Señor extranjero: lo primero que debe saber antes de una noche de fiesta en Colombia es que, independientemente de su nacionalidad, usted es un gringo. No importa si en realidad es alemán, australiano o brasileño, si su pelo es ligeramente rubio, su piel levemente pálida o su acento algo enredado, para un colombiano promedio, como yo, usted nació en Estados Unidos. Entonces tenga en cuenta que, cuando alguien diga “gringo: tómese otro guaro, o es que le dio miedito” o “gringo, esa hembra le está echando gafa, hágale la vuelta”, se está refiriendo a usted. (Este artículo no aplica para ecuatorianos, bolivianos, paraguayos ni para nuestros hermanos costeños de Venezuela).

Su primera parada será un bar donde su anfitrión ordenará cocteles peligrosamente exóticos, como una cueva de morgan o una guaya. La cueva es una combinación letal de licores baratos que saca humo por el efecto de un hielo seco y está servida en una especie de balón de destilación. La guaya es otra combinación letal de licores baratos que, por lo general, es de color verde y está servida en una pecera. Al ver la carta, don gringo, usted seguro pensará: ¿a quién se le ocurre zamparse un revuelto de vodka, rones blancos y oscuros, brandy, ginebra, whisky y triple sec? Pues a los colombianos y a usted.
Mareado y dando tumbos, se montará a un vehículo con luces de neón, frutas en el techo y unos parlantes capaces de dejar sordo hasta al más verraco. Eso significa que llegó a la segunda estación de su noche: el paseo en chiva. La chiva es una especie de buseta que sirve como transporte de campesinos, objeto miniatura para adornar las casas de la clase media o discoteca móvil donde solemos celebrar la llegada de diciembre con nuestros compañeros de oficina. Porque nosotros no nos quedamos atrás. No, señor. Así como los franceses hacen fiestas en los barcos que navegan por el río Sena, los colombianos parrandeamos en un camión que serpentea entre los trancones de nuestras ciudades.
Ya adentro, míster, empezará el maratón de aguardiente, licor anisado y símbolo nacional que acá bebemos hasta la inconsciencia. Una advertencia: puede venir envasado en caja de cartón, como algunos vinos de cocina. Es su problema si quiere asumir el riesgo de tomar del pico baboseado de esta. 
Sin duda, usted lucirá un sombrero vueltiao, liderará un trencito, alguna chica le bailará reggaetón entrepiernado —con la esperanza de que se case con ella y pueda pedir la nacionalidad de su país en un futuro— y le pasará la vida por delante cuando el chofer tome una curva a lo Juan Pablo Montoya: otro de nuestros símbolos nacionales, tan difícil de pasar como el aguardiente. Tranquilo, aunque la mayoría de las chivas no tiene puertas ni ventanas, por alguna extraña razón ni el más borracho se cae al pavimento. Debe ser porque “Dios es colombiano”, como repiten los narradores deportivos. 
Aunque no lo crea, todavía falta una parada, la discoteca de moda: un lugar donde un tipo con gabardina le dirá que no puede entrar porque no es amigo del dueño o no está bien vestido. Si de casualidad logra pasar ese filtro, su noche terminará cantando plancha. Porque no importa si es un sitio de electrónica, salsa o vallenato, cuando la fiesta termina, todos los alcoholizados asistentes cantan en coro como el macho mexicano Juan Gabriel: “Queridaaaaa... Dime cuando tú...”
Ahora, si tiene suerte y no entra, lo más probable es que termine en la casa de un desconocido con un enano mariachi o en una whiskería, que es la forma elegante como nos referirnos acá a los burdeles. Luego irá a su hotel con un taxista que le cobrará el doble de lo que cuesta la carrera y le pedirá una propina “voluntaria”. 
Un consejo para el día siguiente: no vaya a la casa de quien le dijo horas antes que lo invitaba a almorzar. No importa qué tan insistente haya sido, los colombianos no cumplimos ese tipo de promesas. Aunque estamos convencidos de que los borrachos siempre dicen la verdad, y nos ufanamos de ser los más borrachos, a la hora de hacer valer nuestra palabra no somos más que una partida de mentirosos.

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