Flaco favor, Belisario, flaco favor nos hiciste a una generación entera de adolescentes. Te respetamos por haber movido los festivos a los lunes. Pero tu política macroeconómica de cerrar las importaciones nos condenó al mal vestir. Crecimos sin gusto. Sin estética. Sobrevivimos, sí, pero embutidos en unos jeans Levi’s 501 que no hay novia nacida en la era de la apertura que logre cambiarnos.

Entre el 82 y el 86, para un extranjero llegar a Colombia era como aterrizar hoy en Corea del Norte: todos estábamos uniformados. ¿Por qué? Porque el presidente, con el argumento peregrino de salvar la economía, impidió la llegada de bienes y servicios que el país podía producir. En términos prácticos: si había tenis Croydon, Jogger o Panam, ¿para qué vender Reebok, Adidas o Nike? Si se producía bluyín Caribú, ¿para qué jeans Girbaud? ¿Florsheim teniendo a Jovical? Esa fue la lógica económica que nos rigió. A este periodo, al de Belisario de vestido de Everfit de paño nacional, se le conoce como la patria boba de la moda.

Entonces, el país era uno próspero y prolijo... en guerrillas: las Farc, el ELN, el EPL, el M-19. Todos de izquierda. Y si de algo sabe la izquierda es de vestirse mal. Lo hacen adrede. En resumen, los jóvenes estábamos todos uniformados: unos, de militares; otros, de guerrilleros, y el resto, de sacos Shetland a rayas, bufanda y saco en la cintura. O, los no tan afortunados, de sacos Zephir. Así nos tocó. El almacén Gente Joven era como el Indumil de los civiles.

En los debates se escuchaba a Junguito, ministro de Hacienda:

—¿Para qué Calvin Klein si ahí están los calzoncillos BVD? ¿Para qué Ralph Lauren si hay surtido en las bodegas de Alberto VO5?

—Y ¿Victoria’s Secret, ministro? —intervenía la joven ministra de Comunicaciones Noemí Sanín.

—Ahí están los almacenes Tania.

—Pero Rober…

—¡Espera a que seas canciller!

Nos petaquearon. Lo más parecido a Hugo Boss era el almacén Sears. Nuestro Zara fueron los almacenes Only. Las camisas “tipo polo” eran marca Pat Primo, y las verdaderas Polo solo llegaron en el gobierno Gaviria con el revolcón y la apertura cuando ya el daño estaba hecho.

En los ochenta, decir me voy de shopping era anunciar un viaje a Maicao en La Guajira. Ahí conseguí mi relojcalculadora, tatarabuelo del iPhone 5, que no vendían en J Glottmann. Si alguien decía: “Me voy de compras”, se sabía que su destino eran Los Tres Elefantes o San Victorino. Y así vivimos, en un país cercado, donde lo más familiar a Óscar de la Renta era un cantante que se llamaba Óscar Golden.

La medida macroeconómica tuvo efectos devastadores. Uno muy claro: los primeros grandes contrabandistas que conocimos fueron nuestros propios padres. Venidos a delincuentes, fueron los pioneros en el uso del verbo encaletar. Y lo hacían en cuanto podían en sus maletas de viaje. Era motivo de júbilo cuando del doble faz de una maleta aparecían unos Reebok originales, una camisa con el anhelado caballito o el soñado cocodrilo en el pecho. No había devoluciones ni garantías. Si un progenitor no sabía hacer la conversión de la talla 40 nacional en la 9 americana, no había caso, uno estrenaba tenis tres tallas mayores. —Igual usted crece todo los días —alentaban sin más. A esto sumábamos algún perfume comprado en la isla de San Andrés: Azzaro, Drakkar o Colors. Todo sin pagar un peso al fisco.

Otra consecuencia de la política fue llevar al colombiano a sacar lo peor de sí. La creatividad nacional —como quería Belisario— hizo su aparición. —Ya sé —dijeron los empresarios—. Si lo que quieren es ropa extranjera, pues ¡avispas!: pongamos las tiendas con nombres en inglés. Y así fue. Para crearnos la sensación de estar en la Quinta Avenida de Nueva York, aparecieron en cascada: Jeans & Jackets, Junior Express, Tennis y Spring Step. Luego pasamos al producto: North Star y jeans Bobbie Brooks. Nos volvimos unos híbridos, como lo refleja esta marca de guayos de los ochenta: Guayigol Trainer (mal escrito).

El emprendedor colombiano fue más allá. Pasó al engaño. Y apareció Adidas en forma de dislexia: Abidas. Adquirió una extra “o” la marca Darioo. Y con un cambio apenas perceptible a la vista aparecieron los tenis RedBrook. Todo fabricado en alguna bodega informal del Restrepo de fácil compra en Hevea, que era nuestro Timberland. ¡Tu sueño de impulsar la industria nacional, Belisario!

Pero repito, sobrevivimos. No nos dejamos contagiar de las medias blancas de Michael Jackson, aunque vestimos sin tregua medias de colores y rombos. La moda de Madonna, de prenda sobre prenda, de medias sobre mallas, sí nos invadió y generó casos de deshidratación en la costa caribe. Nos opusimos, sin embargo, a vestir las trusas fucsia del grupo Menudo, a quienes la aduana nacional sí dejaba ingresar sin aranceles al país. —Bien puedan, sigan —les decían a los puertorriqueños. Era el mundo al revés.

Un publicista visionario ilustró este caos. El comercial de zapatos Jazz mostraba a un grupo de mujeres interrogando a otra:

—¿Y de dónde son tus zapatos?

—Los traje de Miami.

De inmediato, el grupo reviraba inclemente:

—¡Mentiras, mentiras… son Jazz!

A eso nos llevó la economía. A aparentar. A negar el producto interno. A desear el producto extranjero. A dividirnos entre originales y copias. Y a delatar, sin empacho, al impostor. Bien mirado, siempre fue que nos jodiste, Belisario.

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