Antes que una nota, me asignaron una tarea admirable por lo humanitaria y generosa. En mi primer trabajo periodístico debí colaborarle a una compañera desesperada. Tenía que escribir cinco capítulos, de doble página cada uno, sobre la enésima ‘boda del siglo’ pasado, que titularía, of course, “The Royal Century Wedding”.

Aunque no lo crean, coronamos. No sé por qué no enviamos el trabajo a competir por el Nobel de Física, que seguro habríamos ganado, porque hay que ser un genio del Orinoco para llenar de palabras tal cúmulo de agujeros negros, de encefalogramas planos. Fue mi bautizo farandulero, con Lady Di y Carlos oficiando de padrinos, y desde entonces ese tipo de actos me parecieron la sublimación de la necedad colectiva.

En lo poco que llevamos del presente siglo ya hemos asistido a tres ‘bodas del siglo’, amén de otras que rozaron la categoría. Y aún quedan unas cuantas.

La primera del XXI llegó de España, enlace entre Felipe de Borbón y Letizia Ortiz, plebeya entre plebeyas. Más de un montañero ibérico quiso ver en la Leti la continuación de la leyenda de Di, a quien la plebe extasiada otorgó el título póstumo de ‘princesa de los pobres’, y eso que murió a bordo de Mercedes con chofer, saliendo del Ritz parisino, junto a un millonetis. La última, como es bien sabido, provino de Gran Bretaña.

En medio tuvimos la sueca, que tenía su morbo pero que despertó un interés más bien escaso y eso que los ingredientes del coctel prometían ruido galáctico: profe de gimnasia ignoto, que nunca borró el gesto de susto, se une a heredera de trono rico. Culebrón servido, pero fiasco televisivo.

La de los ingleses, sin embargo, fue un éxito rotundo. No importó que fuese una eterna misa protestante con cánticos insufribles. Mil millones de devotos siguieron el acontecimiento. Si al menos las cámaras enfocaran, antes que a los novios, la sucesión dantesca de trapos loberos y sombreros nido de cigüeña, la cosa tendría su gracia porque en el fondo todos albergamos un corazón malvado y chismoso. Y ya sabemos que pocas cosas unen tanto como despellejar engendros. Pero tragarse el bodrio a lo crudo, sin anestesia alcohólica, embelesados por el rostro embobado de la pareja, merece una condena a los infiernos profundos.

El príncipe, como es costumbre, se vistió de Disney, atiborrado el pecho de medallas, incluyendo las del colegio —¿dónde si no saca tantas—. Claro que con posterioridad le ganaría el uniforme de portero de hotel ribereño, cargado de chorreras doradas, que lució el desabrido y gordinflón monegasco. Le quedaba cantinflesco pero a él se le veía muy contento.

Después tenemos a las futuras reinas, exaltadas ante el mundo por conquistar el trofeo. Su misión tras el enlace adquirirá tintes épicos: parir un heredero y lucir siempre elegantes a tono con los tiempos. Empezando, claro está, por el día del casamiento. Kate, a juzgar por los expertos, les ganó a todas. Porque hay ‘bodagólogos’ que se las saben todas. Son el oráculo del momento, las voces autorizadas puesto que sus comentarios sesudos, sus apreciaciones exactas, beatifican o sentencian.

Viene a continuación otro capítulo sublime, infaltable: el paseo en el ponqué dorado, con ruedas, de la Royal pareja, para saludar a su pueblo. Y culminan con el episodio más esperado, el beso en el balcón del megarrancho londinense. A cada beso, gritos de júbilo, mostrando que la estupidez humana no tiene vergüenza ni límites.

Ni qué decir de los comentarios a pie de calle: “Un cuento de hadas”, repite emocionado el espectador, con efigie de Kate y William agitándola con la mano. Cuando ya uno cree que todo lo ha visto, que es imposible mayor adefesio, aparecen actores nuevos. Son los invitados al ágape que asisten con prismáticos. Saben que sus mesas están a millas de distancia de la Royal pareja, pero están, que es lo que importa y, mejor aún, pueden contarlo. “Sí, yo estuve en la boda del siglo”, claman.

Una no vomita aunque le dan náuseas. Por eso no la invitan.

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