Una comprende el deber de asistir a bautizos, matrimonios y primeras comuniones de gente muy íntima. Forma parte del combo de compromisos que traemos al mundo quienes nacemos en países católicos, apostólicos y romanos. Incluso con todo lo que detesto esos ladrillos, a los que rara vez falto, realicé una hazaña más heroica: acudir a una celebración de 15. Lo hice por cariño a la familia, respeto a la tradición y por el miedo que me infunde la mamá de la niña. Ni con pulmonía triple me atrevería a justificar una falta.

Todo lo anterior no es nada comparado con la fiesta de grado, que excede cualquier muestra de consideración humana. Que se les antoje invitarte es un acto abusivo, de crueldad manifiesta, un atropello a la convivencia entre amigos. Comenzando porque no tiene justificación alguna que a los papás se les caiga la baba cuando su retoño aprueba un bachillercito de nada. En otras épocas, ni papás ni profesores consideraban motivo de festejo coronar la etapa del colegio. Se trataba de un simple trámite, una de tantas obligaciones de la adolescencia.

Es más, si uno se limitaba a aprobar raspando, la llevaba. Le propinaban la consabida cantaleta: "Si quisieras, habrías sacado sobresalientes, pero solo estudiaste la noche anterior a los exámenes. Tú y tus amigas sois unas vagas". En español de España, sobresalientes eran dieces, lo máximo, y vagas, vagas.

Aquellos finales de curso eran, digamos, un asunto privado. Las que suspendíamos teníamos que concentrar las neuronas en afrontar la batalla que nos esperaba en casa contra un par de generales bien armados y de la que salíamos invariablemente derrotadas. Había, pues, nulo espacio para la fiesta. Las que aprobaban con lo justo, se guardaban su alegría para ellas porque no solo no se lo tenían en cuenta, sino que se lo reprochaban como antes dije.

Y las que brillaban, mejor escondían los resultados, ya que ser las mejores del salón era vergonzante, nada digno de exhibirse y síntoma de insolidaridad. Solo se les perdonaba si habían dejado copiar durante el curso, si ayudaban con las tareas y no hacían alarde de su supuesta superioridad (en realidad era signo de debilidad y rareza la desmedida afición por los libros y el buen comportamiento).

Por eso me alarmó descubrir, cuando llegué a Colombia, las rimbombantes fiestas de grado por unos pinches cartones, celebrados como si fuesen méritos descollantes. Está bien que las abuelitas vayan y derramen una lágrima, si es que son de ese tipo de ancianas venerables; que los papás suspiren emocionados, si ya alcanzaron el nivel de encefalograma plano, y que los hermanos se aguanten la vaina por aquello de los lazos sanguíneos. Pero que hagan extensivo el festejo a los amigos de los papás, que insistan para que una vaya a poner cara de hueva, es grosero.

Un buen día me llamó una amiga y en tono solemne me transmitió su felicidad por contar con mi presencia en el augusto evento en el que un sobrino sería enaltecido, junto a sus compañeritos, como gloriosos bachilleres de la patria. Yo no daba crédito. Que alguien pretenda que gente normal y corriente como una, gente que procura no fastidiarle la vida al vecino, acuda a un colegio con mamás, tiitas, abuelos, sobrinos, primos y resto de la manada, a aplaudir y abrazar al niño/a cuando recoja su diplomita, me parecía inaudito.

¿Es en serio que alguien en sus cabales puede pensar que a un prójimo le puede apetecer sentarse en un abarrotado salón de actos, escuchar los encendidos discursos de los profesores, aguantarse las bromas de los alumnos, soportar la entrega de enemil diplomas, fingir entusiasmo con los distinguidos, observar los enternecidos rostros de tu entorno, las lágrimas pujando por salir, los abrazos posteriores, los aullidos de los colegiales, comer unas onces rancias adobadas con música chirriante, poniendo sonrisa boba mientras observas el baile de los muchachos y escuchas historietas de cómo era cuando niño, cómo fue creciendo, cómo tal o cual profesor lo adoraba…? No joda.

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