuadrándose unos pesitos mientras resuelve su situación.

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