No ha terminado de abrirse la puerta del ascensor cuando el portero me extiende el fajo de la correspondencia. Alcanzo a ver un sobre enorme, marcado en letras tornasoladas, con una especie de forro interior granate. ¡Horror —pienso—, matrimonio a la vista! Llegamos a Cartagena para la celebración. El hotel estaba lleno pero al fin resultó un cuartucho en el primer piso. Viene la ceremonia de acicalarse, más complicada que la vestida de un torero en la feria de La Macarena. Como es obvio, el esmoquin no entra; la faja de seda negra, necesaria para tapar la bragueta medio abierta, no aparece; para ponerse el corbatín se requiere ayuda externa, algo imposible de obtener porque la mujer está en el improvisado salón de belleza que funciona en el patio trasero del hotel. Cuando llega, tampoco el vestido de gala le queda, la larga cremallera de la espalda está trabada y el maldito peluquero usó una laca inmunda.

No importa, llegamos a la misa. ¡Carajo! Nadie advirtió que cuando la tarjeta decía "esmoquin", se refería a "esmoquin tropical" de esos que usaba Montalbán en La Isla de la Fantasía.

Pasada la vergüenza del atuendo inapropiado, comienza la ceremonia. La novia no llega. Se arrepintió, dicen en los pasillos. El novio desesperado se tuerce las manos sudorosas. Al fin aparece con cara de Magdalena y el rumor toma la velocidad de la pólvora. Es que a la madre de la novia se le quedó el vestido en Bogotá y tuvo que pedir prestado uno.

En medio de la ceremonia, un pajecito se duerme y se golpea en el reclinatorio del novio. Llora con el poder de un huracán, mientras la novia pide con una mirada asesina que alguien saque al culicagado de la iglesia. Los inmensos ventiladores, puestos allí para la ocasión, revientan el transformador y la ceremonia termina a la luz de cirios pascuales.

Llegamos al club para el baile. Largo besamanos. El whisky viene después, doctor, tómese la champañita que está muy buena. Soy alérgico a la champaña. Entonces este sorbete de fresa. Peor. Mejor espero.

La concurrencia se divide claramente en dos bandos, el del novio y el de la novia. Irreconciliables. Con cara de jugadores de rugby al comenzar un partido. Alcanzo a ver algunos amigos del bando nuestro, cuando una jovencita de vestido de terciopelo nos señala la mesa asignada. Saludo a los presentes. Nadie conocido. En el extremo izquierdo, un serio banquero de Finlandia que no entiende ninguna lengua civilizada. La señora del fondo cuenta que compró el brazalete, que muestra con movimientos convulsivos, en un almacén de la Quinta Avenida. El senador que está a su lado mira con codicia el adorno. Termina la cena cuando aparece la novia para sacarme a bailar La saporrita. Luego del oso monumental: una foto para el recuerdo. Toca abrazar a la abuelita del novio que vino de Curaçao.

A las tres de la mañana se desata un aguacero. El baluarte no tenía carpa. Canto La Marsellesa mientras celebro la recuperación de la libertad, ya en el hotel, tirado en calzoncillos tomando un último traguito repantigado en la cama.

¡Odio las fiestas de matrimonio! Que la gente contraiga en privado, por favor. O que no lo haga, ¡aunque sufra la moral cristiana!

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