Dos Kim tienen al mundo en ascuas. Kim Jong-Il, el líder de Corea del Norte, que todos los días amenaza con descongelar y reanudar la guerra que tiene con sus vecinos de Corea del Sur y, de paso, atacar con armas nucleares a Japón y Estados Unidos. Y Kim Kardashian, la treintañera gringa, California girl de pura cepa, que en poco más de cuatro años se ha convertido en la reina absoluta de la frivolidad y va camino de instaurar una tiranía —mediática, pero no por eso menos férrea que la de su tocayo oriental.

Kim Jong-Il es un dictador peligroso —una orden suya bastaría para poner en marcha su ejército de un millón de soldados y desataría el Armagedón— y por eso mismo los líderes internacionales se lo toman en serio, pese a los ridículos —por no decir lambones— títulos con que se hace llamar como ‘Querido líder’ o ‘Gran dirigente’. Sin embargo, Kim Kardashian es más peligrosa porque nadie se la toma en serio.

Con su cara de mosquita muerta y su curvilínea y contundente figura tiene al planeta entero rendido a sus pies. Sin hacer nada, en sentido literal, ha reunido un ejército de nueve millones, ¡nueve millones!, de seguidores en Twitter. Una hueste dispuesta a seguir —con la misma docilidad que los niños al flautista de Hamelin del cuento de los hermanos Grimm— a su voluptuosa líder por los caminos de la ramplonería y la estulticia absoluta.

La historia de su ascenso está contada en un párrafo de Talento en TV, de Willie Colón. Aunque no fue hecha para ella, la letra de esta canción le cae como anillo al dedo y bien podría ser su himno.

“No tiene talento, pero es muy buena moza/ Tiene buen cuerpo y es otra cosa/ Muy poderosa en televisión/ Tiene un trasero que causa sensación”.

Kim no es famosa por ser hija del abogado de O.J. Simpson (el exjugador de fútbol americano y exactor que fue acusado de asesinar a su esposa) ni por haber integrado la corte de áulicos de Paris Hilton, su rubia amiga a la que destronó y le arrebató la corona de reina de la frivolidad. La pelinegra y trigueña Kim se volvió famosa en 2007 por tener sexo como Dios manda con su novio rapero, grabar en video su performance —en el que su trasero juega un papel estelar— y hacerlo público. En honor a la verdad, no se sabe quién ni con qué intención filtró las imágenes, pero terminó por hacerle un favor a la joven descendiente de armenios que hasta entonces lo único importante que había hecho era separarse de un marido que la golpeaba. Ella logró que la productora porno que lo distribuyó le pagara cinco millones de dólares por los derechos (ahora la empresa los está vendiendo por treinta millones de dólares) y aprovechó su cuarto de hora para comenzar su carrera de vedette de realities, el engendro televisivo con el que tiene una relación simbiótica.

Haciéndole honor a su apellido —Kardashian significa en armenio ‘hijo del albañil’— construyó con su trasero que causa sensación, ladrillo a ladrillo (porque eso son los realities en los que ha participado auténticos ‘huezasos’), un multimillonario negocio con su nombre como marca. Como en la canción de Colón, Kim “no tiene talento, pero echa pa’lante”. En la televisión lleva cuatro años mostrándoles a sus seguidores —que se multiplican a velocidades inusitadas por esporulación múltiple— cómo viven ella y sus hermanas en diferentes ciudades de Estados Unidos. El tiempo se le va gastando a manos llenas o parrandeando hasta que San Juan agacha el dedo.

Dinero no le falta, fluye a torrentes a sus cuentas bancarias porque por su condición de vedette le pagan por todo: por mencionar una marca en sus cuentas de redes sociales, por estar en la inauguración de algún sitio, por visitar un almacén, por respirar, por mirar, por estar, por dejarse fotografiar, por no hacerlo, etcétera. Cada vez que respira y contonea sus descomunales caderas se mueve la máquina registradora. Por eso, su imagen se multiplica en las pantallas. El año pasado fue la celebridad más buscada en internet. Este año puede volver a serlo gracias a su reciente matrimonio, del que lo único que le faltó vender fue un video erótico de la noche de bodas. Es probable que lo haya pensado, le habrían pagado millones sin rechistar, pero pudo más la mojigatería que ha ido cultivando a medida que crece su fama.

Kim, la reina indiscutible del porno amateur con un solo video, la que comparte fotos candentes con sus seguidores en Twitter (las del disfraz de pirata de Halloween hacen agua la boca) y luego pone cara de yo no fui, la que le dijo a su hermana frente a las cámaras sin ruborizarse “tienes una vagina mucho más bonita de lo que imaginaba”, la que exhibe en un primer plano su trasero enfundado en unos hot pants rosados en el video de una canción discotequera (tan mala que no vio la luz), asegura ahora que está arrepentida de haber posado para Playboy. Dice que lo hizo presionada por su mamá y, para hacer más convincente su historia, cuenta que se sentía un patito feo y se avergonzaba de su cuerpo: “Siempre tuve un trasero grande, pero me sentaba en la bañera llorando, poniendo toallitas calientes sobre mis pechos, para tratar de reducirlos. Le rogaba a Dios: "Me avergüenzan. Por favor no dejes que crezcan más”. Ahora debe estar agradecida de que no hayan tenido efecto sus plegarias.

Rectifico lo que escribí al comienzo. No son dos Kim los que tienen en ascuas al mundo. En realidad es solo uno. El norcoreano Kim Jong-Il porque quiere tomárselo a la fuerza. Lo que él no sabe es que Kim Kardashian se le adelantó. Sin armas atómicas, sin mover un dedo, con socarronería, solo con su trasero, que causa sensación.

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