Puedo estar sesgada, no lo sé. Total, mi luna de miel fue un fracaso. Me casé con bronconeumonía (esa es una enfermedad, no el nombre de mi esposo), y durante los primeros tres días volaba de fiebre. Cuando me empecé a mejorar fue mi recién estrenado marido quien empezó a toser. Entre el drama de pañuelos y antibióticos, lo único que me consolaba era pensar que a mi regreso podía pedir la anulación, ya que el matrimonio no se había consumado.

En cualquier caso, de haber estado sana, creo que tampoco habría sido feliz en la luna de miel. Para empezar, el nombre me choca. Parece un bizcocho de desayuno o una telenovela mexicana de los ochenta, en la que aparece Victoria Ruffo haciendo sopas con un pedazo de pan y un café con leche.

En realidad, esta semana o estos diez días o lo que se puedan tomar los novios de vacaciones (las bodas aún no están contempladas como calamidad doméstica, entonces las empresas no dan días libres) son un patético engaño para ambos.

Para ellas, porque piensan que todo va a ser así: atardeceres hermosos tomando piña colada, él vestido con una guayabera de colores y ella con un pareo igualmente lobo, ambos flacos todavía, ambos sonrientes, sin peleas por plata, sin reclamos de nada. Una semana más tarde, a lavar se dijo. El tipo empieza a llegar tarde, cabreado por algo del trabajo, ella empieza a parir, se engordan para siempre y terminan odiándose.

Pero para ellos el engaño no es menor. Durante la luna de miel pueden tirar tres y cuatro veces en el día sin miedo a que los pille nadie, y ella nunca dirá que no. Pero al regreso las cosas son a otro precio. Ahí empiezan los dolores de cabeza, las piyamas de dulce abrigo y las mascarillas de aguacate, y todo se va al traste.

Otra cosa terrible de la luna de miel es el lugar que escogen los novios para viajar. No sé por qué, pero casi nunca quieren estar solos. A veces se van a esos hoteles multitudinarios de todo incluido, donde empiezan las actividades con aeróbicos de piscina a las ocho y terminan con fiesta hawaiana a las tres de la madrugada y ellos, felices, pegándose a todos los parches. Si son de más caché escogen la opción del crucero, que es lo mismo que el hotel pero en el mar, o sea, sin escapatoria. Y además las habitaciones son más pequeñas para dar la sensación de que lo que va surcando el océano es una lata de sardinas llena de recién casados imbecilizados con una minipiscina y un bufé abierto.

No faltan los que, de puros locos, organizan una luna de miel de aventura. A veces se van a esquiar en la nieve, o se van a escalar una montaña, o se creen Colón y se embarcan en un kayak para descubrir una isla desierta donde puedan amarse bajo las palmeras. En el papel, muy bonito, pero en la realidad no hay una luna de miel peor. O uno se rompe una pata o se le daña el barquito y queda perdido en la mitad de la nada, el tipo con insolación por escribir SOS en la playa, como si fuera Tom Hanks en El náufrago, pero en lugar de Wilson, una pelota silenciosa y amigable, le toca mamarse a una fiera llorona que le dice todo el tiempo: “Ya me lo decía mi mamá, que tú no me traerías nada bueno”.

Y en todo eso se gastan una cantidad de plata que luego van a necesitar para la nevera y el microondas, que vienen siendo la verdadera felicidad del hogar. Si insisten en salir, en engañarse, en hacer toda esa payasada de una luna de miel, háganlo, claro, pero en un sitio más barato. Un albergue en Iguaque, por ejemplo. Allá no va nadie, no hay fiestas y uno no quiere salir de la cama en todo el día porque se tulle.

Tal vez respiro por la herida, pero no lo creo. Mi luna de miel fue un fracaso y por eso hablo desde la experiencia. Si volviera de luna de miel algún día, nunca escogería un destino idiota. O de frente digo que lo que quiero es estar con gente y me voy a una finca con amigos (para saber con quién comparto la piscina) o prefiero estar sola y me largo para un iglú en Reikiavik, con un cerro de libros y un iPod lleno de buena música. 

Creo que es mejor que la luna de miel no funcione, porque así el marido se pasa el resto de la vida intentando compensar semejante embarrada. Y uno se pasa el resto de la vida diciéndole que cuando uno tenga una luna de miel apropiada, las cosas van a mejorar.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.