Vaya, pues mira nada más: se cumplieron cien años del nacimiento de Cantinflas, ese personaje que nos representó a todos los mexicanos sin que lo hubiésemos elegido, cien años de encarnar la mexicanidad misma, o al menos esa mexicanidad de abajo, de muy abajo, que en realidad esconde a la de arriba, muy arriba. Nacido en 1968, yo llegué un poco tarde al esplendor de Cantinflas, pero en cambio viví mi juventud en medio de la proliferación de lo cantinflesco y del cantinfleo: aquí y allá, en la televisión y en la radio, uno creía todo el tiempo oírlo a él, escuchar sus frases de arrebatada sintaxis, sus hipérboles macarrónicas y sus dilatados anacolutos, su habla pueblerina, vivaz y energética, detrás de la cual no se ocultaba nada, excepto la obvia miseria del hablante y su talento para enmascararse detrás de esa feroz retahíla de palabras. Allí se cifraba su mérito: en encarnar él solo, con sus excesos retóricos y sus parlamentos desbocados, el lenguaje de nuestros políticos. Hablar, hablar y hablar sin decir nada, hablar a todas horas sin revelar las propias intenciones, utilizando las palabras no como vehículos de comunicación sino como escudos o barreras e impedir así que ningún sentido escape hacia el pueblo, estableciendo una distancia radical entre las palabras y las cosas. La carrera cinematográfica de Cantinflas eclosiona en los cincuenta: esa época dorada en la que los ciudadanos atestiguaban el milagro mexicano —otra expresión que podría haber sido acuñada por el cómico—, ese momento en el que México por fin se convertiría en un país moderno y próspero, amparado en las políticas del guapo y mujeriego presidente Miguel Alemán y del sobrio y mañoso presidente Adolfo Ruiz Cortines, ese momento, en fin, en que México despegaría y se modernizaría gracias al PRI. Pero, más que el de los peladitos de la época, de los miserables y los desamparados, de esos olvidados de Dios que aún abundaban en nuestras ciudades, lo curioso es que Cantinflas en realidad se hacía eco de las élites, de esos relucientes políticos trajeados y encorbatados, que inauguraban nuestra clase política. A partir de los años cincuenta, queda claro que México no es una democracia, aunque sus dirigentes no se cansen de afirmarlo. Esta es, quizás, la clave del cantinfleo: mostrar que uno puede perorar durante horas —como lo hacían los presidentes priistas en sus maratónicos informes de gobierno—, que es capaz de hilar oraciones y datos de manera inagotable, como si en verdad se quisiera informar de algo, cuando la ceremonia es apenas un tinglado cuyo objetivo es exhibirse tal cual, desnudo de contenido, con el único fin de mantener la apariencia republicana. El político dice que trabaja por la patria, que ha sido elegido en las urnas, que no hace otra cosa sino preocuparse por el pueblo, lo repite aquí y allá, sin resquemor y sin vergüenza, aunque todos sepamos —él en primer término—, que nada de eso es cierto, que él solamente se preocupa por medrar y enriquecerse, que solo sigue las órdenes de sus superiores, que a su vez solo siguen las del señor presidente, en una cadena de simulaciones que expresa la verdadera naturaleza del sistema político mexicano (de entonces y de ahora). Cantinflas se vuelve, entretanto, polifacético: como policía o cartero, como maestro de escuela o bombero, como soldado o sacerdote, sintetiza (satiriza) a la sociedad en su conjunto: porque todos somos intercambiables, porque todos participamos del juego perverso de hablar sin decir nada, de decir una cosa por otra o de no decir nunca lo que queremos pero, eso sí, negándonos a callar, como si el silencio fuese ya una derrota. En los sesenta, el sistema priista se consolida: después del presidente viejito y calvo, llega otro hombre mujeriego y simpático, y por supuesto mentiroso: Adolfo López Mateos. Cantinflas sigue allí, a su lado, como si cada nueva película —El extra, El padrecito, El señor doctor y sobre todo Su Excelencia, en la que se llama Lopitos, un logro supremo de burla a la censura teniendo en cuenta la coincidencia con el apellido presidencial— no hiciese sino dejar aún más claras las tinieblas del discurso público. El gobierno reprime a los médicos —personajes que Cantinflas humaniza—, pero a la hora de justificar sus acciones cantinflea sin remedio. El éxito de nuestro héroe en los sesenta es apoteósico: atrás ha quedado el peladito, más propio para un análisis de Octavio Paz que el pachuco de El laberinto de la soledad, y llega este Cantinflas poliédrico: si el público lo festeja, es porque sabe que esa desgarbada y chulesca figura que se pasea por las pantalla es el mayor símbolo de la nación. La crítica social está allí, qué duda cabe, pero también el equívoco, la connivencia con un sistema, el revolucionario, que sigue organizando elecciones que no cuentan, en ese otro acto teatral o más bien mágico que se celebra cada seis años. Llega así, de pronto, el 68 y, con ese año, la tragedia y la ruptura del pacto social entre el PRI y los ciudadanos. El cantinfleo se exacerba y los políticos superan las habilidades retóricas del comediante. El lacónico mandril Díaz Ordaz, que parece una reencarnación, en feo, de Cantinflas, sienta las bases; pero sobre todo es Luis Echeverría quien consigue superar a su modelo. El nuevo presidente necesita legitimarse a toda costa luego de la masacre de Tlatelolco y, consciente o no, tiene a Cantinflas por maestro: habla todo el tiempo, en todas partes, de todo lo que puede, multiplica los yerros y los lapsus, hasta que su lenguaje se vuelve aún más caótico y enrevesado que el de su ídolo cinematográfico. Una prueba: a principios de los setenta, la gente ríe mucho más con el alud de chistes que circulan en torno al presidente —a la torpe verbosidad del presidente— que con las ocurrencias del auténtico Cantinflas. Superado por los políticos, el comediante busca otros escenarios: se convierte en Sancho Panza, siguiendo la estela que lo había llevado a Hollywood como un inverosímil y brillante Paspartú (con el que incluso ganó un Globo de Oro). Aun así, el Cantinflas que yo más recuerdo, el que en verdad caló en mi generación, es el de los dibujos animados, Cantinflas Show, cuyos cuentos yo compraba afanosamente en los quioscos y luego veía por televisión con avidez, fascinado por el encuentro entre esos grandes escritores, inventores y científicos con el peladito. Aun si odiara a Cantinflas, tendría que reconocer que esas cápsulas me abrieron los ojos al mundo de la literatura y de la ciencia. En los ochenta, Cantinflas se desdora poco a poco y se convierte en un señor muy poco simpático, llamado Mario Moreno, que ahora se asume como defensor de los desprotegidos. México ha cambiado, y él ya no encuentra su sitio (de todos modos, tiene a América Latina a sus pies). No importa. Porque para entonces ha conseguido algo que ningún otro creador mexicano (ni Paz, ni Rulfo, ni Fuentes): que su imaginación se convierta en realidad. Al morir, Cantinflas dejó un país con millones de personas idénticas a él. Millones de imitadores —yo entre ellos— cantinfleando sin remedio. Yo cantinfleo, tú cantinfleas, él cantinflea… (La Real Academia recoge cantinflear: “Hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada”.) Me pregunto si algún día los mexicanos romperemos el hechizo y conseguiremos llamar a las cosas por su nombre.

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