Una telenovela pretende que sin tetas no hay paraíso. Y eso explica, dicen, la proliferación de implantes mamarios de silicona entre las mujeres jóvenes de Colombia, a veces casi desde la niñez: como regalo de quince años de los padres. Pero resulta que las tetas postizas, hechizas, falsas, de caucho, de metacrilato, de plástico, de fibra de vidrio, de silicona, son exactamente lo contrario del paraíso prometido. Se ha dicho que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. El camino, tal vez. Pero el infierno mismo está empedrado de tetas plásticas de silicona, duras como pelotas de béisbol, esféricas como naranjas enteras petrificadas. Si alguien intentara jugar con ellas al fútbol se rompería un pie.

Nada más turbador, más tentador, que una teta de mujer. Bueno: dos. Más tentadoras que la manzana famosa del Paraíso Terrenal, ya que hablamos de eso. Para mirar, para tocar, para sopesar en la palma de la mano, para oler, para acariciar, para besar, para morder, para lamer, para comer, para chupar, para mamar. Para dormir. Jóvenes y tersas, ligeras como pájaros, o ya maduras y algo caídas (no demasiado: nunca hay que exagerar), como pendientes del pedúnculo del fruto o de la flor. Frescas, recién hechas. Calientes y olorosas como panes acabados de hornear. O ya bruñidas por muchas intemperies, como el casco de una barca que ha navegado mucho. Deliciosas. Y encima, alimenticias.

Pero eso, las de verdad. Las falsas no. Se ven como añadidos incongruentes, resueltamente contrarias a la verdad de la naturaleza. Y suelen estar mal puestas: no en su sitio normal, sino mucho más arriba, a veces casi por encima de las clavículas, y demasiado separadas, casi debajo de las axilas. Las toca uno con la punta del dedo índice, por probar, y la yema rebota levemente como sobre una bola de goma. Tienen algo repulsivo, monstruoso, como de chupa de caucho para desatascar cañerías, sin el mango de palo. Y su olor es artificial y levemente repugnante, como el de una neverita de icopor cuando se abre. Y esa textura rara, y ese peso anormal y muerto, y esa redondez excesivamente esférica. Pues además son iguales todas, no solo la una a la otra en un mismo pecho de mujer, como los dos ojos desconcertantemente simétricos e idénticos que suelen tener los tuertos porque uno es de cristal, sino las de todas las mujeres operadas entre sí: parecen narices. Cuando uno de los más claros atractivos que tienen en la vida real las tetas verdaderas es que todas son distintas y no es posible en el mundo encontrar dos que sean iguales, como dicen que sucede con las huellas dactilares. Las hay altas, las hay bajas, las hay redondas y ovaladas, las hay planas, las hay puntudas, las hay de pezón corto y de largo pezón, las hay que miran de frente sin parpadear y las hay que son bizcas, las hay de aréola oscura, de aréola grande, de aréola casi indistinguible sobre el color de la piel, de aréola que ilumina el círculo en torno al pezón como la aureola dorada de los santos.

La teta artificial, en cambio, la teta de cirujano, no es sino una, siempre la misma, insípida como pechuga de pollo. Y siempre esa teta única y reciclable parece como si estuviera mal insertada, mal injertada, como un muñón, como un tumor, como esas excrecencias antinaturales que Miguel Ángel, a quien no le gustaban las mujeres, les colgaba a sus torsos musculosos de hombres cuando por orden del Papa le tocaba pintar o esculpir un personaje femenino: unas pelotas de hierro que no parecen modeladas sobre originales de carne, sino copiadas de balas de cañón.

A propósito: nada más difícil de esculpir o de pintar, de representar en las artes plásticas, que un pecho vivo de mujer. Nada más difícil que darle su consistencia a la vez suave y firme, quieta y movediza, dura pero no sólida, tierna pero no blanda, elásticamente tensa, rellena pero no maciza, flexible, aérea, y que cabe en la mano. Resulta casi imposible lograr eso en el mármol o en el bronce, e incluso en la madera. Se puede en la greda mojada, pero solo mientras mantiene la humedad. Y en yeso no. Y en silicona, menos.

Y eso es así tanto si se trata de un pecho desnudo como de uno vestido, con sostén o sin él. Yo pertenezco a una generación en la que las mujeres quemaban los sostenes como símbolo de la liberación femenina, y tal vez gracias a eso tengo dos opiniones simultáneas y contradictorias, pero también complementarias, con respecto a las tetas. Me gustan libres, sueltas, desnudas bajo la ropa, accesibles a la mano o los labios. Y también me gustan sostenidas y enhiestas, protegidas pero mostradas y descubiertas por una copa de encaje, o media. Me gustan las que se aguantan solas y las que permiten pasar un dedo por debajo para sentirlas latir, y que no se caigan.

Los ortodoxos dicen que no debe uno poner un dedo, sino un lápiz. Se equivocan.

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