Antes de comenzar con esta diatriba aclaro que algunas —muy pocas— canciones que se catalogan bajo el genérico de tropipop me gustan. Que esa formulita tantas veces repetida, a mitad de camino entre el güepajé y la balada romántica, tiene su encanto. Que algunos exponentes de dicho genérico (por no decir género, que no lo es) me parecen regias personas y que me parece más que natural que, a partir de Déjame entrar en tu mirada y Carito me habla en inglés, de Carlos Vives, se haya generado un —valga la redundancia— genérico (por no decirle corriente) musical que alguien bautizó como tropipop. Hasta ahí, poco o nada de diatriba.

Lo anterior viene al caso porque el grave problema que tengo con el tropipop no son necesariamente sus músicos y sus canciones (así la gran mayoría me parezcan intrascendentes), sino que las casas disqueras y la radio comercial lo hayan impuesto a sangre y fuego, con esa mentalidad a corto plazo que tanto les ha funcionado para que las estrellas efímeras que se inventan suban como palma y caigan como cocos.

Me enferma que la formulita se repita hasta el cansancio. Tal como lo describe Iván Benavides, es la copia de la copia de la copia, y ustedes saben qué pasa cuando uno le saca una fotocopia a la fotocopia de la fotocopia de la fotocopia. Eso es el tropipop que se oye por la radio.

Y me enferma esa fórmula facilista, diseñada para que muchachitos de estrato cinco y seis se emborrachen a nombre de Colombia es Pasión y El Mejor Vividero del Mundo, esa fórmula repetitiva que le ha quitado espacio a la diversidad de propuestas que hacen los músicos colombianos a partir del folclor.

Pero de los artistas del tropipop también me enferma que casi todos digan que desde niños oyen vallenato. Por favor, muchachitos del Gimnasio Moderno, del Campestre, de Los Cerros dizque oyendo vallenato desde la cuna...

¿Qué les cuesta decir algo verosímil? Por ejemplo, que descubrieron el vallenato pop gracias a Los Clásicos de la Provincia o a La tierra del olvido, de Carlos Vives. Que gracias a Aterciopelados sintieron curiosidad por meterle instrumentos colombianos. No sé, algo de ese estilo. Nadie les pide a esos muchachitos que reconozcan públicamente que son el resultado de un casting de caras bonitas para armar fans clubs que ayuden a vender discos o ringtones para celulares. Pero tampoco nos crean tan pendejos.

Como —por principio— nunca oigo esas emisoras comerciales, hago esta pregunta desde la ignorancia. ¿Qué pasó con Bonka, qué pasó con Sin Ánimo de Lucro, qué pasó con esos grupos de muchachitos cachacos de estrato seis disfrazados a medias de campesinos del resguardo Zenú donde "hacen empresa" los hijitos del presidente Uribe? Digo a medias, claro, porque el sombrero vueltiao y las gaitas con las que posan en las fotos pero que no tienen ni idea de tocar los acompañaban con bluyines, camisas y tenis de marca. Todo muy estudiado y diseñado por asesores de imagen para que estos músicos hechos en fábrica encajen en los clichés de pacotilla de Colombia es Pasión.

Por suerte es muy fácil huir del tropipop. Basta con no oír radio comercial, o con sintonizar Radiónica, la Radio Nacional o las emisoras universitarias. Y, reconozcámoslo, de tarde en tarde dejarnos seducir por el encanto de esa mezcla de güepajé y balada romántica. Pero en dosis mínimas y controladas. Que no se lo embutan a uno a sangre y fuego, por favor.

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