Usted es un extranjero en Colombia. O sea que anda en shorts bajo la lluvia. No entiende por qué todo el mundo lo trata como si fuera de su familia. Le fascina preguntar: “¿tú tienes pico y placa?”. Sonríe a los transeúntes criollos como si fueran artesanías: aborígenes que conservan tradiciones tales como saltar de la buseta en movimiento o responderles a los taxistas “míreme este…”, así, entre dientes, cuando lo bajan del carro porque “no, hermano, yo a esta hora no voy por allá”. Usted es un extranjero en este país: los nativos lo elogian hasta el cansancio, le dan palmaditas en la espalda, se enamoran de usted. Pero tiene un gravísimo problema: no ha tenido tiempo para contratar la televisión por cable. Y entonces llega a su apartamento cada noche, después de una jornada de trabajo llena de conflictos sin sentido (las oficinas colombianas son lugares llenos de culpa en donde todo el mundo está muy ocupado pero nunca pasa nada), resignado a ver los canales que tenemos.

Amigo extranjero: usted ha comenzado a acostumbrarse a nuestros canales como el náufrago que comienza a ver alucinaciones en una isla desierta. Ya no le sorprende que cada día haya ocho telenovelas, cinco programas de noticias y alguna excepción a la regla: quizás un partido de fútbol narrado por algún personaje con vocación de pastor carismático. Al principio no entendía por qué los galanes criollos tienen que andar bronceados y aceitados por la pantalla, por qué aquel presentador de deportes grita como un payaso de restaurante, por qué las presentadoras de farándula actúan como si no hubieran oído el resto del noticiero, por qué están todas esas personas jugando impunemente a Grey’s Anatomy, por qué acá las series para niños son los melodramas mexicanos, porque todo, absolutamente todo lo producido en Colombia, al final tiene cara de reality. Y, sobre todas las cosas, por qué al Canal Uno solo llega spam.

Piense en eso: en cómo sería la vida si lo único que uno recibiera fuera spam. Y la respuesta es el Canal Uno.

Querido extranjero: usted se rindió hace tiempo con nuestros canales privados. No espera noticias de ellos ni en los noticieros. Ve las telenovelas como quien tiene que tomar la séptima, en Bogotá, para ir al trabajo. Pero tiene un talón de Aquiles: vive fascinado con el Canal Uno. 

Piensa que hay que subir a todos los personajes del canal a YouTube, de Jorge Barón al mono de Sweet, para ponerlos a competir con la pequeña Wendy Sulca. Piensa que cuando se ve el Canal Uno pasa lo que pasa con El Tiempo del sábado: que, tal como a uno le incomoda El Tiempo porque no lo deja leer los catálogos publicitarios de almacenes tan serios como Los tres elefantes, Falabella y K-Tronix, a uno le parecen inútiles los programas responsables del Canal Uno porque la gracia es ver esos borrosos magazines de salud, constatar día tras día que El show de las estrellas no fue una alucinación, fascinarse con los ojos entrecerrados del periodoncista (esto es: un periodista odontólogo) Marlon Becerra, pasmarse ante la risita perversa de Jorge Duque Linares en el espacio de autoayuda Actitud positiva, sospechar de esos monólogos cariocas y llorosos, dignos de película de David Lynch, de Pare de sufrir. 

Usted se duerme viendo el Canal Uno, apreciado extranjero, para entender cómo este país ha ido dilapidando su televisión como ha dilapidado sus culturas. Y al otro día, en la calle, en los buses de ida y vuelta y en esas oficinas donde solo se oye “se lo tengo a más tardar la otra semana”, sonríe a diestra y siniestra porque esta pobre gente aguanta demasiado.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.