Por culpa de esa sor Teresa de Calcuta que todas las mujeres llevan dentro, algunos hombres que nos bañamos a diario nos hemos visto condenados por una nueva peste afrodisíaca. Somos víctimas de una guerrilla sexual urbana de mechudos con aliento de Chubaka, que en los años noventa se autodenominaron ‘alternativos’ y que en el nuevo milenio transmutaron a lo que hoy conocemos como el mochilero play.

Soy mártir de un nuevo germen que ataca a las samaritanas, porque simplemente a las mujeres les fascina rehabilitar gamines. Y esa concepción católica que tanto nos subdesarrolla hace que nosotros, los bienaventurados del agua y el jabón, sigamos en celibato mientras ellas se dedican a darle de comer al hambriento.

Pero el centro de todo este problema está en la maldita mochila esa, que huele a cuy. La verdad, yo nunca entendí por qué la misma mochila que usaron los hippies de los setenta para guardar las piedras que le lanzaban a la Policía Nacional en la Nacional, ahora se ha convertido en un accesorio que las seduce y que en particular a mí me saca la roca.

En esa misma talega tejida por unos indígenas a los que les violan los derechos humanos y que al mochilero play lo tiene sin cuidado, guardan un iPod repleto de canciones que ni a ellos mismos les gustan y que solo usan como herramienta para disfrazarse de seres cultos, interesantes y de buenas intenciones. Así que aquí nos enfrentamos a dos ideas irreconciliables. Una mochila que carga un iPod es lo mismo que ver un BMW manejado por un traqueto, mientras suena Pipe Bueno. Es una paradoja: es como si me presentaran un nerd muy vago, un obrero al que no le gusta la pola, o un actor porno que desde siempre ha sufrido de disfunción eréctil. Pero ese argumento nada importa cuando ellas estiran sus labios para besuquearse y luego dárselo a ese sujeto que no se baña porque dice ser ecológico. Y lo peor de todo es que a la niña le parece súper cool que el primate se le quite la ropa y le deje el entorno oliendo a cul…

Pero todo es una farsa y, sin embargo, los mochileros plays se siguen mostrando como verdaderos artistas. Se peinan como si estuvieran recién levantados, andan por la calle con el pelo como si fuera un mango chupado. Usan gafas en recintos cerrados desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche, porque se venden como seres sensibles a la luz y sensibles a todo, menos a gastar plata en un buen morral con cremalleras que uno pueda poner boca abajo sin que se le rieguen las monedas. Se dejan la barba durante cuatro días porque les sirve para encender fósforos. Casi siempre son bateristas de una banda que no parece de músicos, sino de apartamenteros, y andan con una cámara que, según ellos, registra muy bien a las mujeres cuando están desnudas.

Algún mochilero play que esté leyendo esto pensará de inmediato en el eslogan de DMG: ‘Dejen trabajar’. Pero es el momento de prevenir un daño mayor. Lamento informarles a las niñas que esta es una pirámide falsa captadora de ingenuas, que no da interés sino interesados. Que ellos solo buscan en ustedes una madre sustituta, instituta y prosti... Que esta manada de micos peluqueados que empiezan desocupándoles la despensa y la nevera, siguen con la desocupada del apartamento y luego les van a terminar desocupando el corazón.

Así que guarden esas mochilas y saquen el morral: si de verdad quieren salir a rehabilitar y ayudar a los desprotegidos, vayan hasta Albán, Cundinamarca, a las Granjas del Padre Luna, salgan a rumbear a Armando Records con papá Jaramillo o déjense tomar fotos en bola de Elvira Forero, la directora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar.

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