Olvidan quienes hacen cámaras escondidas en Colombia que estamos en el país donde el vivo vive del bobo y donde el bobo, por lo general, vive jodido. Y nada cambiará si seguimos premiando con puntos de Ibope a esos programas en que desprevenidos transeúntes reciben notables dosis de humillación a cambio de cinco centavitos de confianza.

Porque cámaras escondidas en Dinamarca vaya y venga. En Cundinamarca, la cosa es a otro precio. Seguramente en Escandinavia será chistoso poner a un sujeto a sentarse junto a una señora entrada en años para ver cómo arranca a criticarle su atuendo. Acá, donde el salario mínimo hace rato dejó de alcanzar para el vestido, la cámara escondida es más cruel que chistosa. No hay duda: el gran lío de este tipo de bromas es que solo consiguen que millones de televidentes duden aún más a la hora de entablar contacto con el prójimo: "¿Serán atracadores? ¿Serán estafadores? O peor: ¿será una cámara escondida?".

Y tienen razón quienes les temen. Porque no son poca cosa las secuelas que deja un chiste de estos en el ámbito laboral, familiar y de autoestima. Es bueno saber que una cámara escondida no es cuestión de una emisión, de cinco minutos de oprobio y sale, listo. Les recuerdo que con este material se rellena la franja maldita de la madrugada, horario ideal para que una novia insomne descubra que una vez acudimos a un spa donde un masajista enguayabado regó, a manera de vómito, yogur con trozos de fruta sobre nuestra espalda desnuda. Y no solo eso: detrás de ellas se esconden vastas redes internacionales de tráfico de este formato. Así las cosas, el susto que hace 15 años le metió un peluche que de repente cobró vida en una vitrina a esta hora puede estar provocando las carcajadas de una niña en Shangai. Por haber brincado, aturdido por la corneta del payaso de No me lo cambie, hoy usted puede ser una celebridad en Macao.

Pero esto no es lo más irritante del tema. Incomoda más que sus realizadores compartan criterios y proceso de selección de víctimas con malhechores y vendedores de cursos de lectura rápida. Por eso es que jamás veremos a un sujeto disfrazado de bolsa de basura abalanzarse sobre un hombre de jean apretado, chaqueta tipo aviador y pulsera de oro. Los quiero ver poniendo a cuidar una moto (para después escondérsela) a un comando azul. No, la víctima siempre será el jodido, el cliente platino de las centrales de riesgo. Y vuelvo con el tema de guardar las proporciones, de no olvidar nuestro contexto. Porque acá sobra gente pasando dificultades y por lo tanto dispuesta a llegar hasta Riohacha persiguiendo un billete de 50.000 atado a un nailon. En el mismo sentido, ¿tiene gracia despertar con un golpetazo en la ventana del bus a un pobre sujeto que seguramente se despertó a las 5:00 a.m., trabajó de 7:00 a.m. a 5:00 p.m. y al que además le esperan dos horas empotrado en un colectivo? No, hombre, no sean cafres. Eso háganlo en un tranvía, en un metro, donde la víctima llevará menos tiempo a bordo y no va a estar tratando de conciliar el sueño en medio del reggaetón.

Eso sí, y para ir cerrando, hay que decir que aquí hay algo de doble moral. Que levante la mano el que no se haya reído con una cámara escondida. Soy el primero en reconocerlo. Jamás negaré las carcajadas que me sacó la broma en la que un señor pide que le ayuden a subir por unas escaleras un coche en la carrera 15 con calle 90 (Además: ¿por qué el 90% de las cámaras escondidas siempre son en esa esquina bogotana? ¿Acaso tienen convenio para usar la cámara de la Policía) y de él brinca un enano vestido con una piyama térmica. También reconozco que me divierto con el superhéroe que defiende a los transeúntes de la comida chatarra apoderándose de su almuerzo. Aun así vuelvo a insistir en que no es bueno perder las dimensiones: una cosa es quitarle el pan de la boca a un comensal callejero en el primer mundo y otra, muy diferente, hacerlo en un país donde harto cuesta poder llevar un perro caliente a la boca.

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