1. ¿Qué tan peligroso es meterse a la piscina después de comer?
 
Un lugar común en los paseos familiares es el siguiente grito de la mamá a los niños después de almorzar: ¡Tiene que esperar una hora antes de meterse a la piscina! Varios años después, decidí comprobar en carne propia cuánto de verdad hay en esa advertencia que tanto profirieron nuestras mamás en los paseos.

El almuerzo fatal me espera en la mesa, casi sonriendo al sospechar que puede ser la causa de mi deceso. Lo ataqué con calma, esperando evadir la digestión con mordidas lentas y mucho líquido, pero no hubo caso: terminé de comer y estaba repleto, inmovilizado por la pesadez. Minutos después estaba mirando a mi asesina: una piscina cubierta en un edificio del norte de Bogotá. Me zambullí con deleite, pensando en disfrutar mientras me durara el corazón. Nadé un poco, sumergí la cabeza, floté, casi me duermo, y esperé en vano el infarto anunciado.

La razón por la que no pasó nada es la siguiente: al terminar de comer, el 80% del flujo sanguíneo está dedicado a la digestión de los alimentos, y el restante 20% se reserva para el resto de las actividades corporales. Si el cuerpo es sometido a actividades fuertes, puede ser víctima de calambres, paros respiratorios y, finalmente, un infarto. Sin embargo, cuando la actividad es poca (ejemplo, mi precaria sesión de natación) no pasa nada. En últimas, queridas mamás, la culpa no la tiene la piscina. Su hijo se puede morir después de comer si se esfuerza en exceso, así nade, juegue fútbol o tenga sexo, pero la pileta de agua es inocente.

2. ¿Se puede torcer uno si plancha ropa y después saca algo de la nevera?
 
Nunca entendí por qué nadie era capaz de sacar nada de la nevera cuando en la casa se planchaba ropa. Después me explicaron que el calor de la plancha podía hacer que la persona se torciera si entraba en contacto con el frío.

Como en mi caso no hay mucho que perder y las posibilidades de quedar con la nariz a la altura de los ojos no era una gran amenaza, me lancé a atacar un par de pantalones y una camisa con la plancha (la cual tuvieron que enseñarme a usar antes). Durante casi una hora traté de eliminar las arrugas con el calor del aparato, y tengo que confesar que si fracaso como periodista puedo ensayar planchando ropa a domicilio, pues no lo hice nada mal. Al terminar, salí corriendo a la nevera más cercana, metí las manos y la cabeza, esperando el fatídico momento en que la tensión de uno de los músculos faciales me revelara el momento en que mi cara quedara chueca. Como no pasaba nada, abrí la puerta del congelador y me metí de narices, tentando al frío después de mi sesión de plancha. Tras varios intentos de darles la razón a todas las mamás del mundo que se aterran ante una nevera abierta después de exponerse al calor de la plancha, concluí que todas ellas, incluida la mía, son unas mentirosas.

3.¿Sirve el jugo de limón y el agua de menta para curar la indigestión?

Después de empujarme una picada de morcilla, chorizo, papa criolla, cerdo, pollo, arepa y patacón, me expuse a algunos remedios caseros para la indigestión.
 
Limón: El jugo de limón puro corta la grasa y reduce la pesadez. O por lo menos eso dicen. Me tomé un vaso y esperé, dilatando las ganas de entrar al baño, confiando en esa pequeña bola verde que habría de sacarme al demonio. Por un momento creí que me aliviaba, pero solo fue una pequeña tregua. El limón disfraza la indigestión, pero no la alivia.

Agua de menta: Dice Michael van Straten, médico autor de El libro familiar de los remedios caseros, que la menta es la reina de las hierbas contra la indigestión. Y ahí estaba yo, eterno enemigo de las aguas aromáticas, frente a una taza humeante y con olor a crema de dientes. Me la tomé toda, y con la cabeza gacha debo decir que fue bastante efectiva contra la grasa que me invadía. No me quitó del todo el malestar, pero lo redujo bastante.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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