Existe algo más lobo que un matrimonio lobo: un matrimonio temático. Si ya es lo suficientemente traumático ver el desfile de suegras enmorcilladas en vestidos para quinceañeras, novias ciclotímicas y novios llorones, ponerle como telón de fondo temas tipo Piratas del Caribe, Espérame entre palmeras o Circo Beat hace que la experiencia marital sea un festín para las lenguas bravas de los invitados que van a la recepción a comer, beber y rajar gratis.

Todo lo que puede salir mal en un matrimonio normal puede salir peor en un matrimonio temático. Si ya de por sí es complicado lidiar con el tío al que se le moja la canoa cuando se emborracha o con la tía cuarentona que le da por bailar sobre las mesas para seducir a los primos chiquitos, imagínelos disfrazados de piratas. El tío vestido de bucanero, jugando a las espaditas y haciendo chistes verdes sobre sus tres patas y cuál no es de palo. La tía encorsetada agarrando a besos a la lora disecada que, en teoría, servía como centro de mesa. 

Otro de los muchos problemas de estos matrimonios es que parecen un chiste interno entre la pareja o un delirio producto del yagé y el antigripal. No he visto a ningún invitado emocionarse porque se cambió el tradicional vals por música celta y porque en vez de almendras francesas el recordatorio es un duende de plastilina. La cara de desconcierto siempre es la misma cuando llega una invitación poco sobria a un matrimonio cinematográfico en el que los novios protagonizarán “la película de sus vidas” y obligan a familiares y amigos a desfilar por una improvisada alfombra roja y posar con una botella de Coca-Cola forrada con papel dorado como si se tratara de un Premio Óscar impostado.

Además, como invitados llevamos siglos intentando dominar la coreografía del pararse y sentarse en el rito cristiano como para que nos vengan a cambiar las reglas del juego a estas alturas. ¿Cómo se toma en serio una ceremonia con temática circense (típico de los novios fanáticos de las artes escénicas, la trova y el vino caliente) que es oficiada por un mimo y no por un cura, bajo la premisa de que lo que es unido por un chiflamicas jamás lo podrá separar el hombre? ¿Cómo entender los indescifrables pasos de los rituales de la pacha mama en donde los novios se pasan velas, se tiran agua y hasta se regurgitan comida en nombre del amor?

No entiendo tampoco cuáles son los criterios para escoger un buen tema. ¿Por qué “indigenistas y enamorados” sí funciona y “romance en el carrusel de contratación” no? ¿Qué tiene “carnaval y pasión en Río” que no tenga “una noche en Fukushima”? ¿Por qué escoger como tema al Moulin Rouge por encima del Parador Rojo? 

Yo me pregunto si puede quedar algo de dignidad después de intentar hacer un matrimonio roquero y cambiar la tradicional marcha nupcial por una versión instrumental de Starway to Heaven, vestir a los pajecitos de cuero, ponerles pelucas hippies y llenar una iglesia de nostálgicos viejos del rock que aún hoy protestan por el cierre de Crab’s en Bogotá. La respuesta es contundente: no.

 A la hora de declarar el amor, lo mejor es ser tradicional y sobrio. ¿O acaso usted es capaz de regalar una credencial temática de Giordano, con el pobre perro vestido con la camiseta del Nacional, o maquillado como los de KISS, u orondo con un disfraz de romano, solo porque usted también quiere gritarle al mundo que ama a su pareja tanto como ama sus otras pasiones? 

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