Pues bien, cuando SoHo me invitó a escribir un artículo sobre Instagram acepté con gusto e incluso dije que lo hacía gratis, ofrecimiento que la revista rechazó. Acepté porque yo, que no odio a nada ni a nadie, detesto hasta con la última de mis vísceras a Instagram y sus usuarios. No es nada personal, de hecho mi avatar en Twitter y mi foto de perfil de Facebook fueron tomadas con Instagram.

En un mundo lleno de redes para subnormales, Instagram es una red social para idiotas, pero idiotas bien idiotas. Para empezar, es una aplicación para sensibles sin talento que le vende a la gente la sensación de tener una habilidad de la que carece. La hace sentir cool, cuando en realidad es cula.

Tomar fotos con Instagram es como vivir empepado: cambia los colores, las texturas, los espacios; es decir, deforma la realidad; la embellece. La vida es aburrida, con razón la gente vive borracha o en Instagram. El otro día un amigo subió una foto pescando y le quedó tan bonita que tuvo cientos de “me gusta” y comentarios de amigos que le decían que lo envidiaban y que cuándo los invitaba a pescar con él. ¿De verdad quieren ir a pescar a una laguna en clima frío un domingo a las seis de la mañana? ¿No les parece el plan más tedioso? Eso hace Instagram, darse garra distorsionando la vida.

Y empezó como una aplicación para hipsters, personitas que se creen únicas y especiales, pero ahora la usan todos. Si el mundo ya está saturado de autofotos en el espejo, ahora calculen lo que significa de autofotos en el espejo, pero con filtro. El año pasado leí que Instagram sumaba un nuevo usuario y 58 fotos cada segundo. Para esa época, el número de imágenes superaba los mil millones. Ya no sé por dónde irá, lo que sí sé es que hoy tiene más de 150 millones de usuarios; 150 millones de imbéciles, de malparidos imbéciles, si me permiten exagerar un poco, pero no mucho.

Red de hipsters en Estéreo Picnic, de gatos (la única gata que falta por foto es Enilce López), de bebés y de almuerzos. No me pregunten por qué, pero en Instagram la gente cree que es importante compartir sus días soleados, sus mascotas, sus hijos y la comida que se va a comer. Si me preguntan, a esa aplicación le sobran platos y le faltan tetas. Y están los hashtags, que son lo más ridículo de una red ridícula. Ya tenemos los de Twitter, que son impresentables, pero los de Instagram se pasan: #Sol, #Locura, #Vida, #Felicidad, #Rumbita, #Abrazos. Todo es bonito, todo es colorido; lo dicho, como vivir empepado. Aunque el peor es #SinFiltro, que usan cuando cae el sol (hora pico en la red) y todos, todos suben a su cuenta fotos del atardecer porque son originales y sensibles.

Hace unas semanas hubo una carrera llamada The Color Run y la gente se quejó porque los participantes dejaron la ciudad hecha una porquería. A mí eso no me pareció molestia, que a la larga las ciudades están hechas para ensuciarse y limpiarse. Lo ofensivo fue ver Facebook (dueño de Instagram) inundado con las fotos del evento con todos sus participantes posando de locos e irreverentes, embadurnados de colores. Se veían tan felices que daban ganas de partirles la cara.

Cuando compré mi celular, el tipo que me ayudó a activarlo me preguntó que si quería que le instalara el Instagram, a lo que respondí de la manera más educada posible que prefería ver a toda mi familia violada y asesinada antes que tener cuenta en esa vaina. Y aunque no soy miembro, me la paso chismoseando a los famosos, por puro morbo, porque nuestra farándula es sosa, insípida y aburrida. No puedo despegarme del Instagram de Mónica Fonseca, por ejemplo, que sube 387 fotos diarias de su hijo: con traje de marinerito, disfrazado de chef, vestido con tirantas, usando el celular del papito, en el cochecito, durmiendo, babeando, con reflujo, cagando. En fin, la vida misma, pero en tonos ocres.

Por esto y otras cosas que no se me vienen ahora a la cabeza, es imposible no odiar Instagram. Después de la guerra, es el mayor indicador de la estupidez humana. ?

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