El bufón debe esconderse detrás de los telones negros antes de que se agote la cuerda de su pantomima, antes de que un arrebato de locura y vanidad lo obligue a sentarse en la postura del pensador para explicar la profundidad de sus ingenios. Y debe entender que la risa es una mueca pasajera, además de contagiosa y voluble, y que las fábulas torcidas que la invocan no constituyen claves poderosas para cambiar el mundo sino sencillo alpiste para las urracas.

Es una lástima que el más celebrado de nuestros bufones contemporáneos incumpla esos dos elementales mandamientos con tanta pasión. Pero bueno, eso lo convierte en un artista integral: unas veces da risa y otras veces da grima. Porque la etnografía familiar de Andrés López, su repetición de rutinas domésticas y su colección de gazapos sociales con banda sonora tienen momentos dignos de carcajada. Pero cuando el "soldado de la felicidad" deja salir al sociólogo tegua que lo habita, todo cambia para mal. Comienza la cantaleta sobre sus hazañas y sus revelaciones, el recuento de su infatigable labor de creación durante 15 años, la colección de nuevas claves para entender el país que ha descifrado. Por ejemplo, para el juego de burlas que se puede construir con nuestra manía de diminutivos, el humorista inventa una teoría que raya con la estupidez: "El diminutivo que muestra nuestra poca voluntad para relacionarnos con el otro: tiene que me regale otra arepita… Todo es en diminutivo cuando no queremos confrontar nuestra comunicación con el otro, somos cobardes y nos ponemos debajo de nuestro derecho a exigir atención". Es lo que el comediante pensador llama su trabajo de "ordenamiento de nuestros territorios, nuestra esencia, nuestra socio-etno-cultura". Plop.

Pero tal vez todo sea culpa de nuestro Congreso y sus payasadas solemnes que todo lo corrompen. Andrés López recibió la Orden Mérito a la Democracia en el Grado Gran Caballero en la comisión segunda del Senado. Durante la ceremonia el monigote de protocolo habló del "sutil análisis de la vida en Colombia desde 1970 hasta el 2000", del "investigador nato del comportamiento humano", de su compromiso cumplido "de cubrir su corazón y su alma de alegría, esperanza y crecimiento personal como proyecto de vida que sirve para detener la crisis de valores y principios de la sociedad actual". Parece que Andrés López se tomó en serio las palabras del humorista del Congreso, porque además de su nueva manía de dejarnos ver el reverso de teorías absurdas que ocultan sus agudezas, el comediante se ha vuelto un patético paladín de la felicidad, un triste predicador de la superación personal en medio del "mercadeo del caos" que imponen los archienemigos de la humanidad.

Es lógico entonces que sueñe con un disfraz de Buzz Lightyear. Cada vez con mayor frecuencia el comediante se ve oscurecido por un predicador barato que lleva bajo el brazo un librito llamado El camino a la felicidad. He terminado por temer que toque a mi puerta. Pero ahí no termina la extraña mezcla entre el erudito de los comportamientos humanos y el ángel de la alegría. Todo su cuento tiene además un toque

—una estocada, podría decir— de animador de dinámicas empresariales. Eso sí, certificado con estudios en "motivación organizacional con énfasis en educación". Porque impulsar impulsadores no es cosa fácil.

En definitiva el problema es que el salpicón de Andrés López, su frutita picada, es una revoltura indigesta de logos y logias: sociología, cienciología y logotipos de empresas por todas partes. Cuando algunos insinuaron que el mazacote se había convertido en purgante, el payaso contestó con los delirios de un triunfador perseguido. El "mercadeo del caos" tenía envidia y recelos de su éxito y sus descubrimientos. "El millonario en sueños" combinó entonces su cruzada contra los grandes poderes "supresivos" —no me pregunten qué cosa significa eso— con sus peleas personales. Entre los archienemigos están la psiquiatría, los medios de comunicación, la pornografía y las farmacéuticas. Andrés López lucha por un mundo sin drogas psiquiátricas, pero un alma caritativa debería ponerle todos los días una pastillita de litio sobre su mesa de noche.

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