Todo ocurre en cámara lenta: ella pasa con la bandeja recogiendo unas copas de la mesa, camina hacia la cocina, se le enreda su tacón en un tapete y de pronto se ven unos destellos de luz de cristales volando hasta que caen como plumas en el piso de madera. “¡Dios, las copas que nos regalaron mis papás!”, grita él, desconsolado, y corre con la esperanza de encontrar alguna copita entera. Ella, tirada en el piso, balbucea algo mientras él les cuenta a los invitados que eran de lo más finas, “puro cristal alemán, me imagino que conocen la marca, Schott Zwiesel, una copa puede costar 100 dólares, qué desgracia”.

Y es que las copas de cristal finísimo fueron uno de los regalos más admirados de la lista que los novios les pasaron sin rubor a los invitados. Y no lo duden, estaban expuestas en el punto más visible de la mesa, en una caja de madera abierta para que quedara claro qué eran y quiénes las habían comprado. Y había cubiertos austriacos de plata pura (con la caja abierta, claro), tapetes persas, toda clase de adornos ostentosos con la respectiva tarjeta que daba el crédito a aquel que había tenido que desembolsillar unos cuantos miles si no millones, porque el que se demora en escoger rapidito y llega a última hora a comprar el regalo se encuentra con que los otros invitados ya se han llevado lo más barato de la lista. 
La detestable costumbre de pasar una lista de regalos es relativamente reciente. Ahora, con la excusa de que es mejor regalar lo que verdaderamente necesitan los novios, se han inventado listas de lo más estrambóticas y, sin duda, incómodas para quienes no necesariamente tienen el presupuesto para grandes regalos. 
—Buenas tardes, señorita, vengo por la lista de regalos de Juana Jaramillo y Sebastián Ortiz. 
La elegante vendedora responde: 
—Los artículos marcados con verde son los que ya se llevaron y los que están señalados con lápiz rosado son los que quedan disponibles.
¿Dígame usted qué hace si marcados con rosadito quedan los bafles Bose, la nevera de 26 pies cúbicos, el último plasma de 42" o el juego de sábanas de 700 hilos egipcios? ¿Vale excusarse y no ir al matrimonio? ¿Está bien regalar algo menos costoso de otro almacén y que no está en la lista de regalos? ¿Cómo se sale usted de ese lío? 
Con las listas de regalos hay otro asunto repelente sobre el que me llamó la atención un blog de Silvia Camargo que tituló ‘Lluvia de sobres, necesidad o mal gusto’. Silvia cuenta allí el caso de una pareja que solicitaba que el “regalo” fuera en dólares y, como si no fuera suficiente, en un ataque de indelicadeza la novia comentó el día de la entrega que “el recaudo no había sido satisfactorio”. ¿Descaradita? Este era su tercer matrimonio y el segundo del novio. El cuento no termina ahí. El matrimonio duró la luna de miel, lo cual significa literalmente que esa platica se perdió. 
Vamos al pasado: en la antigua civilización china, a la novia la llevaban a la casa del marido con música y regalos. Era ella el regalo en realidad, adornada de guirnaldas y perfumes. Entre los hindúes era costumbre que el pretendiente le diera a su suegro una vaca y un toro y pare de contar. 
Interesantísimas las relaciones de intercambio en el matrimonio mesoamericano. Puntualizo en una tribu, los hahuas. El buen yerno tenía que regalarle a su suegra “telas, sal y jabón” como agradecimiento porque fue ella quien crió a su futura esposa y le enseñó a trabajar. Las madrinas recibían 10 o 12 gallinas y una cierta cantidad de maíz, y los regalos principales para los padres de la novia eran cerdos, o pan y chocolate.
Y qué tal lo que cuenta la historia sobre el compromiso de Napoleón con Josefina. Como los franceses eran tan elegantes, como regalo de matrimonio le ofrecieron al general ¡el mando del ejército de los Alpes! ¡Majestuoso!
He sido testigo de cómo, cuando se divorcian, las parejas se sacan los ojos reclamando con cuál de los refinadísimos regalos se queda cada uno. Esas copitas Schott Zwiesel, de no haberse despedazado, sin duda hubieran representado tremenda pelea por ver quién se quedaba con ellas. 
Si un día me vuelvo a casar, escogeré una Caja de Pandora llena de bendiciones que tenga en el fondo la virtud de la esperanza, que es lo que realmente no se puede perder para sacar adelante un matrimonio. Unas copas finísimas, unos dólares de más y la suntuosidad pomposa de esas muestras de regalos esparcidos en una mesa no le dan equilibrio a nada y mucho menos van a consolidar lo que desde el principio puede estar simplemente pegado con babas. 

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